10.- LOS AURIGAS

 

LOS AURIGAS

Los carceres I, II y III eran, sin duda alguna, de los mejores para cualquier salida, pero precisamente por eso, porque los que obtenían aquellos cajones sabían que tenían que aprovechar aquella ventaja como fuera, con frecuencia aquella supuesta ventaja terminaba convirtiéndose en su tumba. Y es que tanto el auriga de los azules del cajón I, el de los rojos del puesto II y el de los verdes del carcer III intentaron conseguir la primera posición a toda costa. Se aproximaron los unos a los otros demasiado y ninguno quiso ceder en aquella pugna mortal. Los carros chocaron, y la rueda del de los azules se quebró al impactar con la del carro de los rojos del cajón II. El eje se partió, la cuadriga volcó y empezó a rodar aún arrastrada por unos caballos que, de pronto, perdieron el equilibrio y cayeron en una maraña de huesos y relinchos bestiales. El azul y el rojo se estrellaron irremisiblemente antes incluso de alcanzar el inicio de la recta. El conductor de los verdes intentó zafarse del accidente, pero tenía a otro de los azules por el otro extremo. Dudó, no supo bien si guiar a sus caballos hacia un lado o hacia el contrario y parte de los hierros del carro de los rojos que se había estrellado trabó sus propias ruedas y su cuadriga también reventó. Se llevó la mano al cuchillo para cortar las riendas, pero todo fue en vano y su cuerpo quedó atrapado por el tiro: fue arrastrado por sus caballos por toda la larga recta de la arena del Circo Máximo mientras que su cuerpo iba desmembrándose a trozos. Los jueces, no obstante, dieron la salida por buena: el tercer auriga de los azules, que partía del cajón IV, se benefició de la desaparición de los contrincantes de los carceres I, II y III y se hizo con la primera posición a la entrada de la recta. Celer, por su parte, se las ingenió para adelantar una posición y dejó atrás a la cuadriga de los blancos, que había salido por su derecha. Acúleo hizo lo propio rebasando a otro de los aurigas blancos y se situó en la quinta posición.

Estaban ya en la cuarta vuelta, llegando al séptimo giro, justo en el extremo del altar de Consus, donde se situaban también los huevos de piedra que iban señalando las vueltas que quedaban para terminar la carrera. Celer seguía en tercera posición, pese a que el azul que lideraba la competición y el blanco que iba segundo habían cometido algunos errores en los giros anteriores y se habían alejado demasiado de los conos de las metae. Celer podría haber aprovechado alguno de esos errores para haberles recortado

espacio, incluso quizá para adelantar a uno de ellos, pero el auriga de los rojos tenía otros objetivos en mente: había observado que en la vuelta anterior, Acúleo había aprovechado un error similar del segundo auriga de los blancos para adelantarlo. Así, Acúleo estaba ahora en cuarta posición y perseguía ya a Celer, y a éste aquella situación de carrera le pareció perfecta.

Sólo tenía que refrenar un poco a Orynx y Niger, que no entendían por qué no avanzaban más rápido, y esperar el momento adecuado para cerrar a Acúleo cuando éste intentara adelantarlos. Y… matarlo. Incluso si eso lo ponía a él mismo en peligro. Hay odios que van más allá de nuestro instinto de preservación.

Celer había pensado en no esperar más y aprovechar el siguiente giro, el octavo, junto a los delfines de bronce, para abrirse en la curva y cerrar rápidamente a Acúleo en cuanto éste intentara adelantarlo, pero reflexionó. No. Aquello sería demasiado burdo, demasiado evidente incluso para un miserable como Acúleo. Así que Celer cambió de estrategia y azuzó a sus caballos con furia. —¡Vamos allá! ¡Vamos, Niger ! Ad laevam! —gritó Celer para que el veterano animal aproximara la cuadriga lo máximo posible a los amenazadores conos, pero sin estrellarse contra ellos. Y el caballo respondió a la perfección. Maniobra sublime. Recortaron rápidamente el espacio a las cuadrigas azul y blanca que lideraban la carrera. Sí. Eso era. Celer volvió a gritar—. ¡Vamos Orynx, vamos! Era el momento de aprovechar la velocidad de Orynx al entrar en la primera recta de la quinta vuelta. Y los cuatro animales se lanzaron a una carrera brutal que casi hizo perder el equilibrio a Celer, pese a toda su gran experiencia. Era como si sus caballos hubieran estado esperando aquella orden desde hacía rato y al recibirla no cupieran de gozo. Estaban entrenados para ganar y no toleraban que ninguna otra cuadriga fuera por delante. En particular Niger, que volvió a aprovechar hasta el más mínimo espacio en el noveno giro para recortar aún más la distancia con los aurigas de cabeza. Ya los tenían ahí. Celer miró por encima de su hombro. Acúleo también había animado a sus caballos para que no perdieran distancia y apenas habían ganado unos pasos sobre él, pero Celer sabía que Acúleo habría tenido que emplearse a fondo con el látigo. Era el único lenguaje que aquel miserable hablaba con los caballos. Pero todo eso daba igual. Acúleo estaría ya confiado en que Celer estaba intentando ganar la carrera. Era el momento. Llegó el décimo giro y, para incomprensión de Niger, su amo, en vez de gritar «ad laevam» dio la instrucción opuesta. —Dextrorum, dextrorum! Niger no lo entendía, pues no veía ningún obstáculo próximo a los conos de las metae de aquel nuevo giro, pero por encima de su intuición estaba la obediencia y, disciplinado, se alejó de la spina central al girar, perdiendo así bastante espacio. —Ad laevam! —aulló entonces Celer para corregir la dirección de sus caballos. Fue suficiente. Se habían abierto demasiado y Acúleo intentó, sin dudarlo, pasar su cuadriga entre ellos y la spina del Circo Máximo. Era la oportunidad que Celer había estado esperando. No se lo pensó dos veces. —Ad laevam, ad laevam! —ordenó de nuevo a Niger. Al animal le parecía oír otros caballos que se aproximaban por ese lado. Hacer caso a su amo podía ser peligroso, pero era la orden recibida y giró de golpe. Acúleo vio que el carro de Celer se les echaba encima. —¡Por todos los dioses! —exclamó Acúleo al tiempo que echaba para atrás todo su cuerpo, tirando de las riendas de sus cuatro caballos lo más fuerte que pudo y consiguiendo refrenarlos lo suficiente para evitar el choque. Celer miró de nuevo por encima de su hombro. Había fallado. Y no estaba claro que fuera a tener una segunda oportunidad. Acúleo ya habría entendido que las prioridades que Celer tenía para aquella carrera no empezaban precisamente por conseguir la victoria.

