La camara de ambar

El ambar es la resina fosilizada de los árboles prehistóricos, y en concreto, para el ámbar Báltico, proviene de diversas variedades de pino desaparecidas hace milenios de la superficie de la tierra. Aunque se le llame piedra, en realidad tiene origen orgánico. El ámbar es conocido y usado por el hombre desde tiempos prehistóricos. Es la piedra preciosa más antigua conocida por el hombre.

 

 

Como efecto de los huracanes, el granizo y las tormenta los árboles se rompieron, y la resina fluyó por el tronco en grandes bolas que finalmente se separaron y cayeron al suelo. Posteriormente se fosilizaron, creando el ambar. El ámbar es una de las piedras preciosas más populares. Con la luz del sol, el ámbar brilla suavemente ofreciendo la suave y cálida luz del sol. El tacto del ámbar es muy agradable. No es de extrañar que se la conozca con el nombre de “piedra caliente”, ya que irradia una luz que es como un pedazo de sol en la palma de la mano.

 

 

El ámbar no es tan solo de color amarillo anaranjado. Existe una extensísima variedad de colores de ámbar, desde el blanco opaco (llamado ámbar real) hasta el azul (del larimar o ámbar Dominicano) o el incluso verde y el negro en algunas variedades. E incluso, en una única pieza de ámbar, a menudo se pueden distinguir más de diez tono y matices. Se calcula que una de cada mil piezas de ámbar tiene incrustaciones de insectos, plantas o semillas. Lo que da un gran número se pistas sobre la fauna y flora de aquella época en la tierra.

La popularidad del ámbar se debe, además de por su belleza, por sus asombrosas cualidades. El ámbar tiene más de 30 nombres diferentes, y muchos de ellos muestran cuales son estas propiedades.

En la antigua grecia llamaban al ámbar “Electrón”, ya que emitía luz similar a la de la estrella Electra de la constelación de Tauro. El ámbar posee la capacidad de atraer trozitos de papel al frotarlo. Esta propiedad dio lugar a la palabra “electricidad”. Posteriormente al ámbar se le llamó “Veronica”, con el significado de “portadora de la victoria”. Posteriormente en persa de le llamó “Kajruba”, que significa “el que roba trozitos de paja” refiriéndose a su capacidad electrostática.

 

 

Durante muchos años se ha conocido el ámbar como “piedra-alatir” o “piedra fuego blanco”, seguramente por su propiedad de arder con el fuego emitiendo una bonita llama y un agradable aroma, delatando así su origen en la savia de los bosques de hace millones de años. La denominación “ambre” fue adopatada por los romanos del idioma árabe, en el que significa “lo que flota en el mar”. El ámbar auténtico se puede distinguir ya que flota en agua salada.

Posteriormente la denominación de “ambar” pasó a muchos idiomas contemporaneos de origen latino y anglosajón. En las lenguas germánicas antiguas se le llamaba con una palabra que significa “transparente”, haciendo referencia a la transparencia de esta piedra. En alemán actual se le llama “bernstein”, que significa “piedra caliente”. Es una piedra con un agrdable tacto cálido. En finlandés recibe el nombre de “Merikivi”, que significa “la piedra del mar”. En ruso y en otros idiomas idiomas eslavos se la llama “Yantar”, variación del nombre lituano del ámbar “Gintaris” en letón de se llama “Dgintars” que signfica “defensor contra la enfermedad”.

Los romanos la llamaron “sucinto” (de la palabra “sucus” que significa “jugo”), ya que con razón creían que el ámbar proviene de la savia fosilizada de los árboles. El cambio climático, o algún cataclismo hizo que muchos árboles se quebraran, originando una gran cantidad de savia que durante el transcurso de más de 30 millones de años se fosilizó. En aquella época la especie humano aún no existía. El ámbar se puede encontrar no solo en el mar Báltico, sino también en otros lugares como el mar del Norte, en la costa de Canadá, Méjico, Sicilia, España, en Rumania, etc.

Cabe destacar que es en Kaliningrado y en la costa de Lithuania es donde se encuentran más del 80% de la reservas de esta maravillosa piedra.

