1.- Mochuelos En Armas

 

Bienvenidos a la nueva sección #MochuelosEnArmas

Vamos a intentar conocer a esos capitanes, generales e incluso nombres de personas que nos suenan pero no sabríamos ubicarlos en la historia.

La entrega de hoy va dedicada a mujeres que dejaron su granito de arena en la historia de nuestro país.

 

Sin más, empezamos….

 

ANA MARIA DE SOTO, Cordobesa de la Infantería Marina Española

 

Cordobesa de nacimiento, Ana María de Soto pasó a la historia por ser la primera mujer que se alistó a la Infantería Marina Española, además de ser una de las pocas valientes que decidió ostentar un papel que hasta entonces estaba relegado a la figura masculina. Ana María de Soto nació concretamente en la población de Aguilar de la Frontera, situada al suroeste de la provincia de Córdoba.

No se sabe exactamente la fecha de su nacimiento, pero se cree que pudo ser a finales del siglo XVIII, en torno al año 1777. Sus padres regentaban un horno de pan, por lo que se deduce de ello un origen humilde que posiblemente tenga relación con el misterio que rodea su decisión de alistarse en la Marina.

Sus años al servicio militar y su ingeniosidad, recuerdan a la historia de la Dama de Arintero – aunque aquí sí encontramos una base de fondo con la que tomó la decisión de romper con algunas generalidad estipuladas de los esquemas sociales del siglo XVIII – o a la de otras muchas mujeres que lucharon por convicciones en épocas donde era impensable la presencia femenina en el contexto militar.

 

 

Ana María de Soto: Inscripción en la 6ª Compañía del 11º Batallón de Marina

Cabe la posibilidad que desde muy pequeña le atrajese la idea de surcar los mares e ir a bordo de navíos en los que desatar su pasión por las expediciones y los conflictos bélicos, sobre todo los marítimos; aunque no se sabe con exactitud si fue empujada por el idilio de algún amor u otro motivo lo que le impulsó a semejante osadía. Debido al poco trabajo escrito sobre ella por la escasa información testimonial, solo se pueden hacer conjeturas sobre el impulso que le llevó a formar parte de la Marina Española. Y a día de hoy el motivo de su embarque sigue siendo todo un misterio.

En cualquier caso, Ana María de Soto, sin llegar a la edad adulta, y con tan solo 16 años, ocultó su identidad femenina, pues de lo contrario no podría ser partícipe en las venideras batallas que le esperaban. Se hizo pasar por un joven varón de nombre Antonio María. Y así fue como a principios del verano del año 1793 llegó a San Fernando (Cádiz) con la única de idea de ingresar en los Batallones de Marina. Ana María, pasando desapercibida para sus compañeros de regimiento, fue alistada en la 6ª Compañía del 11º Batallón de Marina por voluntariedad propia, dándose por comenzada su pericia militar. Para ello tuvo que recorrer una distancia considerable, algo bastante impensable para una mujer de aquella época y de aquella edad.

 

 

En el marco de las Guerras Revolucionarias Francesas, en 1794 subió a bordo de la Mercedes, una fragata provista de 34 cañones que puso rumbo a las costas mediterráneas para hacer frente a los franceses en Rosas que acababan de hacerse con la población de Figueras sin haber encontrado apenas resistencia. Pero fue en Rosas donde los sitiados conseguían defenderse hasta el último aliento hasta que se tuvo que abandonar aquella plaza por ser incontenible. La defensa de Rosas fue la primera presencia bélica de Ana María de Soto sin todavía haber llegado a la edad adulta. También participó en el conflicto de Bañuls y Aljama.

Poco después, tras el conflicto de Rosas, 27 navíos españoles pusieron rumbo desde la ciudad de Cartagena hacia el Cabo San Vicente, comandados por José de Córdoba y Ramos. Y destacando entre todos los buques se encontraba el Santísima Trinidad, el navío más grande del mundo, y que contaba con 130 cañones. Ana María siguió asignada al Mercedes, ahora bajo el mando de José de Córdoba para hacer frente a los soldados ingleses del almirante John Jervis. El conflicto tuvo lugar en 1797 y se tradujo con la victoria inglesa a pesar de los esfuerzos españoles por hacer frente a la armada del almirante.

 

 

El 7 de julio de 1798, Ana María de Soto se embarcó en la fragata Matilde que también había participado en la Batalla del Cabo San Vicente. Pero la suerte de Soto y su periplo como soldado de la marina se vio truncado cuando unas fiebres altísimas la enfermaron, por lo que tuvo que hacerse un concienzudo examen médico para determinar la causa. De este modo se descubrió, inevitablemente, su condición de mujer y tuvo que reconocer que su verdadero nombre era Ana María de Soto y no Antonio María.

Fue obligada a desembarcar en el puerto más cercano, y su historia fue escrita a Palacio para determinar el castigo por aquella conducta poco propia para una mujer de la época. Pero muy lejos del castigo, se reconoció su coraje y su valía. Y el propio monarca Carlos IV le otorgó por Decreto Real el rango de Sargento Mayor y una pensión vitalicia de 2 reales diarios. Ana María de Soto abandonó su carrera militar y regentó un estanco en la población de Montilla (Córdoba), pero ya bajo la regencia de Fernando VII se le arrebató esta licencia de una manera injusta. Como ha pasado con otros héroes nacionales, y más concretamente heroínas, la historia de Ana María de Soto es bastante desconocida incluso para los historiadores. Es por ello por lo que creo que su historia debe de ser contada para que no caiga en el olvido.

 

 

CATALINA DE ERAUSO, La Monja Alferez

 

Según su partida de bautismo, la historia de la «Monja Alférez» comienza en San Sebastián el 10 de febrero de 1592 (su autobiografía, por el contrario, afirma que se produjo en 1585). Por entonces, España se encontraba embarcada en los últimos años de la conquista y la colonización de América, la nueva tierra prometida donde, a cada paso que se daba en terreno desconocido, se hallaban grandes riquezas. Eran tiempos de aventuras y de arriesgadas expediciones en las que unos pocos hispanos entraban en la selva a base de morrión, ballesta, y algún que otro arcabuz con la intención de obtener gloria y dinero.

Según su partida de nacimiento, nació en 1592 en San Sebastián. En ese mundo nació la pequeña Catalina. Sin embargo, todas aquellas aventuras no estaban dirigidas a ella ya que, al nacer mujer y pobre, la sociedad europea le dictaba un destino bien diferente. «En esa época las mujeres no tenían acceso al mundo de los hombres, estaban recluidas en sus casas y, si querían acceder a un poco de cultura, la única solución era meterse a monjas (en el convento las enseñaban escasamente a leer para que entendieran los misales y aprendían algo de latín, pero ya era algo). No tenían opciones. Otra de las escasas posibilidades que tenían de salir de la casa de sus padres era casarse con alguien con medios. Dependían, por lo tanto, de los hombres en todos los ámbitos de la vida».

Con apenas cuatro años, la vida de Catalina cambió drásticamente cuando, por orden de sus padres, se vio obligada a entrar en un convento. «Solían ingresas en el convento las mujeres que no podían encontrar un buen marido, y ese fue el caso de Catalina. Desde pequeña vieron que era una mujer muy poco agraciada y no iba a tener muchos pretendientes, así que sus padres prefirieron que dedicara su vida a Dios». Durante aquellos años, nuestra protagonista pasó por todo tipo de penurias, pues las novicias la humillaron y la maltrataron durante su estancia.