En la arena las posiciones se habían mantenido, excepto en la cola de la carrera donde el tercer auriga de los rojos había conseguido adelantar a dos cuadrigas y situarse justo por detrás de los dos carros de los blancos.

Celer, por su parte, no había conseguido su objetivo de provocar un accidente de Acúleo y, además, su empecinamiento en mantenerse cerca de su enemigo había hecho que no aprovechara los nuevos errores de los líderes de la carrera, que se habían alejado varias decenas de pasos. Ni iba a conseguir la muerte de Acúleo ni la victoria. Su ansia de venganza lo había ofuscado y estaba a punto de concluir una de sus carreras más mediocres, pero llegó el giro decimosegundo y el auriga de los blancos, que marchaba en segunda posición, no se conformaba e intentó adelantar por el interior a la cuadriga azul que lideraba la competición. Celer pudo ver cómo la rueda del carro blanco chocaba brutalmente con uno de los conos de las metae, cómo la cuadriga saltaba por los aires y cómo, empujada por la fuerza centrífuga, salía disparada hacia el exterior, donde chocó a su vez con la cuadriga del azul de primera posición. Los dos carros se estrellaron arrastrando con ellos a los animales y a los aurigas, cuyos cuerpos quedaron destrozados en medio de la pista. Celer tuvo que refrenar la marcha al tiempo que gritaba nuevas órdenes a Niger. —Dextrorum, dextrorum! Era esencial alejarse lo máximo posible de los carros accidentados. Eso implicaba abrirse mucho en aquel giro, pero Celer estaba convencido de que el resto de cuadrigas tendrían que hacer lo mismo o, de lo contrario, impactarían con los carros volcados en la arena, pues no había tiempo material para retirarlos hasta que pasaran el resto de competidores por el giro de los delfines de bronce. En efecto, tanto Acúleo como los otros aurigas imitaron a Celer y todos fueron alejándose de los carros destrozados, reproduciendo la misma trazada abierta en la curva que había dibujado Celer con las ruedas de su cuadriga sobre la arena del Circo Máximo. Así, de pronto, Celer se encontró, de forma completamente inesperada, como líder de la carrera. Y casi sin darse cuenta, por pura inercia de la costumbre, aulló instrucciones precisas a Orynx. —¡Vamos, Orynx, vamos! El animal aceleró tirando a su vez del resto de caballos y de ese modo ampliaron su distancia sobre el carro perseguidor. Celer se dio cuenta entonces de lo que había hecho y a punto estuvo de frenar de nuevo el tiro de su cuadriga, con el fin de permitir que Acúleo volviera a aproximarse para intentar cerrarlo, una vez más, en el giro decimotercero, pero la distancia que había abierto era demasiado grande y el giro ya estaba próximo. Muy próximo. Dudó. Pensó incluso en provocar un accidente mortal no ya intentando que Acúleo chocara con los conos mortales del giro, sino estrellando su carro contra el de Acúleo, aunque eso fuera prácticamente suicidarse. Y lo estuvo considerando, pero todo iba rápido, en especial sus caballos: y el giro decimotercero llegó y él lo pasó liderando la carrera con la cuadriga de Acúleo a más de veinte pasos. No, no había tenido la voluntad para suicidarse. No. De pronto encontró que quería vivir. Había hecho daño a mucha gente, a la pobre Helva, que no merecía el terrible final que había tenido por su culpa, y había escrito a Menenia prometiéndole… no, no podía fallarle a ella una vez más. Se contuvo. Además, conseguir la victoria, ya que no había podido provocar un accidente que terminara con Acúleo, sería otra forma de infligir dolor a toda la corporación de los azules y al mismísimo Acúleo, que tendría que ver cómo, una vez más, pese a todas sus tretas y conjuras, tenía que ser testigo de una nueva victoria de la cuadriga roja.

