8.- LOS JUEGOS HEREOS

 

LOS JUEGOS HEREOS

 

 

Es bien conocido que la participación, incluso como espectadoras, de mujeres en los Juegos Olímpicos de la Antigüedad estaba prohibido. De hecho, también en los modernos juegos las mujeres sólo se fueron incorporando paulatinamente, y tuvieron que pasar décadas hasta que fueran admitidas en especialidades como el atletismo, consideradas contraproducentes para su salud. Pero en la Antigüedad un grupo de 16 mujeres creó su propia competición: los Juegos Hereos.

Como su nombre indica se celebraban en honor de la diosa Hera, y fueron descritos por Pausanias en su Descripción de Grecia hacia el 175 d.C. Son la primera competición atlética femenina de la cual se tienen registros, celebrada cada cuatro años en el estadio de Olimpia, y probablemente la primera en celebrarse.

En la Grecia Clásica las mujeres fueron vetadas, no sólo para competir, sino también de ser espectadoras. Esto último se debe a que los hombres participaban totalmente desnudos y podría causar “emociones indeseadas” en ellas. En caso de que una mujer casada fuera vista entre el público, se le castigaba con la muerte.

No obstante, el ejercicio físico no era algo ajeno a las mujeres en la antigua Grecia. En Esparta se promovía la educación física femenina como un medio de mejorar la salud de cara a la concepción, y posteriormente en Roma las competiciones atléticas femeninas fueron comunes.

Según Pausanias los Juegos Hereos fueron instituidos por Hipodamía, un personaje semi-mitológico, hija de Enómao y esposa de Pélope. Este Pélope había sido descuartizado por su padre Tántalo, y ofrecido a los dioses como alimento. Cuando se dieron cuenta de la trama, decidieron devolverlo a la vida, sustituyendo el hombro que distraídamente se había comido Démeter por uno de marfil.

Pélope consiguió casarse con Hipodamía tras vencer a su padre en una carrera de carros, no sin argucias de por medio, y después de que 30 pretendientes murieran en el intento. Para agradecer a Hera su matrimonio Hipodamía reunió a un grupo de 16 mujeres haciéndolas administradoras de los Juegos Hereos. Una teoría alternativa para la fundación de los juegos dice que estas mujeres procedían de las ciudades griegas de Elis (en cuyo territorio se encuentra Olimpia) y Pisa, como una forma de apaciguar la tensión entre ambas.

 

 

Los juegos estaban organizados por las denominadas «dieciséis mujeres» y consistían en carreras donde había tres categorías de edades. Se celebraban en la ciudad de Olimpia, antes o después de los Juegos Olímpicos.

Se corría con el pelo suelto y las participantes vestían una túnica que llegaba hasta un poco más arriba de la rodilla y dejaba al descubierto la zona del hombro derecho hasta el pecho. Las carreras tenían lugar en el mismo estadio de Olimpia donde se desarrollaban los juegos Olímpicos. Los premios consistían en coronas de olivo y parte de una vaca que había sido previamente sacrificada a Hera, denominada la vaca sagrada. A veces se dedicaban estatuas a las vencedoras.

La prueba más destacada era la carrera a pie y las espartanas eran siempre superiores a las demás participantes.

Ahora bien, ¿qué representan esas carreras? Digamos, en primer lugar, que unas corredoras aparecen vestidas y otras desnudas, un hecho que algunos estudiosos (Kahil, Sourvinou-Inwood) han interpretado en el sentido de que las chicas que corren con una breve túnica son las que se encuentran en la primera etapa de la iniciación, y las que corren desnudas son las que están a punto de culminar el proceso, mientras que para otros (Scanlon) la desnudez no estaba ligada a una edad determinada sino que el rito comprendía una parte que las muchachas debían desarrollar desnudas y otra en que debían hacerlo vestidas, quizá simbolizando (como quiere Pierre Vidal-Naquet) el paso del estado «salvaje» (representado por la desnudez) al estado «civilizado» y «doméstico» (representado por el vestido).

Osborne defiende, en cambio, la hipótesis contraria: del vestido se pasaba al desnudo, que simboliza un nuevo «nacimiento» como condición previa para el inicio de la nueva vida adulta que las muchachas van a emprender.

Es probable, por otro lado, que, como ha defendido Scanlon con buenos argumentos, el ritual no consistiera en una carrera atlética sino en una especie de juego competitivo de persecución, en el cual una muchacha que representa el papel de «osa» debe dar caza a otra que hace de «víctima», repitiendo así ritualmente el acto al que se hacían remontar los orígenes del culto: una osa es entregada a (o vaga por) un santuario y es domesticada; una muchacha juega con la osa, que por un momento recuerda su naturaleza salvaje y de un zarpazo mata (o deja ciega) a la joven, cuyos hermanos matan a la osa; entonces Ártemis (o un oráculo que consultan los atenienses para acabar con una epidemia) ordena que todas las muchachas del Ática deben «hacer la osa» antes del matrimonio.

Sabemos que también corrían desnudas las muchachas que participaban en rituales semejantes en otras ciudades como Esparta, siempre lejos de los ojos masculinos. Ahora bien, en el caso concreto de Esparta se ha planteado la posibilidad de que las mujeres practicaran el deporte de manera habitual en las mismas condiciones que los hombres, es decir, desnudas. Porque en Esparta, la mayor libertad de la que gozaban las mujeres con respecto a otros lugares del mundo griego antiguo les permitía realizar una serie de actividades impensables, por ejemplo, para las atenienses, entre las que se cuenta un completo entrenamiento atlético.