 

 

La joven que se transformó en muchacho

Hastiada de las vejaciones de sus compañeras monjas, a los 15 años Catalina de Erauso logró escapar del convento y tomó una decisión que marcó el resto de su vida: se disfrazó de hombre para no ser reconocida y poder continuar con su existencia sin ser atrapada. «Se hizo un traje de muchacho con el hábito que tenía del convento y se convirtió a todos los efectos en un varón. A partir de ese momento pasó toda su vida disfrazada de hombre y, sólo al final de la misma, confesó que era una mujer».

En los meses posteriores, Catalina se forjó una nueva identidad masculina y se dio a conocer como Francisco Loyola. Ataviada con un nuevo disfraz de hombre, trabajó junto a varios nobles con los que se hizo ducha en el manejo de las letras y el latín. Según explica la joven en su biografía, nadie sospechó nunca de su condición femenina y todos la trataron como si fuera un varón. De hecho, en un caso llegó a presentarse a su padre como un chico y éste no pudo reconocerla . A su vez, un día cometió la imprudencia de escuchar misa en el convento del que había huido, aunque, por suerte, ninguna de sus antiguas compañeras sospechó de su verdadera identidad.

 

 

«No hay ninguna referencia, ni suya ni de otros cronistas, que explique cómo era su disfraz y cómo lograba hacerse pasar por hombre. Pero debía ser bueno, porque nunca la descubrió nadie. Se sospecha que pudo pasar desapercibida, entre otras cosas, debido a que los ropajes de la época eran muy holgados y podían esconder las formas femeninas, si alguna vez las tuvo»

 

 

Sin embargo, el espíritu inquieto de Catalina hizo que pronto se decidiera a partir hacia América. Nuevamente, demostró la calidad de su disfraz al enrolarse en 1603 como grumete en un buque que viajaba hacia la tierra prometida. Curiosamente, en aquella época no era extraño que las mujeres emigraran hacia el nuevo mundo, por lo que resulta extraño que siguiera haciéndose pasar por un varón.

Catalina pisó tierra americana tras un duro viaje y, una vez en puerto, escapó del buque sin que nadie se percatara. Desde allí partió hasta Saña (Perú), donde entró trabajar como dependienta de una tienda de ultramarinos. No era su trabajo soñado, pero le serviría para ganar algo de dinero.

Su primer asesinato

Durante varias semanas, Catalina cumplió a rajatabla su papel de tranquilo tendero. Por entonces, nadie sospechaba que bajo aquella perfecta facha de varón se agazapara realmente una mujer. Sin embargo, su temperamento le jugó un día una mala pasada que, a la postre, marcaría su carácter y su pasión por las armas. Así narra el suceso nuestra protagonista en su autobiografía: «Estando un día en la comedia, en un asiento que había tomado, un fulano (llamado) Reyes vino y me puso (un sombrero) tan delante y tan arrimado que me impedía la vista. Pedile que lo apartara un poco, respondió desabridamente, y yo a él, y díjome que me fuera de allí o me cortaría la cara. Yo me hallé sin armas, sólo una daga, y me salí de allí con sentimiento, atendido por unos amigos, que me siguieron y sosegaron».

En los días siguientes, el enfrentamiento se desvaneció en la mente de Catalina. Sin embargo, no le ocurrió lo mismo al tal Reyes quién, una noche, se presentó junto a un amigo en la tienda en la que trabajaba la antigua monja con la firme intención de cruzar espada con ella. Erauso, que vio a la pareja en los alrededores del local, no se amedrentó «Cerré la tienda, tomé un cuchillo y fuime a buscar a un barbero e hícelo amolar y picar el filo como una sierra, y poniéndome luego mi espada, que fue la primera que ceñí, vide a Reyes delante de la iglesia paseando con otro, y me fui a él, diciéndole por detrás: “¡Ah, señor Reyes!” Volviose él, y dijo: “¿Qué quiere?” Dije yo: “Ésta es la cara que se corta”, y dile con el cuchillo un refilón que le valió diez puntos. Él acudió con las manos a la herida; su amigo sacó la espada y vino a mí y yo a él con la mía. Tiramos los dos, y yo le entré una punta por el lado izquierdo, que lo pasó y cayó», afirma la novicia en su autobiografía.

En su primer combate, venció a dos hombres con un cuchillo. La «Monja alférez» venció a pesar de que era la primera vez que empuñaba un arma, pero la pelea le costó ser encerrada en la cárcel. Con todo, únicamente pasó unas pocas horas entre rejas, pues su jefe logró sacarla de prisión pagando la correspondiente fianza. Pero el conflicto no estaba ni mucho menos terminado ya que, algunas jornadas después, el herido volvió junto a su amigo pidiendo cuentas por su corte en la cara. No pudo haber cometido una decisión peor y es que, en este caso, Catalina disponía de una espada que no dudó en desenvainar para enfrentarse a sus agresores.

Tras intercambiar sablazos, estocadas y algún que otro «hijo de…», los dos sujetos cayeron muertos ante el arma de la antigua novicia, ya ducha en el manejo de la esgrima. No obstante, el alguacil local no le dio precisamente la enhorabuena por haber logrado preservar su vida, sino que encerró en una mazmorra a aquel «muchacho» que no paraba de meterse en líos. Casi como si la historia se repitiese palabra por palabra, Urquiza se presentó de nuevo en la prisión y pagó su fianza. En cambio, en esta ocasión invitó muy educadamente a su empleado a marcharse de allí y encontrar otras lindes alejadas de él en las que vivir.

Un «conquistador» al que las mujeres amaban

Así lo hizo Erauso, quien, en los meses posteriores, viajó hasta Lima en busca de un nuevo trabajo. Allí fue cuando terminó creyéndose que realmente era un hombre, pues, mientras que hasta ese momento había evitado el contacto íntimo con las mujeres, a partir de entonces se empezó a ganar fama de «conquistador y mujeriego». De hecho, desenvainó la espada en varias ocasiones retada por maridos a los que había engañado con sus propias señoras.

 

 

Incomprensiblemente, Catalina se ganó fama de buena amante entre las damas. «Ella no le daba mayor importancia a sus aventuras amorosas con mujeres. Las cita, pero en ningún momento entra en detalles sobre su vida íntima. Hay que tener en cuenta que, en aquella época, las relaciones sexuales no eran como las podemos entender hoy en día. Eran un tabú de lo que no se hablaba en público, que estaba muy reducido al ámbito familiar…. De hecho, las relaciones sexuales se hacían en muchos casos a oscuras y no era raro que los amantes estuvieran vestidos, así que no es raro pensar que, en sus encuentros sexuales, sus parejas no se dieran cuenta del engaño. Con todo cuando compartieron lecho con ella, salieron convencidas de que era un hombre»

La monja soldado

Después de innumerables líos de faldas, Catalina decidió dar un giro a su vida y partir en busca de riquezas hacia Chile, territorio hacia el que se iba a enviar una expedición formada por seis compañías con cientos de soldados y varios buques. Sabedora de su habilidad con las armas, la donostiarra se enroló como soldado en el ejército español y, días después, partió hacia el puerto de la Concepción, donde se puso a las órdenes del capitán Miguel Erauso… ¡Su hermano! Este, por supuesto, no la reconoció.

«En América la necesidad de hombres de armas era constante debido a la cantidad de expediciones que se hacían en busca de riquezas. Fue la única opción que tuvo y la que más se ajustaba a su personalidad, porque es imposible imaginarla cultivando un terreno o asentada con una familia. Así, puso su espada al servicio de otro haciéndose soldado en el nuevo mundo, donde sobraban ofertas de empleo como combatiente. No podía hacer mucho más. Estaba claro que no podía llevar una vida de mujer y su vida como hombre era, sobre todo, militar».

