Isla Bella

 

Imaginaros acercaros en una barca o barco y empezar a ver esto

 

 

Historia realmente no tiene mucha , es mas ver las fotos

 

En su origen la isla estaba ocupada por un puñado de casas y su nombre era (traducido del italiano) Isla Baja. En el siglo VXI la isla fue adquirida por una importante e influyente familia de Milán, la familia Borromeo.

 

 

En el año 1632 Carlo Borromeo III empezó la construcción del palacio y dio a la isla el nombre de “Isla Isabella”, en honor a su esposa Isabella dÁdda. Al mismo tiempo, el arquitecto Giovanni Angelo Crivelli se encargó de realizar el diseño general de los jardines, en el que pretendía dar a todo el conjunto forma de barco.

 

 

Posteriormente sus descendientes fueron ampliando y decorando el palacio, con los trabajos de los arquitectos Francesco Castelli, Richini y Carlo Fontana. Con Vitaliano IX en el siglo XIX se introdujeron en los jardines miles de especies exóticas e invernaderos. Finalmente el palacio y sus jardines fueron terminados por Vitaliano X ya en el siglo XX.

 

 

En la actualidad la Isla Bella sigue siendo propiedad de la familia Barromeo, está abierta al público y es un importante destino turístico, recibiendo gran cantidad de turistas todos los años.

 

 

El palacio

La planta del palacio tiene la forma de la letra T, y está situado en la zona norte de la isla, cuenta con una fachada de 80 metros de largo. Presenta una sala principal construida en dos plantas y cubierta por una cúpula.

 

 

En la primera planta alrededor de la sala principal se encuentran varias habitaciones decoradas y amuebladas, destaca la habitación dedicada a Napoleón Bonaparte, ya que vivió en esta en el año 1797, y la habitación donde Mussolini en 1935 celebró la Conferencia de Stresa.

 

 

 

El palacio alberga obras de pintores de prestigio como Luca Giordano , Francesco Zuccarelli y Pieter Mulier. También posee una galería de tapices flamencos del siglo XVI.

 

 

En el 2008 se reabrió al público la galería de los Cuadros, dónde se expone la colección de pinturas de la familia, con obras de Raffaello, Correggio, Tiziano y Guido Reni, junto a la sala de la Regina y a la sala del Trono. En la planta baja se abren hacia el jardín una serie de galerías con motivos decorativos formados por guijarros y pequeñas piedras.

 

 

El jardin

 

 

La entrada a los jardines se realiza por el “Atrio de Diana”, un espacio abierto con planta poligonal y en cuyo fondo, en una celda de forma cóncava, nos encontramos con una estatua de Diana. De ambos lados parte dos escaleras curvas. El diseño de toda esta zona tiene por objetivo ocultar la desalineación entre el palacio y los jardines.

 

 

Desde aquí se puede acceder a “Plan de Alcanfor”, llamado así por el monumental árbol “Cinnamomum camphora” plantado en 1820. En seis bancales, dispuestos simétricamente, hay multitud de bellas plantas exóticas de intensos colores. Su lado sur está dominado por el “teatro Massimo” en el que se encuentran numerosas estatuas, está formado por 4 graderías que van estrechando sus lados hasta formar una pirámide.

 

 

Al sur se encuentra “el jardín Quatro”, decorado con una piscina central y varias parcelas simétricas adornadas con setos. En la esquina sur se encuentra el “giardino Triangolo”, o jardín triangular, y en el lado norte el jardín privado.

 

 

 

 

 

 

nos vamos a un rio que alberga mas de 70 castillos y eleguir uno es muy dificil , pero el mas grande y si no el mas bonito uno de los mas bonitos.

 

 

El embajador veneciano en la corte de Francisco I se refirió en una ocasión al rey con las siguientes palabras: “Siempre está persiguiendo algo. Ahora venados, ahora mujeres”. No es mal resumen del carácter vividor, conquistador y hasta cierto punto extravagante del monarca, famoso por su afición a la caza y por sus inagotables colecciones de amantes. Incluso una de las arias más famosas de la lírica occidental, La Donna È Mobile de Rigoletto, está basada presuntamente en unos versos suyos, seguramente embellecidos por la pluma de Víctor Hugo.

