3.- LA SEGUNDA Y TERCERA GUERRA CARLISTA

La Segunda Guerra Carlista o Guerra de los Matiners (madrugadores, en catalán) tuvo lugar fundamentalmente en Cataluña entre septiembre de 1846 y mayo de 1849 debido, al menos teóricamente, al fracaso de los intentos de casar a Isabel II con el pretendiente carlista, Carlos Luis de Borbón, que había sido pretendido por distintos sectores moderados de Isabel, singularmente Jaime Balmes y Juan Donoso Cortés, y del carlismo. Sin embargo, Isabel II terminó casándose con su primo Francisco de Asís de Borbón.

El conflicto, cuestionado por muchos historiadores como tal guerra, fue fundamentalmente un levantamiento popular en distintos puntos de Cataluña. Las partidas de Matiners combatieron conjuntamente con partidas de ideología republicana, en lo que vino en llamarse coalición carlo-progresista.

Origen y antecedentes

En Cataluña habían persistido bandas carlistas que no se habían rendido tras el fin de la Primera Guerra Carlista, aunque actuaban más como bandoleros (trabucaires) que como guerrilleros, a lo que unió la crisis agraria e industrial de 1846, especialmente importante en Cataluña y algunas reformas impopulares de los gobiernos moderados de Ramón María Narváez como las quintas, el impuesto de consumos y la introducción de un sistema de propiedad liberal que entraba en contradicción con los usos comunales de la tierra.

La crisis de 1846 había sido importante en Cataluña. Por una parte las comarcas más pobres y dependientes de la agricultura en las zonas de montaña tenían serias dificultades de suministro de alimentos desde 1840, lo que obligó a los distintos gobiernos a enviar ayudas económicas, siempre insuficientes, para paliar el hambre. En segundo lugar, la crisis que se estaba gestando en Europa en las actividades industriales incidió especialmente en la incipiente revolución industrial catalana a partir de 1840 y hasta 1846 con una disminución de la demanda exterior y la competencia desleal que suponía el contrabando. En tercer y último lugar, la introducción del sistema de reclutamiento de quintas privaba a las familias de manos útiles en momentos especialmente difíciles.

La rebelión comenzó en febrero de 1846, cuando el carlista Mosén Benito Tristany entró en Cervera y recaudó 90.000 reales. Tristany liberó a 30 presos, junto con los que armó las primeras partidas. En Solsona, se formaron diversas partidas guerrilleras, que no sobrepasaban los 500 hombres a comienzos de 1847, y que atacaban fundamentalmente a funcionarios públicos y a unidades militares. Estas partidas actuaban al modo de las guerrillas y estaban integradas por grupos poco numerosos de hombres con un cabecilla. Las partidas se caracterizaban por su escasa organización militar y falta de armamento, pues a fines de 1847 había 4.500 insurrectos, de los cuales sólo 2.000 iban armados. Actuaban en la zona donde tenían su residencia y eran buenos conocedores del terreno. Los cabecillas, bien provenían de los carlistas no depurados de la primera guerra y que se habían mantenido en el terreno; bien de aquellos que se habían visto obligados a huir a Francia y que regresaban aprovechando el descontento social, o bien de nuevos elementos pertenecientes a un carlismo menos absolutista. El líder más importante de este primer momento fue el sacerdote Benet Tristany, que en febrero de 1847 protagonizó una entrada en Cervera para hacerse con fondos y munición. Tristany fue capturado y lo fusilaron en Solsona en mayo de 1847, pero el número de partidas carlistas aumentó en toda Cataluña llegando a unos 4.000 hombres armados a fines de ese año frente a un ejército regular formado por 40.000 soldados que dirigía Manuel Pavía y que intentó mediante medidas de gracia apaciguar a los sublevados, lo que no consiguió, aumentando las fuerzas carlistas gracias al apoyo de partidas progresistas y republicanas. A mediados de 1848 surgieron partidas en Extremadura y en Castilla, que no consiguieron éxitos significativos.