Como soldado, Catalina demostró sus dotes de combatiente en multitud de ocasiones. «En la mayoría de los episodios de armas que vivió salió victoriosa, por lo que debemos suponer que era una espadachina hábil. Con el tiempo fue adquiriendo una experiencia en combate que muy pocos hombres tenían. Hay que darse cuenta que la inmensa mayoría de hombres que llegaban a América no tenían experiencia en la lucha o era muy limitada, en cambio, ella ya llevaba muchos años en América, había participado en multitud de expediciones militares, había ejercido como soldado y era una profesional en el manejo de las armas».

La antigua monja, ahora convertida en un varón aguerrido, se enfrentó a los nativos espada en mano en varias ocasiones. En sus múltiples combates, demostró desde su sangre fría hasta su valentía y heroísmo. Estuvo a la altura (o incluso por encima) de los militares varones..En una ocasión, por ejemplo, Catalina cargó a lomos de su caballo contra una inmensa maraña de indios que habían robado la bandera de su unidad, la cual, tras un fiero combate contra un jefe indígena, logró recuperar. Aunque sufrió severas heridas en un brazo y una pierna, esta acción le valió un ascenso a alférez.

«Es cierto que sólo llegó a ascender a alférez, pero también hay que situarse en el contexto de la época. Para acceder a ser oficial había que tener muchos años de servicio y una considerable capacidad económica para formar su propia compañía. Lo único a lo que podía aspirar un soldado raso que no perteneciera a la nobleza era a convertirse en alférez. No es que fuera mejor o peor soldado, simplemente no podía llegar a más. Con todo, el grado de alférez no se concedía por las buenas, tenía que ser un militar que hubiera mostrado su valía, pericia y capacidad de mando en multitud de combates».

 

 

Sin embargo, y a pesar de que era una estupenda espadachina, su carácter volvió a traicionar a Catalina cuando desobedeció una orden directa de su superior y acabó con la vida de un jefe indígena desarmado. Esa decisión la hizo caer en desgracia y, tras ser trasladada en varias ocasiones, terminó por abandonar el ejército. Curiosamente, en todo ese tiempo ninguno de sus compañeros descubrió que era una mujer. «No se sabe cómo podía convivir con otros hombres, Hay que tener en cuenta que combatió como soldado durante años y hacía vida diaria y al aire libre con muchos compañeros de armas. El cómo engañó a la gente es algo que nunca sabremos, porque no hay ninguna referencia. Es parte de su misterio».

Su última etapa como hombre

Licenciada con deshonor a pesar de su heroico historial, Catalina se dio a partir de ese momento a la mala vida y se convirtió en el típico bravucón de taberna ávido de poner su espada al servicio de quien fuera con tal de ganar unas pocas monedas que gastar en vino y cerveza. Sin un objetivo en la vida, y todavía como hombre vagó por Latinoamérica siendo apresada en varias ocasiones por reyertas relacionadas con partidas de cartas y dados.

Su mala vida provocó que fuera condenada a muerte en dos ocasiones. En la primera, iba a ser ejecutada en la horca por haber asesinado a un compañero de cartas cuando unos individuos testificaron en su favor. Fue liberada. La segunda es mucho más curiosa pues, cuando estaba comulgando en la iglesia, Catalina decidió sacarse desafiante la hostia consagrada de la boca y ponérsela en su mano, algo que se consideró herético. «Las autoridades eclesiásticas vieron ese hecho como algo sacrílego que había que castigar. También era una época en la que, a veces, se confundía religión con superstición y temor a Dios». Por suerte, pudo escapar en el último momento de la pena máxima con la ayuda de un sacerdote.

Se descubre el secreto

Acosada por la justicia, fue finalmente atrapada por las autoridades en Huamanga (Perú) y llevada ante el obispo Agustín de Carvajal para que, por las buenas o las malas (más bien las segundas) obtuviera de ella una confusión. Una vez en su presencia, y no se sabe si por miedo o por necesidad, Catalina terminó revelando su gran secreto al clérigo: era una mujer. «En principio, Carvajal no la creyó, mandó a dos matronas que la examinaran para cerciorarse de que era una mujer y se llevó una gran sorpresa cuando le dijeron no sólo que no era un hombre, sino que además era virgen».

¿Cuál fue la reacción del obispo? La más increíble que se pueda imaginar. Sorprendido por la historia de aquella monja que había escondido su feminidad durante años y años, se olvidó de los «pecadillos» de Catalina y dio a conocer su sorprendente historia a la población. A su vez, determinó que la mujer debía acabar su vida en un convento, siguiendo lo que sus padres habían querido cuando apenas contaba cuatro años. A las pocas lunas, pueblos y ciudades de toda España conocían la increíble historia de la «Monja alférez» (como empezó a ser conocida).

A partir de ese momento la antigua novicia se hizo una «celebritiy» local a la que todas las autoridades querían conocer. «Se convirtió en un personaje mediático. Fue recibida por el Papa y por reyes. Viajó por toda Europa. Los nobles de la época hacían cola para poder conocerla, la gente en los pueblos se echaba a la calle para verla… En aquella época los cronistas (que eran los que comentaban las noticias para un mecenas) dejaron patente lo que había sucedido con Catalina de Erauso escribiéndolo en sus boletines.

El final de una vida

Obligada, volvió a entrar en un convento como ya hiciera durante su infancia. Sus andanzas como monja duraron dos años y medio pero, cuando recibió un documento que afirmaba que no había llegado a ser monja profesa, abandonó su encierro y regresó a España, la tierra que la vio nacer. En Madrid, solicitó una pensión por sus años como soldado que le fue concedida. Sin embargo, con su vida hecha y un buen dinero en la bolsa, tomó la decisión de abandonar la Península y regresas al nuevo mundo.

«Volvió a América porque no tenía ya ningún vínculo con España. Además, aunque se había hecho famosa, eso no le había reportado nada. Todos la veían como una especie de bicho raro. Ella empezó a ser consciente que era un esperpento que llamaba la atención de la gente, pero nada más. Por ello, rompió con todo aquello y volvió a América vestida de hombre de nuevo. Allí se convirtió en mercader y transportista. Hay que ponerse en su lugar, no tuvo una vida fácil, no se sentía una mujer y no era un hombre. No encajaba en ningún sitio y no sabía qué hacer con su vida. Por así decirlo, decide volver al anonimato que le ofrecía América».

Finalmente, murió en tierras americanas en una fecha indeterminada y por causas desconocidas. «Existen varias teorías sobre su muerte y sobre donde está enterrado su cuerpo. Algunas teorías que murió mientras cruzaba un río, otras apuntan a que sufrió un accidente llevando una caravana de mulos e, incluso, algunas abren la posibilidad de que alguien la hubiera atacado para robar la mercancía que llevaba durante un viaje. Ni está confirmado el año de su muerte, ni cómo se produjo, ni donde fue enterrada. Es el último misterio de la vida de esta mujer».

 

 

MARIA PITA

 

 

Pasó a la historia como María Pita, aunque realmente se llamaba Mayor Fernández de la Cámara y Pita. Y todo, por culpa de un error burocrático. Pero poco importa si su nombre era real o no. Lo verdaderamente destacable es que esta heroína logró, allá por 1589, enardecer los ánimos de los soldados españoles afincados en La Coruña para que siguieran combatiendo a la inmensa flota del infame corsario Drake. Una armada enviada por potestad de la Pérfida Albión para tomar la ciudad y acabar, ya de paso, con los restos de la «Grande y Felicísima Armada» que había en su puerto.

Sin embargo, con lo que no esperaban encontrarse los hombres de Inglaterra era con esta mujer. Una heroína que, tras acabar con la vida de un alférez enemigo, se lanzó a la contienda enarbolando la bandera que éste había dejado caer. A principios de marzo como nos encontramos (y pocas jornadas después de la celebración del Día de la Mujer Trabajadora), hemos querido recordar su historia. Y es que, además de por la batalla, la vida de este icono coruñés estuvo marcada por la tragedia.