 

 

Sea como fuere, lo cierto es que Francisco I no sólo persiguió la caza y las mujeres. Fue un rey absoluto en el más pleno sentido de la expresión. Fue un rey poderoso, y fue un rey culto. Invitó a su corte a los artistas más egregios de su época, formó un equipo de buscadores de libros para aumentar la biblioteca de la corona y las crónicas dicen que incluso los leyó. Guerreó con suertes diversas pero lo hizo a menudo en primera persona y al frente de sus ejércitos, lo que le trajo algún que otro quebradero de cabeza en su eterna lucha contra el emperador Carlos V. Y, desde sus primeros años en el trono, no paró de construir castillos, un tipo de construcción que, paradójicamente, ya no servía para nada.

 

 

Todo este amor por el disfrute cotidiano, todo este despliegue de poder, ego y riqueza, todo este desprecio por las cosas mundanas se encuentran de forma nítida en el fabuloso Castillo de Chambord, hoy quizá el más impresionante de los que componen los Castillos del Loira.

 

 

El Castillo de Chambord, una verdadera enormidad únicamente en lo que a la construcción se refiere, están rodeado de un muro de dos metros y medio de alto que se extiende a lo largo de 32 kilómetros. Fue la muralla más larga de Francia y su objetivo no era evitar la aproximación del enemigo sino el escape de los animales. Porque Chambord era un castillo sólo formalmente; en realidad era un parque de caza para el rey.

 

 

El edificio consta de 440 habitaciones, 365 chimeneas, y 84 escaleras. Las habitaciones no estaban amuebladas ni decoradas, sino que era la corte la que debía traer consigo, para cada estancia, los muebles, tapices y utensilios necesarios para toda la comitiva. Si la construcción fue cara, carísimo también iba a ser su uso. Y una pesadilla logística.

 

 

El emplazamiento es una zona boscosa junto al Loira, alejada de cualquier ciudad, pueblo o aldea donde se pudieran satisfacer necesidades mundanas impropias de un rey absoluto, como por ejemplo la cuestión de vituallas. Sin mercados cercanos donde comprar, la comitiva también tenía que ocuparse de trasladar su propia comida. Las estancias venían por tanto con fecha de caducidad.

 

 

 

El castillo fue construido por jefes de obra y albañiles franceses, utilizando las técnicas de construcción que habían aprendido de sus antepasados, es decir, técnicas de construcción medievales. Pero había sido diseñado por arquitectos italianos, pues era esa la arquitectura de moda y el ejemplo a seguir, no sólo por sus cualidades estéticas sino por sus reminiscencias clásicas y su inspiración en la Roma de los Césares. Francisco, que había recibido una educación humanista y hablaba italiano a la perfección, encargó el trabajo a Domenico da Cortona, aunque son cada vez más los que atribuyen al menos parte del diseño (en especial la gran escalera del interior) a Leonardo da Vinci, que pasó sus últimos años al servicio del rey francés en el cercano castillo de Amboise.

 

 

Los arquitectos italianos añadieron, a los recios muros del castillo, arcadas, pilastras y enormes ventanales más apropiados para el clima de la Toscana o del Lazio que el del norte de Francia. Añadidas al enorme tamaño de las habitaciones –pues todo en Chambord se hizo a escala colosal– y a la altura de los techos, dificultaban no poco la tarea de calentar el castillo.

 

 

Para terminar el repaso al capricho de Chambord, cabe recordar lo ya esbozado antes: que la construcción de castillos en pleno siglo XVI era ya un rémora, una inutilidad basada más en el prestigio y en la nostalgia que en la verdadera necesidad militar. En la Edad Media los castillos habían sido fortalezas inexpugnables, pero en la era de la pólvora y la artillería ni siquiera los enormes torreones circulares de Chambord habrían podido resistir mucho tiempo un asalto decidido. Construir un castillo era totalmente innecesario y la protección que garantizaba era más simbólica, estética o ideológica que real. Más aún en pleno corazón de Francia, lejos de cualquier ciudad importante y a cientos de kilómetros de cualquier frontera.

 

 

 

El propio Francisco I acudió a Chambord pocas veces, y la historia posterior del edificio es una sucesión de ocupaciones interrumpidas e insostenibles. Probablemente nunca haya tenido el castillo una función más útil y sensata que la que tiene ahora como atracción turística, pues los turistas suelen traer su propia comida y no se quedan a pasar la noche.

 

 

Los detalles clásicos y renacentistas de Chambord son abundantes. Incluyen la sucesión de pilastras que rodea toda la fachada, los capiteles con pequeñas cabezas talladas, las conchas que adornan los frisos o las balaustradas de las terrazas. También en la combinación de los materiales (las fachadas están hechas de piedra caliza proveniente de canteras locales del valle del Cher, los tejados son de pizarra), en la que algunos han querido ver un intento de imitar la policromía de los mármoles del Renacimiento italiano.