Llegó el giro final. El decimocuarto. Los jueces y los esclavos del circo habían retirado tantos hierros y maderas de los carros que se habían estrellado en la vuelta anterior como habían podido, pero aún había algunos caballos heridos próximos a los conos que marcaban el giro. De nuevo, lo más sensato era abrirse alejándose del giro. Pero… ¿qué haría Acúleo? ¿Se atrevería a arriesgarse y hacer pasar su carro por encima de los restos que aún quedaban en la zona o incluso intentar pasar entre alguno de aquellos caballos heridos? Era muy peligroso. Sólo un loco sería capaz de intentar algo así. O un desesperado, porque uno de esos caballos aún se movía y podría levantarse en el momento justo en que una cuadriga pasara junto a él y generar así un nuevo accidente. Eso ocurría con frecuencia. Celer lo había visto en infinidad de ocasiones. Él optó por ser prudente y se separó de los restos del accidente aunque eso le hacía perder tiempo. Miró entonces hacia atrás, rápidamente, por encima del hombro. No, Acúleo no era un hombre ni loco ni desesperado, así que imitó a Celer y lo mismo, una vez más, hicieron el resto de aurigas. Celer entró en la recta final como cuadriga líder de la competición. Por detrás venían el resto. La victoria volvía a ser suya, pero no había podido ejecutar su venganza. Nunca pensó que una victoria pudiera tener ese sabor amargo de la insatisfacción.

 

Historia

Cuando los romanos introdujeron en España, a finales de la República romana, las carreras de carros, que se celebraban en el circo, al mismo tiempo que las representaciones teatrales y los espectáculos de gladiadores, rituales éstos en honor de la Tríada Capitolina, Júpiter; Minerva y Juno, contaban ya con varios siglos de celebración, tanto en el mundo griego, como en el romano, ya que la carrera de carros más antigua, de la que hoy se tiene noticia, se celebró en el año 680 a.C., en Olimpia, Grecia.

Con posterioridad a esta fecha encontramos que parte del ritual funerario de las personas ricas de Etruria lo constituían las carreras de bigas de caballos, pues aparecen representadas en varios lugares: en las pinturas de las tumbas del Colle Casuccini, en Tarquinia, fechadas en el segundo cuarto del siglo V a.C.; de la mona, en Chiusi, datada en torno al 480-470 a.C.; del maestro de las Olimpiadas, en Tarquinia, alrededor del 500 a.C., y en la colonia griega de Paestum – Campania, Italia, en el siglo IV a.C.

En Roma, las carreras de carros se atribuyeron a Tarquinio el Soberbio y, hasta el año 221 a.C., no se celebraron en el Circo Máximo, aunque después también se ofrecieron en el Circo Flaminio, obra debida a Cneo Flaminio Nepote, que se encontraba entre la Piazza Cairoli, la Vía del Pórtico de Octavia, el Tíber y el Teatro Marcello.

En España, las leyes de Urso -Osuna, Sevilla-, colonia fundada por Julio César en el año 64 a.C., con gentes que procedían de la plebe de Roma, mencionaban las carreras de carros en honor a la Tríada Capitolina y ordenaban que las supremas magistraturas de la colonia, es decir, los duunviros y los ediles, al tomar posesión de su cargo anualmente, costeasen espectáculos circenses, en parte pagados por ellos mismos y, en parte, costeados por la caja pública.

Los duunviros tenían puestos fijos asignados en las primeras filas del circo.

Las carreras de carros, por su vinculación con el culto, las organizaron en origen los sacerdotes y duraban un día.

Durante la República romana, las carreras de carros, llamadas Equina, se celebraron en Roma el veintisiete de febrero y el catorce de marzo; las Consualia, el veintiuno de agosto y el quince de diciembre; y el veintiuno de agosto y el quince de diciembre, el Equus october.

El mosaico de Piazza Armerina, Sicilia, procede de la villa de un alto funcionario del Imperio, y describe las vicisitudes de una carrera completa y aporta la singularidad de representar en el semicírculo derecho los tres templos de la Tríada Capitolina: Júpiter, Minerva y Juno.

En principio, se celebraron en Roma, en las estribaciones casi paralelas de los montes Aventino y Palatino, pero ya, en época de la monarquía, al parecen se realizaron algunas obras en este valle, para que el público pudiera contemplar sentado las carreras de carros. Pasado algún tiempo, se fueron introduciendo otras modificaciones que pretendían la seguridad y el ornato: así, los graderíos de madera se convirtieron en graderíos de piedra y, finalmente, el mármol sustituyó a la caliza y los dorados a las pinturas de colores.