Ramón Cabrera se hallaba en Lion cuando comenzó la guerra, en su opinión la nueva lucha no tenía ninguna posibilidad de éxito, y cuando se le instó contestó “Mi deber de súbdito y de soldado me impone el de obedecer las órdenes del rey; mas creo francamente que la causa de éste está interesada en que no se agiten de nuevo todos los recursos con que cuenta en España; yo opinaré siempre por que en las fragosidades de Cataluña se sostenga la guerra de guerrillas, a fin de atraer las fuerzas y perpetuar, si es posible, la inquietud y los recelos del gobierno de Madrid; más de esto a una guerra en que se equilibren nuestras fuerzas con las del enemigo, creo que hay una distancia inmensa”..

El 23 de junio de 1848 atravesó la frontera francesa, asentándose en Amer (Gerona), aunque este cuartel general fue rápidamente desmantelado por los liberales. Cabrera intentó organizar lo que denominó el Ejército Real de Cataluña sin mucho éxito, y tampoco pudo entrar en el Maestrazgo. A mediados de ese año el capitán general de Cataluña, Fernando Fernández de Cordoba, logró convencer al general carlista José Pons de lo inútil de la guerra. Pons y otros generales facciosos se pasaron al bando gubernamental, debilitando más a los insurrectos. A finales de 1848 el nuevo capitán general de Cataluña, Manuel Gutiérrez de la Concha consiguió debilitar la resistencia de las partidas carlistas. Esto, unido a los fracasos de sublevaciones carlistas en Guipúzcoa, Navarra, Burgos, Maestrazgo y Aragón, dificultó continuar con el conflicto.

En abril de 1849 se detuvo al pretendiente Carlos Luis cuando pretendía entrar por la frontera francesa en España y el 26 de abril Cabrera tuvo que cruzar la frontera francesa ante la persecución del ejército gubernamental. El resto de las partidas hizo lo mismo y el 14 de mayo cruza la frontera la última partida, que dirigían los hermanos Tristany, poniendo fin a la guerra.

En junio de 1849 el gobierno publicó un decreto amnistiando a los carlistas. Más de 1.400 regresaron a España, mientras otros decidieron quedarse en Francia. Muchos de los veteranos carlistas que regresaron combatieron más tarde en la Guerra de África (1859-1860).

Bando liberal

A lo largo de la guerra se distribuyeron 42.000 soldados en Cataluña para combatir a la guerrilla. Estos hombres fueron comandados por Manuel Pavía, marqués de Novaliches. Estaban distribuidos en 18 regimientos de línea y le regimiento fijo de Ceuta, agrupados a su vez así:

Once batallones de cazadores.
Tres batallones de Soria
Dos regimientos de San Fernando
Un regimiento de Extremadura
Dos regimientos de Asturias
Un escuadrón de Calatrava
Dos compañías de zapadores

La caballería estaba dividida en cinco regimientos de línea y ocho ligeros, de unos mil hombres cada uno.3

El bando carlista

A pesar de que la ideología dominante entre los insurrectos fue la carlista, a lo largo del conflicto participaron combatientes de distintas credenciales, como progresistas o incluso republicanos. La mayoría de ellos eran de clases bajas en nefastas condiciones de vida y hombres hastiados del gobierno moderado. Cabe destacar también lo heterogéneo respecto a las edades y las procedencias territoriales.

Los guerrilleros solían ser gente muy joven. Del total de las fuerzas carlistas, casi el 43% tenía entre 12 y 20 años, las edades comprendidas entre 21 y 30 años correspondían al 47% de los facciosos, mientras que los mayores de 31 apenas eran uno de cada diez.

A pesar de que el conflicto de desarroyó prácticamente en su totalidad en Cataluña, ni la mitad de los insurrectos (el 45%) había nacido allí. Otras regiones que proporcionaron adeptos a la causa carlista fueron Navarra, Aragón y Castilla la Nueva, todas ellas con un 10% de los integrantes totales del ejército. El resto de los facciosos eran vascongados (6%), castellanos (5%) y del resto de España (14%).

Cabe destacar también la variedad de procedencias sociales. Pues si un 35% eran obreros, un 30% campesinos y un 27% de los combatientes eran artesanos, tan sólo un 3% pertenecía a las clases acomodadas. El 5% restante era de otro grupo social.

Los carlistas llegaron a sumar unos 10.000 hombres, agrupados en bandas guerrilleras comandadas por un líder. Estos soldados eran llamados «matiners» (madrugadores), ya que atacaban antes del salir del Sol. El principal militar faccioso fue de nuevo Ramón Cabrera, que no tuvo apenas éxito en este levantamiento.