La participación de las muchachas en las prácticas deportivas espartanas era atribuída por la tradición al mítico legislador Licurgo, a quien se nos dice que movió principalmente el deseo de preparar futuras madres que gracias al deporte resistieran mejor los esfuerzos del parto (Plutarco, Licurgo 14.2) y dieran a luz hijos sanos y robustos, como nos dice Jenofonte en La Constitución de los Lacedemonios (1.4):

«Licurgo… considerando que para las mujeres libres lo más importante era la procreación de hijos, en primer lugar ordenó que el sexo femenino ejercitarse su cuerpo no menos que el masculino, y en segundo lugar estableció para las mujeres, como también para los hombres, competiciones de velocidad y fuerza entre ellas, estimando que de unos padres fuertes nacen asimismo hijos más robustos”.

Y, en general, la ejercitación deportiva y la vida al aire libre de las muchachas espartanas contribuyeron notablemente a que la fama de su belleza y salud se extendiera por todas partes, como bien reflejan las palabras con las que la espartana Lampito es saludada por la ateniense Lisístrata en la comedia homónima de Aristófanes (vv. 78 ss.; estamos en el año 411 a.C.): «¡Hola Lampito, queridísima laconia!. ¡Cómo reluce tu belleza, guapísima!. ¡Qué buen color tienes y cuán lleno de vitalidad está tu cuerpo!. ¡Hasta un toro podrías estrangular!».

 

 

Los especialistas han atribuído al deporte femenino espartano también una función «erótica», es decir, el entrenamiento físico de las muchachas espartanas en los gimnasios de la ciudad tendría como uno de sus objetivos principales estimular eróticamente a los jóvenes, con la vista puesta en el matrimonio y en la procreación de hijos. Por eso muchachos y muchachas compartían los mismos lugares de entrenamiento (recuérdese el cuadro de Degas «Ejercicios de Jóvenes Espartanos», de 1860-1862). Los muchachos se ejercitaban desnudos, siguiendo la práctica habitual en Grecia, pero ¿y las muchachas? En unos versos del poeta latino Propercio (3.14.1-4), del siglo I a.C., leemos: «Muchas reglas de tu palestra, Esparta, admiramos, pero especialmente tantas excelencias del gimnasio de las doncellas, pues sin mala reputación se ejercita desnuda una muchacha entre hombres que luchan”. Pero esta aseveración de Propercio choca con lo que, cuatro siglos antes y en plena época clásica, leemos en un pasaje de la tragedia Andrómaca de Eurípides (vv. 595 ss.), en el cual Peleo habla como un ateniense cuando afirma que «ni aunque quisiera podría ser casta ninguna muchacha espartana, pues juntamente con los hombres, tras abandonar sus casas, con los muslos desnudos y los peplos sueltos, tienen pistas de carreras y palestras comunes, insoportables para mí”.

Así pues, las espartanas, como nos documenta también la iconografía, se ejercitaban vistiendo una breve túnica provista de aperturas laterales que dejaban ver buena parte de los muslos (y que justifica el epíteto «enseñamuslos» con el que las califica ya el poeta Íbico de Regio, frag. 339 PMG, en el siglo VI a.C.), y el hecho de que pudieran ir más o menos ligeras de ropa no dejaría de ser un estímulo para los espectadores masculinos. La desnudez quedaba limitada por un lado a ciertas procesiones de las que nos habla Plutarco (Licurgo 14.2 ss.) cuando afirma que el legendario legislador espartano «eliminando toda forma de molicie, educación sedentaria y feminidad, acostumbró a las muchachas no menos que a los muchachos a participar desnudas en procesiones y a cantar y a bailar en algunas festividades religiosas, estando presentes los jóvenes como espectadores… La desnudez de las doncellas no tenía nada de indecoroso, ya que estaba presente el pudor y ausente la incontinencia”, y por otro lado la desnudez podría ser también habitual en las competiciones rituales que tenían lugar fuera de la ciudad y sin la presencia de espectadores, como las anteriormente comentadas.

A partir de ocasiones como éstas, los escritores posteriores habrían extendido la desnudez a todas las actividades físicas de las espartanas, ya fuera para acentuar los rasgos escandalosos (dado que el mostrarse desnudo en público repugnaba grandemente el gusto de los romanos), ya para acentuar el contraste entre la idealizada vida natural de la antigua Esparta y la complicada vida de una gran ciudad moderna como Roma, como ocurre en el poema de Propercio.

Sea como fuere, a diferencia del atleta masculino, las atletas en la antigua Grecia no pasaban de ser una rareza, y una rareza es también su presencia en la pintura y la escultura greco-romana, a pesar de que cuerpos de mujeres atletas nos muestre el arte greco-romano desde las bailarinas y saltadoras del toro cretenses (catorce o quince siglos antes de Cristo) hasta las llamadas «muchachas en bikini», las corredoras, saltadoras, lanzadoras de disco y jugadoras de pelota que aparecen en los espléndidos mosaicos de la villa siciliana de Piazza Armerina, a comienzos del siglo IV a.C.

Existen pocas referencias en las fuentes a mujeres que participaron en los Juegos Hereos. Parece que las espartanas eran las vencedoras habitualmente, no solo por la proximidad de su ciudad sino porque su entrenamiento las hacía muy superiores al resto de la hélade. El único nombre de una vencedora que los historiadores han conseguido rastrear es el de Cloris, personaje mitológico nieta de Zeus, de quien se dice fue la primera de las ganadoras en los Juegos.

 

 

Postdata: Esta separación duró hasta el año 1900. El creador de los Juegos Olímpicos modernos, Pierre Coubertin, se opuso a la participación de mujeres hasta el día de su muerte. Después de esto las mujeres pudieron competir únicamente en golf y tennis. Fue hasta el año 1928 en Ámsterdam cuando las mujeres tuvieron un verdadero impacto, más de 300 deportistas asistieron, casi el 10% del total de participantes.