El Circo Máximo fue una de las construcciones más famosas de Roma. Su construcción se debió a Julio César; aunque fue, finalmente, terminado por Augusto (27 a.C.-14 d.C.).

La pista estaba separada de los espectadores por un foso, de cerca de tres metros de anchura. Constaba de tres pisos, pero sólo el más bajo era de piedra y los otros dos de madera, por lo que con frecuencia, se derrumbaron.

En época de los Antoninos (138-182) en un derrumbe perdieron la vida 112 personas. Otro desplome sucedió en tiempos de la Tetrarquía (282-303). En época de Augusto no era aún muy elevado y desde las casas próximas se podían contemplar las carreras de carros, por lo que Augusto gustaba de verlas desde esas casas.

La distribución básica del graderío era la siguiente: las gradas inferiores estaban reservadas a los senadores; las situadas encima, a los caballeros; y las restantes, a la población. Las mujeres no estaban separadas de los varones, como en los demás espectáculos y, al principio, el emperador y su familia se sentaban entre los senadores.

El circo estaba magníficamente decorado.

En el siglo IV se alaba aún los riquísimos adornos de bronce que ornaban los graderíos. El exterior estaba rodeado de arcadas con puertas y escaleras para subir a los graderíos, permitiendo estos múltiples accesos el que miles de personas pudieran entrar al mismo tiempo. Debajo de las bóvedas de los atrios había tiendas y locales de diferentes clases y encima de ellos se encontraban las viviendas de los propietarios.

Uno de los atrios se dedicó a tiendas; y el otro, a la entrada del circo, Éste fue el lugar predilecto de los astrólogos para ejercer su arte y también de artistas de segunda categoría que entretenían a la población.

Una carrera de carros comprendía siete giros y un giro completo era de 769 m, así que, después de los siete giros finalizaba la carrera.

En el circo se celebraban, además, otras carreras de caballos, en las que los jinetes, imitando a los númidas, saltaban de un caballo a otro en plena carrera o se sostenían en pie sobre los caballos, acrobacia representada en un mosaico de Roma, hallado debajo del Palacio Farnese. Los aurigas, con frecuencia, también se tendían sobre un caballo al galope o saltaban de una cuádriga a otra. Se celebraban carreras de larga duración, cuya distancia recorrida parece increíble.

En este sentido, Plinio el Viejo escribe que, en el año 59, un muchacho de ocho años recorrió, desde el mediodía al anochecer, 75 millas, unos 111 km; y otro, 94 millas, unos 139 km.

Los circos de provincias imitaron, en líneas generales, el Circo Máximo de Roma, en el que no dejaron de producirse en el transcurso del tiempo importantes cambios.

Así, Nerón (54-68), amplió la primera construcción del circo, pues en el gran incendio del año 69 el fuego comenzó por las tiendas y destruyó parte de él. Los emperadores Domiciano (81-96), y Trajano (98-117), lo ampliaron y lo embellecieron. Ofreciendo en el siglo I una capacidad de 250.000 asientos, para una ciudad que contaba con cerca de un millón de habitantes.

El circo tenía forma elíptica y el suelo de la pista era de tierra apisonada, con la spina en el centro, que era la base para colocar diferentes elementos decorativos, como edículos dedicados a los dioses, estatuas, obeliscos y fuentes. La spina del Circo Máximo estaba decorada con un gran obelisco traído por Augusto de Egipto.

Constantino añadió un segundo obelisco de mayor tamaño. Sobre la spina de uno de los mejores mosaicos conservados con carreras de carros, hallado en Barcelona y fechado en la mitad del siglo IV, se encuentran esculturas de la diosa Cibeles, la Magna Maten sentada sobre un león y acompañada de dos prisioneros bárbaros de pie.

En las dos extremidades de la spina estaban las metae, de forma semicircular alrededor de las cuales giraban los carros. En uno de los hemiciclos de la pista se encontraban las carceres, habitaciones donde esperaban la señal de salida los carros. Las carceres eran seis, situadas a los lados de la puerta monumental de ingreso. En uno de los laterales se encontraba la porta libitinaria, por la que salían los carros que abandonaban la carrera y, posiblemente, los que no alcanzaban la victoria. Desde un pequeño edificio llamado pulvinar los emperadores seguían el espectáculo.

La señal de salida de los carros la daba el editor spectaculorum, que se sentaba sobre las carceres.

Los magistrados que controlaban la carrera, el comportamiento de los aurigas y el orden de la llegada de los carros a la meta se sentaban en la Tribunal indicum.

El Circo Máximo medía unos 600 x 100 m. El modelo ideal de circo fue, frecuentemente, el Circo Máximo de Roma, que se copió en los mosaicos y relieves –Piazza Armerina, Foligno, Gafsa, etc.–. Se conoce por la presencia del templete, consagrado a Venus Mincia, que se encontraba situado a su entrada.