 

 

 

TERCERA GUERRA CARLISTA

La Tercera Guerra Carlista (Segunda Guerra Carlista, para algunos historiadores) se desarrolló en España entre 1872 y 1876, entre los partidarios de Carlos, duque de Madrid, pretendiente carlista con el nombre de Carlos VII, y los gobiernos de Amadeo I, de la I República y de Alfonso XII. En marzo de 1870 Ramón Cabrera presentó la dimisión como jefe político y militar del carlismo por creer que no se daban las «condiciones razonables de alcanzar el triunfo por las armas» y no querer exponer a España a una nueva guerra civil. El pretendiente, que llevaba meses preparando la insurrección desde el exilio, estableció el 21 de abril de 1872 como la fecha para el comienzo de la sublevación.

Esta guerra carlista se desarrolló sobre todo en las Provincias Vascongadas y Navarra. La restauración de los Fueros por el pretendiente en julio de 1872, abolidos por los decretos de Nueva Planta por Felipe V, influyó en la fuerza del levantamiento en Cataluña y en menor medida en Valencia y Aragón y algunas partidas poco activas por Andalucía, así como el resto del territorio peninsular, especialmente en áreas montañosas donde practicaban el bandolerismo ante su marginalidad y escasa eficacia a la hora de establecer un vínculo con el pueblo que facilitara su actividad guerrillera. A pesar del aumento tanto cualitativo como cuantitativo del ejército carlista, éstos volvieron a ver sus esfuerzos frustrados.

La guerra provocó entre 7000 y 50.000 bajas.

El último intento carlista que obtuvo relativo apoyo, la guerra de los Matiners, había finalizado en 1849. Se vivieron entonces veinte años de relativa paz en la lucha entre liberales y carlistas, que sólo fueron amenazados por el pronunciamiento de Lucas Zabaleta en 1855 y el frustrado alzamiento de 1860 en San Carlos de la Rápita, en el que Carlos VI, pretendiente carlista, que fue obligado a renunciar a sus derechos. A pesar de ello, la renuncia nunca se hizo efectiva. Sin embargo, la repentina muerte de Carlos en 1861 abrió un período de desconcierto entre los carlistas, ya que su sucesor, su hermano Juan, era un liberal declarado. La que encabezó el partido carlsta esos años fue la princesa de Beira, viuda de Carlos V, primer pretendiente carlista. Finalmente Juan abdicó en 1868, sin haber tenido nunca el poder entre los realistas. El nuevo pretendiente, Carlos VII para los suyos, hijo de Juan y hombre fiel a las ideas tradicionalistas, vio una nueva oportunidad para el carlismo: la Revolución Gloriosa de 1868, que había obligado a Isabel II a abdicar. Se instauró entonces en España un régimen democrático liderado por el rey Amadeo de Savoya. Muchos moderados contrarios a este gobierno, creyeron en don Carlos como una opción al anticlericalismo incipiente, que empezaba a preocupar a los sectores más católicos. Buena parte de estos conservadores se pasaron al bando carlista, que se convirtió en 1871 en la tercera fuerza más votada en el parlamento. Sin embargo, la vía democrática no era suficiente, y sólo un nuevo alzamiento haría recalar a don Carlos en el trono.

Las elecciones de abril de 1872 dieron a los carlistas una oportunidad para rebelarse. El partido de don Carlos había perdido trece escaños en unas elecciones consideradas fraudulentas. La indignación de los tradicionalistas fue máxima. El golpe estaba ya preparado, primero se levantarían a favor de don Carlos las guarniciones de ciudades catalanas y Pamplona, para después rebelarse Bilbao; por último, una insurección general en Cataluña y vasco-navarra daría comienzo a las operaciones mlitares. El día elegido para comenzar el proceso fue el 21 de abril, una vez que don Carlos hubo logrado convencer a los gobiernos europeos de la necesidad de la guerra.