La Contra Armada

Hablar de María Pita obliga a retroceder en el tiempo hasta 1589. Tal solo un año después de que los sueños de Felipe II -ansioso por conquistar la Pérfida Albión- se fueran a pique junto a su «Grande y Felicísima Armada» (irónicamente llamada «Invencible» por los inglesuzos). Por entonces la situación no podía ser más idónea para los súbditos de Isabel I ya que -tormenta por aquí y brulote por allá) habían logrado quitarse de encima sin mayores disgustos a la que prometía ser la flota que tomaría por las bravas sus «islands». «Very good», que debieron decir.

Sin embargo, parece que no les fue suficiente disfrutar del desastre hispano mientras tomaban un rico té en las playas pues -ávidos de venganza- los «british» decidieron organizar una flota con la que acabar con los renqueantes restos de nuestros buques. Unos navíos que (sin viento en la popa ni a toda vela, sino más bien luchando contra todo tipo de contrariedades) habían logrado refugiarse en los puertos peninsulares para no ser cañoneados.

 

 

Así lo afirma el fallecido historiador militar Cesáreo Fernández Duro en su extensísima obra «Historia de la Armada Española (desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón)»: «La reina Isabel […] pensó en evitar segunda acometida de las escuadras de España buscando a D. Felipe ocupación en sus Estados y alejando del propio país el teatro de la guerra». La doctora María del Carmen Saavedra Vázquez (licenciada en Historia con premio extraordinario) es de la misma opinión en su dossier «María Pita y la defensa de La Coruña en 1589». En este texto señala que «la documentación inglesa de la época prueba que, desde la perspectiva real, la prioridad del viaje era destruir los barcos españoles refugiados en los puertos cantábricos».

En definitiva, que los «british» venían con ganas de revancha. Pero lo que no sabían es que tierras gallegas les esperaban las tropas españolas y una heroína que no estaba dispuesta a que ningún «casacón» pusiera sus inglesas posaderas en sus tierras. Todo un respiro para el ya malogrado Felipe II, que había pasado de ver como sus tropas daban buena cuenta de los infieles en Lepanto, a tener que tragarse con una buena dosis de salsa inglesa una de las mayores derrotas de su vida.

Drake, hacia España

Francis Drake, educado en la marina bajo el paraguas de sir Jhon Hawkins, fue el encargado de llevar a puerto (y nunca mejor dicho) el plan de su graciosa majestad Isabel I. El pirata (corsario más bien, pues es lo que tiene recibir el beneplácito de la reina para dar guerra a los españoles) partió de la base de Plymouth el 13 de abril con entre 125 y 200 naves, y unos 23.000 hombres (aunque las fuentes varían en este punto). Fernández Duro, por ejemplo, cifra aquella flota en un total de «150 velas y 23.375 hombres», mientras que Isabel Valcárcel (autora de «Mujeres de armas tomar») determina que eran «126 naves» y 23.000 hombres «entre oficiales, marineros, soldados, comerciantes…».

Independientemente de las cifras concretas (militar arriba, barco abajo) en lo que sí coinciden todas las fuentes es en el elenco de personalidades que se acreditaron ansiosas de dar una lección definitiva a los nuestros. «En la nave almiranta, la “Revenge”, se encontraban dos prestigiosos generales: Sir Francis Drake y sir John Norris. El primero, máximo jefe de la Armada. El segundo, jefe de las tropas de desembarco. Los acompañaban los generales Walter Devereux y sir Edward Norris, encargados de la caballería y la artillería, respectivamente», determina en su obra Valcárcel. La orden estaba clara: dar toda la guerra que pudieran por mar y tierra a los destrozados restos de la «Grande y Felicísima Armada».

Junto a ellos, por si fuera poco, también partía Don Antonio, prior de Crato. Para aquellos a los que no les suene este nombre, basta decir que su objetivo era cruzar a Portugal a través del Miño para, posteriormente, instigar un levantamiento armado de los lusos contra su entonces rey, Felipe II. Así lo señala Duro en su obra, donde especifica que la intención inglesa era ayudar a «Crato a recobrar el reino de Portugal si la opinión pública le era favorable» y que, para ello, llevaban en sus bodegas «armas y monturas con que poner en pie de guerra a sus partidarios». En resumidas cuentas. Si los «lords» desembarcaban, una parte de los reinos de Felipe II podrían irse al infierno. Pintaban poco rojigualdas las cosas, vaya.

Pero… ¿Por qué los ingleses eligieron La Coruña para su ataque? A día de hoy esta cuestión es discutida por los autores. Fernández Duro es de la opinión de dirigieron sus bajeles hasta dichas costas debido a que creían erróneamente que se iban a reunir allí «200 naves con víveres, municiones, cables y pertrechos en preparación de segunda jornada a Inglaterra». Es decir, que España estaba preparando un nuevo ataque contra las costas inglesas en tierras gallegas. Además, el corsario iba con la idea en la mente de que en la plaza se habían guardado (en pago por ello) «cinco millones en oro», en palabras del escritor. Andaban bastante desencaminados, la verdad.

 

 

Hacia allí se dirigieron. El mismo lugar donde les esperaban (en este caso según explica la autora de «María Pita y la defensa de La Coruña en 1589») «seis navíos que habían regresado de Inglaterra», entre ellos, el galeón San Juan, «de 1.050 toneladas, integrante de la escuadra de Portugal y que, en el momento de la partida, contaba con 50 piezas de artillería». Junto a estos bajeles se encontraban unas tropas formadas por la guarnición ordinaria de la ciudad y siete compañías más. «En La Coruña había cerca de 600 soldados profesionales, a los que se les deben sumar las cuatro compañías de Milicia», señala la historiadora, quien también afirma que a día de hoy se desconocen las cifras exactas de los defensores que plantaron cara a los «british».

En todo caso, la ciudad no solo contaba con hombres deseosos de defender sus tierras, sino que los muros de La Coruña también guardaban un tesoro mayor: cientos de mujeres que, durante la resistencia, llevaron pan y agua a los defensores para que no abandonaran sus puestos. Y entre todas ellas se encontraba una que tendría -si cabe- una relevancia todavía más especial: María Pita.

El combate

En mayo Drake y su armada llamaron a las puertas de La Coruña. Las velas inglesas se avistaron en la noche del 3 y el 4. Con todo, nadie podía suponer que venían con intenciones de arrasar la ciudad. Por ello, Don Juan Pacheco (capitán general de Galicia) ordenó enviar dos galeras para averiguar las intenciones de aquella flota.

Todavía mantenía ilusiones, el hombre, de que los ingleses se acercasen solo a saludar. Para su desgracia, quedó claro que venían buscando camorra cuando trataron de cañonear aquellos pequeños navíos. Así narra Valcárcel lo acaecido: «Salen las galeras “Diana” y “Princesa”. Desde una de ellas se lanza una andanada sin carga para cerciorarse del carácter de semejante visita. La respuesta: una bomba con carga, no deja lugar a dudas».

 

 

Animado por el ingente número de combatientes que dirigía, Drake ordenó desembarcar ese mismo día a 10.000 de sus hombres en 14 lanchones para ir tomando posiciones. Su avance fue ralentizado por los cañonazos de los buques españoles que defendían la ciudad (apenas una nao, dos galeras y un galeón), pero finalmente lograron llegar a tierra.

En las horas posteriores los asaltantes tomaron el barrio de la Pescadería, ubicado fuera de los muros de la ciudad, acabando con la vida de 70 defensores. La victoria fue de importancia, pues gracias a ella capturaron la artillería del Galeón español San Bernardo, que estaba siendo reparado al comenzar el asedio. Apenas dos jornadas después los ingleses solicitaron a los defensores (unos 1.500) que se rindiesen. Pero la respuesta española fue una negativa acompañada de una salva de cañón.