Los mosaicos circenses de Bell Lloch y de Barcelona no son copias del Circo Máximo, al no encontrarse en ellos el templete de Venus Mincia. El Circo Máximo tenía un aforo de 150.000 personas, en época de Julio César, y de 385.000, en el siglo IV. Mas, en Roma, funcionaban otros circos, como los de C. Flaminio, el de Calígula y el de Magencio.

“Duas tantum anxius optat, panem et circenses”

En épocas de crisis los políticos siempre han aplicado esta máxima debido al peligro que representa un pueblo hambriento. El “pan y los juegos de circo” en tiempos del Imperio siempre han sido una eficaz anestesia social ya sea en forma de espectáculos en el anfiteatro o en las carreras de carros.

La procesión religiosa

En Roma, en que los dioses y la religión acompañaban, generalmente, todos los sucesos de la vida ciudadana, los juegos circenses iban precedidos de una gran procesión, con numerosas imágenes de los dioses. Esta procesión descendía del Capitolio, cruzaba el Velabro y el Foro Boario y entraba por la puerta central del circo, recorriendo la pista.

Abría la comitiva religiosa el magistrado promotor de los juegos y acompañaban las imágenes de los dioses numerosos sacerdotes y cofrades de las corporaciones religiosas, al son de la música de flautistas y tibicines.

Con una procesión religiosa, pompa, comenzaban las carreras de carros. Los lictores y los trompeteros precedían la procesión, seguidos del magistrado, que presidía la carrera, vestido con traje triunfal y con los atributos de Júpiter Capitolino.

Marchaba a pie, a no ser que desempeñara el cargo de pretor o de cónsul, en cuyo caso iría sobre una biga.

Detrás, marchaba un esclavo público, cubierta la cabeza con una corona de encina.

Los clientes, vestidos con toga blanca, y jóvenes a pie o a caballo, rodeaban al magistrado. Seguían al cortejo religioso los aurigas, divididos según las facciones a las que pertenecían, precedidos de los músicos y de unos portadores de carteles. Cerraban el cortejo los sacerdotes transportando los objetos sagrados y las corporaciones religiosas, que llevaban los trajes de los dioses en un carro sagrado y las imágenes divinas en literas.

Las estatuas de los dioses eran transportadas en carros tirados por caballos, mulas y a veces por elefantes.

En época imperial se añadieron al cortejo retratos de los emperadores y de las emperatrices divinizados. La procesión penetraba en el circo por la puerta situada en el centro de las carceres, recorría la pista, girando alrededor de la meta primera, y se disolvía delante del pulvinar, donde se vestían las estatuas de los dioses. Cuando la procesión entraba en el circo, los asistentes al espectáculo se levantaban de sus asientos, con aplausos y aclamaciones, al igual que lo hacían, cuando llegaba el emperador; que solía costear las carreras en Roma.

Debemos significar el notable simbolismo, tanto de los elementos materiales como de las mismas actuaciones: el Circo Máximo representaba la estructura del Universo; la pista simbolizaba la tierra; la fosa el mar; los obeliscos sobre la spina el Sol y la Luna; las doce carceres las constelaciones del Zodíaco; las siete vueltas a la pista los siete días de la semana; y las facciones, las cuatro estaciones.

La carrera

El magistrado que presidía la carrera de carros daba la señal de comenzar el espectáculo con un trapo blanco, llamado mappa. Entonces, los carros salían del box de partida, momento que está representado en el díptico consular de los Lampadios, fechado poco después del 500, hoy en el Museo Cristiano de Brescia.

Los carros, muy pequeños y ligeros, eran de madera, de dos ruedas, y estaban tirados, generalmente, por cuádrigas de caballos y por bigas. Los caballos iban atados directamente por cuerdas y los dos laterales llevaban el peso de la carrera. El situado en el lado izquierdo era el más importante, pues de su habilidad al dar la vuelta, lo más pegado posible a la meta dependía, en gran parte, el éxito de la carrera y de que el carro evitase volcar (naufragium), lo que podía perjudicar a otros carros, ocasionando frecuentemente accidentes mortales. Cuádrigas volcadas se representan en los mosaicos de Lyon, de Piazza Armerina, de Barcelona, etc., y en un relieve del Museo Británico de Londres aparece una cuádriga dispuesta a girar alrededor de la meta. La competición de las diferentes cuádrigas era durísima pues la velocidad alcanzada era grande. Todo ello queda magníficamente representado en el relieve de Foligno, Italia; en los citados mosaicos hispanos de Barcelona, de Bell-Lloch y de Itálica; en los de Piazza Armerina, Selin, Gafsa y en el de Cartago.

A veces, los carros eran tirados por más de dos o cuatro caballos y el auriga M. Aurelio Policene llegó a conducir carros tirados hasta por ocho o nueve caballos.

Los aurigas vestían una túnica ligera, del color de la escudería, protegían la cabeza con un casco de metal y las piernas con vendas. Conducían con las riendas rodeándoles el pecho y en la mano derecha llevaban la fusta y las riendas en la izquierda, lo que permitía que, en caso de volcar la cuádriga, el auriga, con un puñal, podía cortar las riendas con facilidad. Otros personajes participaban también en las carreras, como los que arrojaban agua a las cuádrigas, representados en unos mosaicos de Barcelona, Cartago, etc.