Se rebelaron en el norte de España numerosos grupos de jóvenes que normalmente eran comandados por veteranos de la primera guerra. Todo fue según lo previsto, el pretendiente cruzó la frontera francesa en Navarra el 2 de mayo de 1872 y se puso al frente del alzamiento, pero el 4 de mayo el general gubernamental Domingo Moriones entró por sorpresa en el campamento carlista de Oroquieta, atacando a los insurrectos. La victoria fue aplastante y el pretendiente tuvo que cruzar precipitadamente la frontera francesa, poniendo fin, momentáneamente, a la insurrección en las Provincias Vascongadas y Navarra tras la firma del Convenio de Amorebieta el 24 de mayo entre el presidente del gobierno de Amadeo I, Francisco Serrano, y los líderes carlistas de Vizcaya. Sin embargo, el convenio fue mal recibido por las Cortes, y Serrano tuvo que dimitir. Tampoco se aceptó el convenio desde el bando carlista, y el pretendiente consideró a los firmantes como traidores.

Tras el fracaso del primer levantamiento en las Provincias Vascongadas y Navarra, el pretendiente destituyó a la mayoría de los jefes militares y estableció el 18 de diciembre como fecha para la nueva sublevación. Ésta no logró un mayor apoyo entre la población, pero fue más sólida. Pronto se armaron nuevas partidas, entre las que destacó la del Cura Santa Cruz.

En Cataluña, el levantamiento se realizó incluso antes de la fecha que había designado el pretendiente. Joan Castell, al frente de 70 hombres, se sublevó unos días antes. El pretendiente nombró a su hermano Alfonso Carlos como capitán general de Cataluña, aunque hasta fin de año no cruzó la frontera y fue Rafael Tristany quien asumió transitoriamente el puesto. En esta zona la insurrección no se apagó tras la derrota en Oroquieta. Aunque se formaron partidas guerrilleras en casi todas las comarcas catalanas, no se llegó a organizar una estructura militar común. La revitalización de la insurrección en el frente norte y la llegada de Alfonso Carlos en diciembre de 1872 reactivaron las partidas carlistas en Cataluña, al tiempo que la partida de Pascual Cucala conseguía el apoyo popular en el Maestrazgo y se formaban otras hasta totalizar unos 3000 hombres. En la provincia de Valencia, los carlistas mantenían 2000 hombres armados en diversas partidas y en la provincia de Alicante unos 850.

El año comenzó de forma favorable para los carlistas. Las distensiones en el gobierno permitieron que el carlismo pudiese afianzar su posición. La proclamación de la república en febrero de 1873, unido a la guerra en Cuba, y la insurrección cantonalista, dejaron al nuevo gobierno republicano imposibilitado.

Los carlistas realizaron una leva de hombres de entre 20 y 30 años. Además los generales Dorregaray y Elío reclutaron multitud de soldados en su marcha por Navarra. El nuevo general republicano, Manuel Pavía, ofrece la paz y el mantenimiento de los fueros, pero el clero alentó a los carlistas, que lograron vencer en Eraul a Pavía. Esta victoria junto a otras como la de Belabieta o Mañeru dieron alas al carlismo en las Provincias Vascongadas. La república ordenó entonces la evacuación de multitud de localidades vascas y navarras, quedando este territorio, como en 1835, todo bajo poder carlista salvo las capitales. Carlos VII atravesó de nuevo la frontera el 16 de julio, fijando la capital del «estado carlista» en Estella. Se estableció un gobierno estable en esa ciudad, con carteras ministeriales: gobierno, justicia, educación, diputaciones y juntas generales, prensa y guerra. Existía también un Código Penal, Tribunal Supremo de Justicia, Aduanas, servicio de correos, y en 1874 se estableció una universidad en Oñate.

La segunda mitad del año sería para los tradicionalistas tan provechosa como la primera. Don Carlos realizó una gira en sus territorios, logrando el favor de sus «súbditos». La toma de Eibar y su arsenal por los facciosos supuso un nuevo golpe para el gobierno, que a finales de verano de ese año llevó a cabo una serie de ofensivas a fin de recuperar algunos puntos clave. Esta campaña finalizó con la batalla de Montejurra, en la que los carlistas volvieron a vencer al ejército gubernamental.

El general Marco de Bello había organizado la división aragonesa y la administración civil y militar de la región. Pese a esta organización tenían serios problemas para pagar a los soldados y armarlos ya que se pertrechaban con lo quitado al enemigo o compradas en el extranjero. Organizó varios batallones carlistas y las compañías del Pilar que eran soldados de preferencia dentro del ejército carlista del Centro. Perdió algunos combates como en Caspe pero pudo rechazar un ataque de los republicanos a Cantavieja. Las partidas en el Maestrazgo fueron aumentando y mezclándose con las de Aragón, Cataluña, Cuenca y Albacete. Así por ejemplo la partida de Cucala entraba y salía de Cataluña continuamente.