La valiente Pita

Tras haber intentado penetrar en la ciudad mediante escalas (y haber fallado brutalmente, dicho sea todo) los ingleses decidieron dejarse de minucias y llamar a la puerta por las bravas. De esta guisa, no se les pasó otra cosa por la mollera que hacer estallar una mina en una zona del muro cercana al convento de Santo Domingo.

El explosivo no logró abrir una abertura en el muro, aunque sí lo dejó considerablemente dañado. «Desde ese momento los esfuerzos coruñeses se dirigen a reparar el muro. Tarea en la que tomarán parte activa las mujeres e incluso los niños», añade Saavedra. El fallo, con todo, no amedrentó a los de la reina, quienes se propusieron volver a hacer saltar por los aires las defensas con una nueva carga de demolición.

El día 14 fue el peor, pues era en el que estaba planeado el asalto final inglés. El estallido no se hizo esperar, y después de que saltara por los aires la muralla, la infantería británica cargó por la abertura. Los españoles les recibieron con una salva de arcabuz en primer lugar, y las pertinentes picas después. Todo ello, acompañado a coro por un sin fin de baterías de cañones que bramaban balas contra los enemigos. Sangre y muerte y por aquí y por allá. Por la reina y por venganza unos, y por el rey y por salvar su tierra otros.

 

 

El paso de las horas trajo consigo un cansancio increíble para ambos bandos. «Cuando estaban exhaustos unos y otros, un alférez inglés alentó a sus hombres a seguirlo. Sacó fuerzas de flaqueza y cruzó la muralla derruida portando la bandera de su regimiento», añade la autora de «Mujeres de armas tomar». Casi como si les hubiesen insuflado una última bocanada de odio contra España, los «british» volvieron a alzar sus armas y cargaron contra el hueco de la muralla (más grande si cabe por la artillería). Aquella tierra sería suya demonio. O «demon». O cómo puñetas se dijese en su idioma.

Cuenta la historia (que no la leyenda) que, cuando la marabunta inglesa se disponía a entrar en la urbe, hubo una figura que logró detenerles: la de una valerosa mujer que, durante el asedio, había visto morir a su marido. En palabras de Valcárcel, esta chica (que ha pasado a la historia como María Pita) mató al alférez, le arrebató su bandera y la alzó por encima de su cabeza para llamar al combate (y dar ánimos) a sus compañeros. Existen varias versiones sobre cómo llevó a cabo esta gesta, aunque las más extendidas fueron que lo logró de una pedrada, o que lo hizo con su mismísima espada.

«Cuando la entrada del enemigo parecía inminente, serán las mismas mujeres las que se lancen a la lucha. La intervención de una de ellas, Mayor Fernández de la Cámara y Pita, citada expresamente en el “Diario Anónimo” [de la batalla] que se custodia en la Biblioteca Nacional, sirvió para hacer de ella un mito y un símbolo de los deseos de libertad de la ciudad herculina», añade Saavedra. En ese mismo texto de la época se explica cómo «María Pita consiguió derribar a un abanderado inglés y de este modo enardecer a los defensores, que consiguieron rechazar el ataque». Por su parte, Duro se limita a nombrar a esta heroína y a señalar que el 18 se reembarcaron. El día siguiente salieron de puerto marchándose por dónde habían venido tan fanfarrones poco antes.

Los ingleses, chovinistas ellos como los que más, elaboraron su propia versión del asalto. Así, y solo como ejemplo, en el diario de Antonnie Winkfield se dijo que el fracaso se produjo debido a la inexperiencia de los combatientes británicos, versados únicamente en el arte de darse de mamporros en el mar, pero que poco sabían del asalto a una posición terrestre.

Un grave error

La historia de esta heroína habría quedado olvidada de no ser porque, tras el asedio, se elevaron multitud de peticiones al monarca para que encumbrara la figura de la súbdita. Una mujer de esas de armas tomar (literalmente).

Así lo afirma Valcárcel, quien añade también que María Pita se llamaba realmente Mayor Fernández de Cámara Pita. «La confusión de llamarla María Pita surgió cuando un fraile administró la extremación a la hermana menor [de esta], que se llamaba María Pita, y que falleció en La Coruña en 1638. El padre Santamaría, que así se llamaba el fraile, la tomó por Mayor Fernández, y la describió como una “gigantona”. Si su hermana se le parecía físicamente, es probable que también fuese una moza grande y, posiblemente, atractiva», determina.

La historia de Mayor Fernández de Cámara Pita está rodeada, desde su mismo comienzo, de cierto misterio. Ejemplo de ello es que se desconoce la fecha exacta en la que vino al mundo. La mayoría de fuentes afirman que este importante suceso para la historia de España se produjo entre 1562 y 1568. Esta teoría es la que apoya Saavedra. Valcárcel, por su parte, es más concreta: «Si en 1589 a nuestra heroína se le supone una edad en torno a los 25 años, su nacimiento habría ocurrido en torno a 1564». Lo que sí se sabe es que su tierra natal fue La Coruña, y que su familia era humilde.

Viuda negra

Lo que sí está muy bien documentado son sus amoríos. Así, se sabe que su primer marido fue un tal Juan Alonso de Rois, quien no era precisamente marqués, sino carnicero de profesión en San Cristóbal das Viñas. «El oficio de carnicero era uno de los menos considerados en la escala social y seguía al de verdugo», añade Valcárcel. A pesar de ello, económicamente no le vino nada mal el enlace, pues con él tuvo una pequeña llamada María Alonso Pita y, de él, heredó «algunas tierras en San Cristóbal das Viñas y tres casas en La Coruña».

Debía ser bien parecida nuestra Mayor Fernández, según afirman varias fuentes, pues el mismo año en el que su marido dejó este mundo, ella contrajo matrimonio con Gregorio de Rocamonde (también carnicero de profesión). Allá por noviembre de 1587. Con él vivía en la casa número 24 de la calle Herrerías (según determina el cronista decimonónico Andrés Martínez Salazar) cuando se sucedió el ataque del infame Drake. El asedio le salió caro a Pita, pues en él perdió nada menos que a su segundo esposo. Sin duda, un buen aliciente para combatir contra los invasores.

 

 

Tras la marcha de Drake, Pita volvió a casarse en 1589. Esta vez, sin embargo, con Sancho de Arratia (un capitán de infantería con el que alumbró a una hija). Pero la mala suerte volvió a atacarla, y tan solo seis años después se quedó viuda de nuevo. «En 1599 celebró su cuarto y último matrimonio con un funcionario de la Real Audiencia y socialmente hijodalgo, Gil Bermúdez de Figueroa, hombre de posibles con el que tuvo dos hijos», añade Valcárcel.

Este, no obstante, le impuso una curiosa norma para contraer matrimonio: no podría volver a casarse si él moría. La pena, en caso, contrario, sería perder su herencia.

Saavedra añade que, tras la muerte de su último marido (la cuál se sucedió en 1613) Pita se quedó viuda para siempre. Aunque eso sí, con bastantes riquezas para su clase social: «Se sabe que poseía algunas propiedades en Santiago de Sigrás, donde cultivaba pan y vino que vendía por pipas».

Este solo fue uno de sus trabajos, pues también prestaba dinero, daba animales en aparcería, exportaba mulas a Portugal (privilegio que obtuvo por su participación en el combate de La Coruña) y administraba el resto de sus haciendas y las de sus hijos. Murió viuda, el 21 de febrero de 1643, «en la feligresía de Santiago de Sigrás», según la autora. En su testamento, solicitó ser inhumada en la misma ciudad en la que había combatido contra el infame Drake.