El número de carreras de carros no fue siempre el mismo. Durante el Imperio fue habitual celebrar en Roma de diez a doce carreras por día. En el año 37, en tiempos del emperador Calígula, con ocasión de celebrar éste la consagración de un templo en honor de Augusto, tuvieron lugar veinte carreras el primer día y veinticuatro el segundo, llegando pronto las carreras de carros a ocupar todo el día. En los juegos extraordinarios o cuando coincidían en un mismo día dos fiestas, el número de carreras sumaba más de veinticuatro, como aconteció en el siglo IV, en la conmemoración del centenario de Trajano y en la conmemoración de la victoria del emperador Constantino sobre Licinio, que coincidieron con los cumpleaños de Nerva (96-98) y de Constancio II (337-361).

En estas dos fiestas se celebraron cuarenta y ocho carreras en un mismo día y en otras tres de gran importancia se ofrecieron treinta o treinta y seis carreras diarias. En todas ellas los aurigas novatos solían participar con tiros de dos caballos. Crescente conducía caballos desde los trece años y los aurigas famosos tenían a gala competir con carros tirados por seis, ocho y hasta diez caballos. Nerón, en las carreras de Olimpia, condujo un carro tirado por diez caballos.

La organización de las carreras y las facciones

Unas compañías privadas, que estaban en manos de los caballeros, se encargaban de organizar las carreras de caballos. Estas compañías, además de organizar las carreras, proporcionaban los aurigas, los carros y los caballos. Disponían, también, de un local propio dotado de escuderías y de todos los servicios necesarios para estas competiciones, pues contaban con veterinarios para tratar los caballos, con médicos para curar a los aurigas enfermos y de personal especializado en alimentar a los caballos, en adornarlos y en construir los carros, así como con sastres, zapateros y hasta con un colectivo que animaba a los aurigas de la propia escudería con gestos y gritos, durante las carreras.

Los jefes de las diferentes secciones se encargaban de la dirección técnica y administrativa de toda la organización. Eran éstos los que firmaban los contratos con los magistrados o con los particulares que contrataban las carreras de carros, en cuyos contratos se especificaba el número de caballos que debían participar, su cotización y los

honorarios de los aurigas. Las facciones, en origen, eran un negocio, por eso se encontraban en manos de los caballeros, que constituían la verdadera clase dedicada a los negocios en Roma. Estas sociedades ejercían un auténtico monopolio sobre las carreras y los que las costeaban sólo se podían dirigir a ellas.

Durante la República romana sólo existieron dos facciones, la blanca y la roja, llamadas así por los colores de las túnicas de los aurigas, pero en el Impero se añadieron la verde y la azul y, bajo el gobierno de Domiciano (81-96) se sumaron otras dos, la purpúrea y la áurea, aunque a la muerte del emperador ésta últimas desaparecieron. En los cuatro cuadritos con aurigas y caballos de un mosaico, conservado en el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida, y en un segundo de Roma, se hallan representadas las cuatro facciones.

Cada facción podía intervenir en las carreras con una o más cuádrigas, que corrían siete giros alrededor de la spina del circo, en tanto los espectadores seguían las frases de las carreras, mirando los siete huevos y los siete delfines colocados sobre unos arquitrabes, sostenidos por columnas. Los cambios indicaban el número de vueltas recorridas y las que faltaban.

El número de dieciséis carreras con siete giros a la pista se mantuvo hasta los primeros años del imperio, pero en tiempos del emperador Calígula (37-41) subieron a veinticuatro; y de treinta y nueve a cuarenta y ocho en época de los emperadores Flavios (69-96), y bajo Domiciano llegaron a cien. En los Juegos Seculares del año 88, las vueltas a la pista pasaron de siete a cinco. El premio a la cuádriga vencedora consistía en sumas elevadas de dinero y en coronas y palmas.

Circos del Imperio Romano

A España y Portugal también llevó Roma los espectáculos de carreras de carros, donde se conocen muy buenos circos. Los mejores fueron los de Córdoba, capital de la Bética, situados en la parte Oriental de la ciudad; el de Mérida, capital de Lusitania obra de los primeros veinte años del siglo I, remodelado por los hijos de Constantino, con doce carceres, tres anillos de graderío, un desagüe que atravesaba el circo, y con unas dimensiones de 417,3 x 112 m; y el de Toledo, fechado entre los años 50-60, que medía 408 x 86 m. Éstos últimos, el de Mérida y el de Toledo, seguían el canon del Circo Máximo de Roma, rehecho casi totalmente por Trajano, a finales del siglo I o a comienzos del siglo II. Los circos de Mérida y de Córdoba han llegado a nuestros días en mal estado de conservación. El circo de Mérida estaba vinculado con Dionisos, según indicación de un mosaico emeritense con carreras de carros, en tanto el de Miróbriga, en Lusitania, al igual que los de Tarragona y Mérida, estaban vinculados al culto imperial. El de Tarragona, de época Flavia, estaba vinculado al Foro provincial, de la misma época y se encontraba situado en el centro de la capital de la provincia Tarraconense. El circo de Sagunto, que se localiza en el extremo septentrional de la ciudad con una extensión de 354 x 73 m, fue construido en el siglo II, contemporáneo a los de Valencia, que era de dimensiones parecidas al de Sagunto y a los de Itálica, Calahorra, Cáceres y otros varios. En esta época se construyeron muchos circos en España, al igual que en otras destacadas ciudades del Imperio.