El año de 1874 fue el que decidió el curso de la guerra. El gobierno republicano estaba sumido en el caos, pero un golpe de estado del general Pavía permitió a Serrano asumir de forma dictatorial el mando de la república. Esto hizo que los gubernamentales organizaran el ejército, pudiendo apaciguar a los cantonalistas insurrectos, hecho que permitió centrar sus tropas en la lucha contra los carlistas. A pesar de ello, don Carlos se creía superior, por lo que ordenó en febrero tomar Bilbao. El sitio de Bilbao, último que sufriría la ciudad de manos carlistas, se saldó con una importante victoria republicana.

El gobierno trató de acabar entonces con la guerra conquistando Estella, pero fue incapaz, siendo derrotado en Abárzuza. Esta derrota supuso un duro golpe para los republicanos, además de una nueva oportunidad para don Carlos, que trató de tomar una gran plaza de nuevo. Sitiaron los carlistas Vitoria, Irún, San Sebastián y Pamplona. Sin embargo, ninguna de estas ciudades cayó, pero no fue este el verdadero problema carlista a finales del año. Arsenio Martínez-Campos había proclamado a Alfonso XII, hijo de Isabel II como rey de España. Esto hizo que muchos carlistas moderados se pasasen al bando alfonsino, debilitando enormemente a los facciosos.

En el 1874 el infante Alfonso envió los hombres de Vallés (carlistas de Tarragona) a reforzar los hombres del Maestrazgo. Los carlistas pudieron llegar a crear un miniestado con centro en Cantavieja que, después de ser asediada, tuvo que capitular. La movilización carlista se redujo en otras zonas a pequeñas partidas aisladas; destacaban unos 400 hombres en Extremadura y las partidas de Castilla la Nueva, sobre todo en la provincia de Ciudad Real, donde al menos diez partidas, más o menos controladas por el general Regino Mergeliza y Vera tuvieron en jaque a las tropas oficialistas, destacando especialmente las de Crisanto Gómez, Antonio Merendón Mondéjar y Amador Villar.

También cabe destacar la conquista de la ciudad de Cuenca en el año 1874 por tropas carlistas al mando de Alfonso Carlos y su esposa María de las Nieves de Braganza. En marzo de ese año, las fuerzas carlistas, dirigidas por Francesc Savalls, pusieron sitio a Olot y, tras conquistarla, la convirtieron en su capital. En julio se establece en San Juan de las Abadesas la Diputación de Cataluña, que presidía Tristany, y que intentaba dotar de una organización político-administrativa a los territorios controlados por los carlistas catalanes.

Cánovas del Castillo, cerebro de la Restauración, intentó llegar a un acuerdo con don Carlos a principios de año. Le propuso el casamiento del rey Alfonso con su hija Elvira, además de permitir el mantenimiento de los fueros. Pero Carlos VII se negó a hacer negociaciones.

Ante la imposibilidad de alcanzar la paz por la diplomacia, el ejército alfonsino, que sumaba ya más de 70.000 combatientes, lanzó una brutal ofensiva sobre Álava. Los carlistas, que apenas disponían de 33.000 soldados, no tenían nada que hacer. Las acciones de ésta campaña se limitaron a los bombardeos de algunas plazas en poder carlista, para después romper el cerco de Vitoria. Los facciosos se replegaron entonces a Arlabán, habiendo perdido casi toda la provincia.

En Navarra, la situación no era mejor. En noviembre los carlistas ya habían perdido la mitad del territorio de dicha provincia, viendo además amenazada Estella, núcleo del carlismo.

Cataluña y el levante

Este sería en Cataluña el último año de lucha, ya que en noviembre de 1875 ninguna plaza en el este permanecerá fiel al movimiento carlista. En marzo de 1875, Martínez-Campos ocupó Olot y sometió a sitio Seo de Urgel.
Su conquista por las tropas gubernamentales en agosto hizo que el 19 de noviembre finalizara la lucha en Cataluña.