Según ha quedado registrado, Pita era mujer de armas tomar en el campo de batalla, y en los juzgados. Así lo demuestra el que protagonizara varios pleitos en su vida. El primero le granjeó dos años de destierro y el pago de una multa, y se dio después de que tratara de expulsar de su casa a un capitán (aunque posteriormente le dieron la razón concediéndole varias cédulas reales en su favor).

«El otro gran pleito en el que se vería envuelta esta heroína sería el relativo a la propiedad del coto de S. Pedro de Ledoño, iniciado por su marido Gil de Figueroa», añade Saavedra. El último lo perdió, y en él cargó contra un hombre que construyó un edificio en una propiedad que, según la mujer decía, era suyo.

 

 

MANUELA MALASAÑA, la costurera de 17 años que plantó cara a Napoleón

 

«A los héroes populares que el 2 de mayo de 1808 auxiliaron a los soldados de los inmortales Daoíz y Velarde, pelearon aquí por la independencia de la Patria contra las fuerzas de Napoleón». Así reza desde 1908 la placa de la iglesia de las Maravillas que honra la memoria de los madrileños que defendieron con su vida a Madrid. En ese mismo lugar, a metros de la plaza del Dos de Mayo, una joven llamada Manuela Malesange Oñoro fue fusilada en pleno levantamiento por rebelarse contra los franceses. Pero, ¿quién era y qué hizo la adolescente para ser asesinada y convertirse en heroína?

 

 

Manuela tenía 17 años en 1808 y era hija de un panadero nacido en Vallecas y de origen francés, Jean Malesange, a quien los castizos vecinos del barrio de Maravillas cambiaron su apellido por «Malasaña». Jean tenía su tahona en la calle Divino Pastor, a pocos metros del cuartel de Monteleón donde Luis Daoíz y Pedro Velarde, resistieron heroicamente con sus cañones contra miles de invasores franceses. A pesar de su origen galo, el panadero como otros tantos héroes anónimos, acudieron aquel dos de mayo a auxiliar al pequeño batallón de artillería que plantó cara a los soldados de Napoleón.

Su hija era Manuela, costurera en un taller de modistas. Vivía con sus padres en el cuarto piso del número 18 de la calle de San Andrés. Su muerte, convertida en mito y revestida de ciertas leyendas, tiene varias versiones. La más extendida y popular es que «Manolita» fue obligada a permanecer en el taller en el que trabajaba mientras los hombres y las mujeres del barrio luchaban contra los franceses. Cuando cesaron los disparos, mientras regresaba a su casa, una patrulla de soldados galos la interceptaron.

Una tijeras entre la ropa

El relato popular asegura que intentaron abusar de ella y que Manuela se defendió del ultraje usando sus tijeras. Otra versión apunta a que, tras descubrir que ocultaba unas tijeras entre su ropa, fue acusada de portar un arma. Sea como fuere, fue ejecutada por la tarde en la plaza que hoy lleva el nombre de Dos de Mayo.

Otros historiadores sitúan a Manuela Malasaña en pleno combate al lado de sus padres, que desde el balcón de su casa defendían a trabucazos las puertas del parque de artillería de Monteleón. Dicen que Manuela murió de un disparo y que su padre resistió hasta descargar sobre los invasores el último gramo de pólvora. La trágica muerte de una joven costurera a manos de los invasores dejó una huella inmortal en los vecinos del barrio de Maravillas.

Manuela Malasaña consta en los registros de la época como la víctima número 74 de las 409 que fallecieron en el levantamiento popular. Fue enterrada en el hospital de la Buena Dicha, convertida en iglesia posteriormente, en la que también yacen los restos de la también heroína Clara del Rey. Ésta murió por la metralla de una bala de cañón que le alcanzó en la frente mientras animaba y ayudaba a los defensores junto a su marido y tres hijos.

 

 

 

La artillera, AGUSTINA DE ARAGÓN(1786-1857).

 

El 2 de julio de 1808 Zaragoza resistía el asedio de las tropas francesas. En una de las puertas de la ciudad, la conocida como del Portillo, una joven de no más de veinte años cogía un botafuego y, por encima de los soldados caídos, encendía la mecha de un cañón. El disparo obligaba a los franceses a batirse en retirada. Agustina de Aragón, con este valiente gesto, se convirtió en un mito. Como ella, muchas otras mujeres lucharon con valentía en la guerra de la Independencia española.

 

 

Los orígenes de Agustina

Agustina Raimunda María Saragossa i Domènech había nacido en Barcelona el 4 de marzo de 1786. Sus padres, Francesc Ramon Saragossa i Labastida y Raimunda Domènech i Gasull, eran unos campesinos de Lérida que habían emigrado a Barcelona en busca de una vida mejor.

Siendo aun una joven de 17 años, Agustina se casó con Joan Roca i Vilaseca. Joan era un cabo segundo de artillería que había sido destinado temporalmente a Barcelona. Durante cinco años la pareja vivió feliz. Tuvieron un hijo, al que llamaron como su padre. Pero la entrada de las tropas napoleónicas en España iba a truncar aquella existencia tranquila.

Empieza la guerra

Juan Roca fue pronto movilizado. Agustina intentó seguirle como era costumbre entre las mujeres de los militares, pero al final tuvo que trasladarse con su hijo a Zaragoza, donde al parecer vivía una hermana suya. El matrimonio no se reencontró hasta el fin de la guerra.

La rebelión de Zaragoza

El 25 de mayo de 1808, las autoridades zaragozanas defensoras de la nueva dinastía encabezada por José I fueron depuestas. El general José de Rebolledo Palafox tomaba entonces el gobierno y el control de la ciudad. La rebelión de Zaragoza llevó pronto a los ejércitos franceses a sitiar la ciudad. Para entonces, Agustina ya se había instalado con su hermana.

A pesar de que, a priori, la situación geográfica de la ciudad y el número de contingentes franceses hacían de Zaragoza un sitio relativamente fácil para el enemigo, las tropas napoleónicas se encontraron delante a una población dispuesta a luchar con lo que fuera y como fuera. Entre los ciudadanos, numerosas mujeres se mostraron dispuestas a colaborar en la defensa de la plaza, suministrando municiones, agua y alimentos o luchando con el enemigo.

 

 

El nacimiento del mito

En uno de los ataques franceses, a principios de mayo, una granada explotaba cerca de la posición en la que se encontraba Agustina. La joven vio como los soldados caían a su alrededor y existía la amenaza de que las tropas enemigas consiguieran entrar en la ciudad. No se lo pensó dos veces. Avanzó entre los muertos y heridos hasta un cañón que activó. La sorpresa se apoderó de los dos bandos. Agustina consiguió mantener la situación hasta que llegaron refuerzos.

En ese mismo lugar un oficial arrancó las insignias de un artillero caído en combate y se las dio a Agustina. Había nacido “la Artillera”. Los combates continuaron. Agustina se mantuvo firme en su lucha como miembro del cuerpo de Artillería.

La lucha fuera de Zaragoza

La joven fue hecha prisionera pero consiguió escapar. Tras sufrir la dramática desaparición de su hijo, Agustina decidió continuar con su vida de artillera y se presentó en la Junta Provincial de Teruel donde se reincorporó al ejército y continuó batallando contra los franceses hasta el final de la contienda en 1813.

Una vida itinerante

Terminada la guerra, Agustina se reencontró con su marido de nuevo en Zaragoza, donde permanecieron poco tiempo. La pareja viajó a Segovia, Barcelona, donde tuvieron a su segundo hijo, y Valencia. De vuelta a Barcelona, en 1823 moría su esposo.