Caballos, Aurigas e Hinchas

La cría de caballos para correr en el circo fue un negocio lucrativo siempre.

En un mosaico de finales del siglo II, hallado en la casa de Sorothus, se representa una yeguada, con las madres y los potros, pastando en el campo. Diferentes regiones del imperio criaban excelentes caballos de raza para las carreras, como Sicilia, Apulia y Calabria, en Italia; Numidia, en África; Capadocia, en Asia Menor; y Etolia, Epidauro y Acarmania, en Grecia.

En el siglo I los caballos más cotizados eran los hispanos y en el siglo III los hispanos y los de Capadocia, El Papa Gregorio el Grande, en la segunda mitad del siglo VI, vendió todos los caballos que pastaban en las propiedades de la Iglesia, en Sicilia y, aunque se quedó con cuatrocientos, esta cifra se consideró insignificante en relación con los caballos vendidos.

A finales de la República romana y a comienzos del Imperio, los caballos de carreras más famosos procedían de Lusitania, en donde las yeguas, según se afirmaba, eran preñadas por el viento. Todavía, en la Tarda Antigüedad, en torno al 400, España y Portugal criaban muy buenos caballos de carreras.

Símmaco, el personaje más destacado de Roma en torno a aquel año, envía varias cartas a criadores de caballos de carreras de España y Portugal, solicitando ejemplares para celebrar la prefectura de su hijo en Roma, y gracias a esta correspondencia se conocen los nombres de los criadores de caballos de carreras de España y de Portugal. Se llamaban Salustio, que fue prefecto de Roma y que poseía grandes rebaños de caballos en España, Helpidio, Messala, Longiniano, Patruino Perpetuo –cuyos ejemplares eran muy selectos y famosos por su velocidad–, Pompeia, verosímilmente hispana, Flaviano, Basso, Aureliano, Marcelo y Vincentio. Muchos latifundistas hispanos se dedicaban en sus fincas a la cría de caballos, sobre los que, a veces, se escriben los nombres de los propietarios o de los cuidadores, tradición que, con evidentes modificaciones y limitaciones, aún se conserva. Así, en el mosaico de Barcelona, se menciona, cinco veces, Concordi; y dos, Nicetus; en una pintura de Mérida, datada en el siglo IV, se representa la doma de un caballo de carreras, que duraba dos años, y empezaban a correr los cinco.

Los aurigas eran, generalmente, esclavos o pertenecían a los estratos ínfimos de la sociedad; sin embargo, a finales de la República romana, muchos hijos de familias nobles y, ya en época imperial, incluso algunos emperadores fueron aurigas, Los aurigas famosos amasaban fabulosas fortunas. El satírico Juvenal (60-140) escribe que el patrimonio de cien abogados es igual al de Lacerta, auriga famoso de la facción roja. Disfrutaban entre el público de la misma fama que hoy los grandes artistas de cine o los deportistas, y se pasaban de una facción a otra. El auriga más famoso de todo el Imperio Romano fue el hispano C. Apuleyo Diocles, que había vencido en más de mil carreras.

Una inscripción hallada en Roma, fechada poco después del año l46, año de su muerte, cuenta su historial circense. En 92 carreras se disputaban premios de dinero entre 30.000 y 60.000 sestercios. C. Apuleyo Diocles ganó en total 35.863.120 sestercios.

Convirtió a dos caballos en centenarios, ganadores de cien o más carreras; y a uno en bicentenario. Eclipsó con sus triunfos a sus más famosos antecesores en el circo, En un solo año, obtuvo 134 victorias y en carreras de un solo carro, que eran las más apreciadas, obtuvo 18 triunfos. Desde la fundación de Roma, fue el primer auriga que venció ocho veces en carreras premiadas con 50.000 sestercios y, además, con los mismos tres caballos logró 29 premios de esta clase. Dos veces corrió en un día por un premio de 40.000 sestercios, con un tiro de seis caballos, saliendo victorioso las dos veces, cosa no conocida con anterioridad. Con siete caballos, enganchados uno al lado del otro y sin yugo, lo que no se había visto nunca, triunfó en una carrera de 50.000 sestercios y en una, de 30.000 sestercios, corrió y venció sin fusta.

Los aurigas eran muy populares y se volvían arrogantes, maleducados y exigentes, por lo que el Estado se vio obligado a frenar sus demandas. Los poetas celebraban sus victorias y lloraban su muerte; el pueblo conocía la edad y el lugar de nacimiento de los aurigas de fama, así como el número de sus victorias alcanzadas; y sus nombres se encontraban escritos por todos los sitios.