 

 

La construcción del cuarto ambarino comenzó en 1701. Fue instalada originalmente en el palacio de Charlottenburg, hogar de Federico I, el primer rey de Prusia. La sala fue diseñada por el escultor barroco alemán Andreas Schlüter y construida por el artesano danés Dan Gottfried Wolfram. Pedro el Grande quedó maravillado con la habitación en una visita, y en 1716 el rey de Prusia -entonces Federico Guillermo- se “lió la manta a la cabeza” y decidió regalarla a la gran Rusia, con el objetivo de cimentar una alianza Prusia-Rusia contra Suecia.

 

 

La Sala Ámbar fue enviada a Rusia en 18 grandes cajas e instalada en la Casa de Invierno de San Petersburgo como parte de una colección de arte europeo. En 1755, la zarina Isabel ordenó que la habitación fuera trasladada al Palacio de Catalina en Pushkin, llamada Tsarskoye Selo, o “Aldea del Zar”. El diseñador italiano Bartolomeo Francesco Rastrelli rediseñó la habitación para que encajara en su nuevo espacio más amplio usando el ámbar adicional enviado desde Berlín.

 

 

Después de varias remodelaciones en el siglo XVIII, la habitación acabó brillando con cientos de kilos de ámbar y otras piedras preciosas. Los paneles de ámbar estaban respaldados con hojas de oro, y los historiadores estiman que, en ese momento, la habitación valía unos 142 millones de dólares de hoy en día. Con el tiempo, la Sala Ámbar fue utilizada como cámara de meditación privada para zarina Isabel, sala de reuniones para Catalina la Grande y un espacio para trofeos para Alejandro II.

 

 

El 22 de junio de 1941, Adolf Hitler inició la Operación Barbarroja, enviando tres millones de soldados alemanes a la madre Rusia. La invasión condujo al saqueo de decenas de miles de tesoros artísticos, entre ellos la fastuosa Sala Ámbar, ya que los nazis la querían recuperar pues se atribuían su propiedad.

 

 

Cuando los alemanes se trasladaron a Pushkin, funcionarios del Palacio de Catalina intentaron desmontar y esconder la Sala Ámbar. E incluso intentaron ocultar la habitación detrás de una delgada pared. Pero el truco no engañó a los soldados alemanes, que desmontaron la Sala Ámbar en 36 horas, la empacaron en 27 cajas y la enviaron a Königsberg (actual Kaliningrado). La habitación fue reinstalada en el museo del castillo de Königsberg en la costa báltica.

 

 

El director del museo, Alfred Rohde, fue el encargado de custodiar la sala durante los dos siguientes años. A finales de 1943, con el final de la guerra a la vista, se le aconsejó a Rohde desmantelar la asal ámbar. En agosto del año siguiente, los bombardeos aliados destruyeron la ciudad y convirtieron el museo del castillo en ruinas. Y con eso, el rastro de la habitación ámbar se perdió…

 

 

Parece difícil de creer que cajas con cientos de kilos de ámbar podrían evaporarse, y no son pocos los historiadores que han tratado de resolver el misterio. La teoría más simple es que las cajas fueron destruidas por los bombardeos de 1944, aunque la robustez de las paredes del castillo invitan a pensar que no, su grosor de dos metros aguantaron bien la artillería pesada aliada.

 

 

Otros creen que el ámbar todavía está en Kaliningrado, mientras que algunos dicen que fue cargado en un barco y se puede encontrar en algún lugar en el fondo del mar Báltico. En 1997, un grupo de detectives de arte alemanes recibió un soplo de que alguien estaba tratando de vender un pedazo de la habitación ámbar. Fueron a la oficina del abogado del vendedor y encontraron uno de los paneles en Bremen, pero el vendedor era hijo de un soldado fallecido y no tenía ni idea del origen del panel. Una de las teorías más extremas es que Stalin realmente tenía una segunda habitación ámbar y los alemanes robaron una falsificación.

 

 

La historia de la nueva sala de ámbar, por lo menos, se sabe con seguridad. La reconstrucción comenzó en 1979 en Tsarskoye Selo y se completó 25 años y 11 millones de dólares más tarde. Inaugurada por el presidente ruso Vladimir Putin y el entonces canciller alemán Gerhard Schröder, la nueva sala marcó el 300 aniversario de San Petersburgo en una ceremonia unificadora que quería hacerse eco del sentimiento pacífico que había tras la original. La sala permanece abierta al público en el Museo Estatal Tsarskoye Selo de San Petersburgo.

 

 

FIN