Agustina volvió a casarse en Valencia con un médico, Juan de Cobo y se intalaron en Sevilla donde tuvieron una hija. Tras una etapa relativamente tranquila, Agustina y Juan se distanciaron debido a las ideas carlistas de su marido. Su hija Carlota, casada con un oficial de artillería, se había instalado en Ceuta. Desencantada de su matrimonio, Agustina decidió en 1853 irse a vivir con su hija. Cuatro años después, el 29 de mayo de 1857, moría Agustina, a los 71 años de edad.

De vuelta a Zaragoza

A pesar de que Agustina fue enterrada en Ceuta, en 1870 se decidió trasladarla a la ciudad que la conviritió en una auténtica heroína. Con grandes honores, su cuerpo fue depositado en la basílica del Pilar. Aun tendría que hacer un último viaje. En 1908, en la iglesia de Santa María del Portillo se erigió un mausoleo en recuerdo de las mujeres y hombres caídos en ese mismo lugar 200 años atrás. Ese debía ser el último viaje de Agustina.

 

 

 

MARÍA PACHECO Y MENDOZA. La Comunera o Leona de Castilla

 

María Pacheco ha sido denostada en un amplio periodo de la historia de España, hasta que los liberales, en el reinado de Isabel II a mediados del siglo XIX, la alaban como ejemplo a seguir….

No se sabe con seguridad la fecha de su nacimiento, probablemente fue en el año 1495, en la ciudad de Granada. Su padre era Iñigo López de Mendoza, I Marques de Mondéjar y II Conde de Tendilla, siendo conocido como el gran Tendilla. Su madre es Francisca Pacheco, que era hija de Juan de Pacheco, I Marqués de Villena y Maestro de la Orden de Santiago.

Su padre destacaba por su gran fortuna y por su destreza en el campo de batalla, siendo recompensado por sus servicios por los Reyes Católicos con el Título de alcalde perpetuo de la Alhambra granadina. Se casó por primera vez pero no tuvo hijos y enviudó.

En su segundo matrimonio con Francisca Pacheco, tuvo ocho hijos (tres mujeres y cinco hombres) siendo María el cuarto hijo. Su padre tenía fama de mujeriego, tuvo varios hijos fuera del matrimonio. Cuando su padre enviudó con más de sesenta años, fue dos veces padre posteriormente.

Su padre se distinguió por su admiración por la cultura del Renacimiento, siendo considerado un hombre culto y generoso. Ejerció de mecenas, trayendo a Castilla a Pedro Mártir de Anglería, que era un destacado humanista italiano al que el conde de Tendilla ayudó a integrarse en la corte de los Reyes Católicos.

Cuidó mucho de la educación de todos sus hijos, independientemente del sexo de los mismos, nada normal en la época. Recibieron la mejor educación, encargando a Pedro Mártir la responsabilidad de la misma. María destacó entre todos sus hermanos, convirtiéndose en una mujer muy culta, que hablaba y escribía en latín y griego, teniendo amplios conocimientos de matemáticas, historia y de las Sagradas escrituras. También escribía poesía.

Con cinco años, presenció la primera sublevación morisca desde su casa en el Albaicín granadino, donde vivía con su madre y hermanos pequeños, como prueba dada por su padre en cumplimiento de los pactos acordados en la rendición granadina.

 

 

María Pacheco fue una mujer muy adelantada para su tiempo, mostrándose orgullosa de sus orígenes, al mismo tiempo que tenía el carácter fuerte de los Mendoza y el de su abuelo materno. Nunca se sometió a los convencionalismos de la época. Siendo muy joven, decidió cambiar el orden de sus apellidos, para no ser confundida con su hermana María López de Mendoza Pacheco, ni son su hermana bastarda también llamada María.

María Pacheco congenió muy bien con su hermano pequeño Diego Hurtado de Mendoza, que fue embajador, poeta e historiador. Su madre Francisca murió a finales de 1506 y su padre en el verano de 1515.

Teniendo María catorce años, se acuerdan los esponsales con Juan de Padilla, que entonces tenía veinte años, siendo un caballero toledano. Este era de menor rango nobiliario que los Modéjar, pero la familia tenía en una especial estima. María se niega a tales responsorios, desafiando la autoridad de su padre. Tres parecen ser las causas a tal rechazo: la primera era por su propio orgullo personal, debido a que su familia no le había consultado. En segundo lugar, porque el físico de Juan de Padilla no era de su agrado y en tercer lugar por ser de un linaje inferior al suyo.

 

 

Se acuerdan los esponsales para el día 18 de agosto de 1511 en la ciudad de Granada. En los documentos de esta época se nota la diferencia de linaje, pues mientras ella aparece siempre como Doña María Pacheco, él simplemente aparece como Juan de Padilla.

Juan de Padilla era hijo del toledano Pedro López de Padilla y sobrino de Gutiérrez de Padilla, Comendador mayor de Calatrava, con quien el conde de Tendillas deseaba una estrecha alianza.

En los acuerdos matrimoniales, se les hace firmar la renuncia en sus derechos sobre la herencia paterna a cambio de una generosa dote de cuatro millones y medio de maravedís, que era una auténtica fortuna para la época. El inicial rechazo de María se transformó con el tiempo en un sincero amor entre esposos. En el año 1516 dio a luz a su único hijo Pedro, que murió siendo niño.

Esos años son de gran efervescencia política, pues en 1516, muere Fernando el Católico, asumiendo la regencia el cardenal Cisneros hasta que el joven príncipe Carlos llegara a España procedente de Flandes, para ocupar el trono.

Durante dos años, el octogenario cardenal Cisneros, tuvo que hacer frente a un clima de inestabilidad política, ya que por parte de los nobles castellanos, estos intentaban recuperar el poder perdido, al mismo tiempo que mostraban su predilección para sustituir en el trono a Carlos por su hermano Fernando, que había recibido educación en Castilla y que podía ser más favorable a los intereses de la nobleza.

El cardenal Cisneros consiguió que Carlos fuera proclamado rey de Castilla y Aragón en Bruselas, que los nobles consideraron como un auténtico golpe de Estado. Hay que tener en cuenta que Juana la Loca era reina legítima y nadie había proclamado su destitución. Ante el mal cariz que tomaban los acontecimientos, Cisneros reclamó la inmediata presencia de Carlos en Castilla, para evitar así el riesgo de una sublevación

 

Retrato de Juan Padilla

 

El matrimonio pasa a vivir a Toledo, en el año 1518, cuando Juan de Padilla sustituye a su padre en el cargo de Capitán de gente de armas.

Con la llegada del rey Carlos, viene acompañado de gran cantidad de flamencos, que provocan grandes recelos en la nobleza castellana, que se ven incrementados por el injusto reparto de cargos y prebendas. Juan de Padilla no obtuvo la tenencia de Peña de Martos en Jaén, que le hubiera debido corresponder a la muerte de su tío el Comendador. Además aumentaron las quejas, por la gran cantidad de fondos solicitados, en su deseo de ser también proclamado rey de Alemania.

María Pacheco apoyó a Juan de Padilla, en abril de 1520, para que participase en el levantamiento de las Comunidades en Toledo, junto a Avalos y Lasso de la Vega. Así tanto Avalos como Juan de Padilla no acuden a Santiago de Compostela cuando son llamados por el rey Carlos. Esta fecha, el 16 de abril de 1520, se considera el inicio del movimiento comunero en Castilla.

¿Qué es el movimiento comunero?

Para el historiador Elliot, buscaba el mantenimiento de la antigua Castilla, pues consideraban que el rey Carlos atacaba la independencia de las Cortes castellanas, esto les dio en parte, el carácter de un movimiento constitucional. Además había que unir las quejas de los municipios, que se debían sumar a las del pueblo llano.