Las carreras de carros fueron muy famosas durante todo el Imperio Romano y al comienzo del Imperio Bizantino. Están representadas en la base del obelisco de Teodosio I, en Constantinopla, terminado de levantar entre los años 395 y 396, con el emperador, los hijos y la corte presidiendo la carrera. En el año 399 Juan Crisóstomo, patriarca de Constantinopla, lanzó un sermón durísimo contra los juegos del circo, porque en Viernes Santo se encontró con la iglesia casi vacía, ya que los fieles se habían ido a ver las carreras.

La profesión de auriga estaba prohibida para los cristianos según el concilio de Elvira –Granada–, celebrado a principios del siglo IV, por el carácter religioso de las carreras. El naturalista latino Plinio el Viejo cuenta que los fanáticos de las facciones ayudaban a su facción, practicando toda clase de sortilegios, actos de magia o invocando a los demonios.

Algunos emperadores apoyaron fanáticamente a su facción favorita. Así, Vitelio en el 69 y Caracalla favorecieron descaradamente a la facción azul. Calígula, Nerón, Domiciano, L. Vero (37-169), Cómodo (180-192) y Heliogábalo (218-222), a la facción de los verdes, que a comienzos del Imperio, era la primera, La pasión de Calígula por su facción fue demencial, pues llegó a envenenar a los caballos y aurigas de las otras facciones; comía y permanecía mucho tiempo en su escudería; y el día que precedía a las carreras daba la orden a los soldados de que mantuvieran el silencio en el barrio, para que su caballo favorito, Incitato, descansara tranquilamente. A Incitato le construyó un establo de mármol y un pesebre de marfil; le coloreó una manta de púrpura y de piedras preciosas; le regaló un palacio y algunos esclavos y planeó nombrarle cónsul. Vitelio mandó asesinar a los que calumniaran a la facción azul y Lucio Vero, cuando estaba fuera de Roma, escribía todos los días a sus amigos para estar informado de la facción verde. A su caballo favorito, Volucer, le alimentaba con uvas pasas y con cebada; le hacía ir, cubierto con una gualdrapa de púrpura, desde el Palacio de Tiberio; y, cuando murió, le construyó una tumba en el Vaticano.

Caracalla rodeaba el circo de soldados, que castigaban a los asistentes que hablasen mal de su facción. Así pues, el interés de los emperadores por las carreras de carros ha que dado bien patente en las distintas representaciones de las monedas acuñadas por Trajano, Septimio Severo, 193-211, Caracalla, Gordiano III, 238-244 y Filipo el Árabe, 244-249.

Los emperadores aterrorizaban a las facciones contrarias, incluso persiguiéndolas brutalmente; sin embargo, las facciones encontraban gran apoyo en el pueblo, ya que éstas proporcionaban trabajo a gran número de gentes. La masa hallaba en los cuatro bandos circenses una magnífica oportunidad para tomar partido en pro o en contra de los litigios que surgían en la ciudad, de tal manera que llegaron a interesan más que los caballos y los aurigas, los colores de las facciones. Tal era el grado de apasionamiento que se vivía en los diferentes bandos que en las carreras estallaban frecuentemente sangrientas batallas. A todo el mundo le interesaba saber qué facción iba a ganar convirtiéndose los pronósticos en un tema de interés común. Aunque los escritores cristianos arremetieron contra los espectáculos circenses, por ser en origen rituales dedicados a los dioses, no lograron nada.

El último gran historiador de Roma, Ammiano Marcelino, que vivió en el siglo IV, escribió que el Circo Máximo era para los habitantes de Roma, templo, casa, lugar de reunión y de disputas acaloradas sobre uno u otro partido.

Los días de las carreras, celebradas antes de salir el sol, todo el mundo se dirigía al circo y muchos, el día antes, no dormían, ansiosos del resultado de las carreras. Casiodoro, secretario del rey de los ostrogodos, Teodorico, en un rescripto referente al circo enviado al rey, le habla de las pasiones que suscitaba este espectáculo, pues el monarca obsequiaba a los romanos con frecuentes carreras de circo.

Las carreras de caballos contaron en el siglo III, entre los enemigos acérrimos, a varios escritores cristianos, como Tertuliano y Novaciano; y a Juan Crisóstomo, en el siglo IV. El gran naturalista latino Plinio el Viejo era muy contrario al circo. En  Constantinopla las facciones funcionaban como verdaderos partidos.

La facción blanca y roja representaban los intereses de los barrios más ricos de la ciudad; y la azul y la verde, los

de los suburbios.

Los espectáculos circenses fueron suprimidos por Totila en al año 545.

Dejo ahora también unas fotos y un vídeo del año pasado que estuve en Puy Du Fuy y estuve en una carrera.

 

 

Recomendamos para profundizar más los siguientes comics:

 

Nota: el fragmento de inicio pertenece al libro «Circo Máximo» de Santiago Posteguillo