El detonante final fue el incendio en agosto de 1520 de Medina del Campo, que era centro económico de Castilla, por las tropas reales de Carlos I. Esto provocó la indignación general y alimentó la sublevación, que se transforma en las ciudades en una guerra civil entre enemigos tradicionales. Poco a poco, fue adquiriendo una forma de revolución social, de forma que, el movimiento comunero, dejó de tener un carácter señorial, para transformarse en un movimiento antiaristrocrático. Ante esta nueva realidad del movimiento y por su actitud reivindicativa, la nobleza se asustó y se pasó en bloque a apoyar a Carlos I, que les garantiza sus privilegios de clase.

No hay que olvidar también que en aquellos tiempos, eran de una gran incertidumbre religiosa, pues estaba Lutero en Alemania que quemó las bulas papales y su influencia llegaba también a Castilla. En Toledo se estaba desarrollando el iluminismo religioso “los alumbrados”.

Juan de Padilla dijo “jamás consentiré yo que la nobleza de Castilla y León sea hecha tributaria y yo estoy pronto a morir en defensa de nuestros derechos”. Su padre Pedro López de Padilla le contestó “tú has hablado como un noble digno de una estirpe como la tuya, pero mucho me temo, que el Rey nuestro señor te lo haga pagar malísimamente el servicio”.

Juan de Padilla acude con las milicias toledanas, junto a las madrileñas mandadas por Juan de Zapata en auxilio de Segovia para, junto a las milicias de Juan bravo, regidor de Segovia, combatir a las fuerzas realistas de Rodrigo Ronquillo. El 29 de julio de 1520, se constituye un Ávila la Santa Junta, nombrándose a Juan de Padilla, capitán general de las tropas comuneras. Estos, intentan el apoyo de la reina Juana la Loca, pero sin éxito.

 

 

Surgen rivalidades entre los dirigentes comuneros, que provocan la destitución de Juan de Padilla, siendo sustituido por Pedro Girón y Velasco. Esto provoca que regrese nuevamente a Toledo. Sin embargo, Pedro Girón, en diciembre de 1520 se pasó a la causa del rey Carlos I, lo que hace que Juan de Padilla vuelva inmediatamente a tomar el mando comunero.

Toma Ampudio y Torrelobatón, pero nuevamente surgen divisiones en el bando comunero, propiciando que el 23 de abril de 1521 sean totalmente derrotados en Villalar, siendo hechos prisioneros y decapitados el día siguiente Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado.

En aEntre abril y agosto las tropas de Carlos I cercan Toledo. El uno de septiembre, Toledo comienza a ser bombardeada. El 25 de octubre se firma una tregua, conocida como el armisticio de la Sisla, donde los comuneros evacúan el Alcázar, pero siguen manteniendo las armas.

Sin embargo, el 3 de febrero de 1522, los comuneros de Toledo al mando de María Pacheco se sublevan, tomando el Alcázar y liberando a los prisioneros. La sublevación es aplastada por las tropas reales dirigidas por el prior de San Juan. María Pacheco logra huir de Toledo disfrazada de campesina. Pidió ayuda en el palacio de su tío, el II marqués de Villena, en Escalona, logrando llegar hasta Portugal.

María Pacheco es exceptuada del perdón general firmado por el rey, el uno de octubre de 1522 y condenada a muerte en rebeldía en 1524. Al principio en Portugal tuvo dificultades para vivir. Pero es ayudada en primer lugar, por el arzobispo de Braga, Diego de Sosa, posteriormente va a casa del obispo de Oporto, Pedro de Acosta. El rey de Portugal, Juan III niega reiteradamente las peticiones de expulsión que le demanda el rey Carlos I.

Vivió en casa del obispo de Oporto con una delicada salud. Su familia pidió continuamente el perdón del rey Carlos I para María Pacheco, pero éste nunca se lo concedió.

Murió en marzo de 1533 de un dolor de costado, siendo enterrada en el altar de San Jerónimo de la catedral de Oporto. No se le concedió permiso para llevar su cuerpo junto al de su marido en Villalar. Su hermano menor y preferido de María, el poeta Diego Hurtado de Mendoza escribió este epitafio:

Si preguntas mi nombre, fue María,

Si mi tierra, Granada; mi apellido

De Pacheco y Mendoza, conocido

El uno y el otro más que el claro día

Si mi vida, seguir a mi marido:

Mi muerte es la opinión que el sostenía

España te dirá mi cualidad

Que nunca niega España la verdad.

María Pacheco ha sido denostada en un amplio periodo de la historia de España, hasta que los liberales, en el reinado de Isabel II a mediados del siglo XIX, la alaban como ejemplo a seguir.

Como vemos una vez más, mujeres fuertes y poderosas han sido silenciadas y ocultadas por la historia oficial. Sólo el tiempo ha hecho posible que sean reconocidas.usencia de Padilla, María Pacheco gobierna sola Toledo, hasta que tiene que compartir el poder a partir de finales de 1521, con el obispo Antonio de Acuña.

María enferma al saber la muerte de Juan de Padilla y se viste de luto riguroso, cubriendo su cabeza con un capuz. Convierte Toledo en la última resistencia de los comuneros. Para ello, ocupa el Alcázar con sus fieles, el 28 de abril, donde plantea su resistencia al rey Carlos I. Manda traer la artillería desde Yepes. Madrid capitula el 7 de mayo, y ya solo resiste Toledo, bajo el mando de María Pacheco, resistiendo nueve meses.

 

 

Entre abril y agosto las tropas de Carlos I cercan Toledo. El uno de septiembre, Toledo comienza a ser bombardeada. El 25 de octubre se firma una tregua, conocida como el armisticio de la Sisla, donde los comuneros evacúan el Alcázar, pero siguen manteniendo las armas.

Sin embargo, el 3 de febrero de 1522, los comuneros de Toledo al mando de María Pacheco se sublevan, tomando el Alcázar y liberando a los prisioneros. La sublevación es aplastada por las tropas reales dirigidas por el prior de San Juan. María Pacheco logra huir de Toledo disfrazada de campesina. Pidió ayuda en el palacio de su tío, el II marqués de Villena, en Escalona, logrando llegar hasta Portugal.

María Pacheco es exceptuada del perdón general firmado por el rey, el uno de octubre de 1522 y condenada a muerte en rebeldía en 1524. Al principio en Portugal tuvo dificultades para vivir. Pero es ayudada en primer lugar, por el arzobispo de Braga, Diego de Sosa, posteriormente va a casa del obispo de Oporto, Pedro de Acosta. El rey de Portugal, Juan III niega reiteradamente las peticiones de expulsión que le demanda el rey Carlos I.

Vivió en casa del obispo de Oporto con una delicada salud. Su familia pidió continuamente el perdón del rey Carlos I para María Pacheco, pero éste nunca se lo concedió.

Murió en marzo de 1533 de un dolor de costado, siendo enterrada en el altar de San Jerónimo de la catedral de Oporto. No se le concedió permiso para llevar su cuerpo junto al de su marido en Villalar.  Su hermano menor y preferido de María, el poeta Diego Hurtado de Mendoza escribió este epitafio:

Si preguntas mi nombre, fue María,

Si mi tierra, Granada; mi apellido

De Pacheco y Mendoza, conocido

El uno y el otro más que el claro día

Si mi vida, seguir a mi marido:

Mi muerte es la opinión que el sostenía

España te dirá mi cualidad

Que nunca niega España la verdad.

María Pacheco ha sido denostada en un amplio periodo de la historia de España, hasta que los liberales, en el reinado de Isabel II a mediados del siglo XIX, la alaban como ejemplo a seguir.

Como vemos una vez más, mujeres fuertes y poderosas han sido silenciadas y ocultadas por la historia oficial. Sólo el tiempo ha hecho posible que sean reconocidas.

Fin