Tras el fin de la lucha en Cataluña, más de 120.000 soldados se prepararon para finalizar la guerra en el norte. Los carlistas que no habían rendido las armas sumaban una cifra cuatro veces inferior en número. Los alfonsinos prepararon dos ejércitos, uno en el este, dirigido por Martínez-Campos, y otro en el oeste comandado por Quesada. Sólo era cuestión de tiempo, el 5 de febrero de 1876 se enfrentaron carlistas y liberales en la acción de Abadiano. Es la última acción de importancia registrada en Vizcaya cuando ya guerra tocaba a su fin. Fueron derrotados los batallones carlistas de Carasa, Cavero y Ugarte por las divisiones liberales mandadas por Loma, Goyeneche, Álvarez Maldonado y Villegas. La retirada se efectuó por el alto de Elgueta con dirección a Zumárraga. Los facciosos fueron empujados hacia los Pirineos. A finales de febrero, Estella cayó y don Carlos huyó hacia Francia, al grito de «volveré», que no cumplió. El último reducto fiel al carlismo, el castillo de Lapoblación, sucumbió el 2 de marzo. La guerra había terminado.

Los soldados carlistas que depusieron las armas pudieron incorporarse al ejército gubernamental con el mantenimiento de todos los grados y condecoraciones, pero pocos lo hicieron. Para las provincias vascongadas y Navarra, el final de esta guerra supuso la definitiva desaparición de parte de los fueros, con la ley abolitaria del 21 de Julio de 1876. Esta decisión fue unánimemente aceptada por todas las provincias, incluyendo las damnificadas, que no pudieron hacer nada en contra de la decisión debido al gran contingente militar que aún restaba en su territorio. El fin del gobierno foral en el País Vasco hizo que el gobierno de Antonio Cánovas pactase el llamado Primer acuerdo ecónomico vasco, en el que se seguía dando cierta libertad económica a esta región, permitiéndo a las autoridades locales recaudar ellos mismos los impuestos. Estos cambios políticos dieron lugar a un gran crecimiento económico e industrial del País Vasco, que se convirtió en una de las regiones más avanzadas e industralizadas del país. Por otra parte, la derrota aumentó el sentimiento nacionalista vasco, dando lugar a la creación del Partido Nacionalista Vasco en 1895 por Sabino Arana, que defendía las ideas tradicionalistas del carlismo desde un punto de vista independiente de este movimiento y con fuerte carácter regionalista que se mantuvo pese al desaparecer los herederos del carlismo en el siglo XX.

Desde la óptica alfonsina, la victoria legitimizó aún más el gobierno de la Restauración, que se vio reforzado con la promulgación de la Constitución de 1876. El soberano otorgo a sus tropas las medallas de la guerra civil en operaciones y posteriormente, llegando incluso a conceder en casos muy destacados la destacada distinción de beneméerito a la patria. Sin embargo respeto con honores a todos los condecorados por el otro bando y dejó establecidos como nobles del reino a todos los nobles que su rival había ennoblecido. La tercera guerra civil del siglo XIX acabó con un asimilamiento del bando perdedor sin hacer agravios al vencido. Nunca volvería la causa sálica a reactivarse.

 

Como me ha salido algo corto intentare completarlo con

Las acciones y Batallas de la Segunda y Tercera Guerras Carlistas

 

 

 

LA BATALLA DE OROQUIETA

 

La batalla de Oroquieta fue un enfrentamiento entre carlistas y liberales durante la Tercera Guerra Carlista. El pretendiente carlista Carlos VII fue derrotado y a punto estuvo de ser capturado, teniendo que huir del país, dando así tiempo para crecer a la nueva insurrección, ya que ésta había quedado prácticamente desmantelada tras la batalla.

El 21 de abril de 1872 se produjo el levantamiento carlista que daría lugar a la tercera guerra de este nombre. En el País Vasco y Navarra el levantamiento atrajo a la mayoría de la población, pero los militares carlistas, en vez de agrupar a los voluntarios que se presentaban, dejaron que éstos recorriesen la región sin ningún orden y en grupos de más de mil personas (hombres y también mujeres), que estaban mayormente desarmados. El pretendiente cruzó el dos de mayo la frontera, antes de haber dado tiempo al creciente ejército a aumentar y expandirse por el territorio vasco-navarro, quedando pues muy inseguro. El general Serrano, viendo que don Carlos marchaba junto a su exigua tropa en completo desorden, mandó a Domingo Moriones el ataque. A pesar de que su ejército era numéricamente inferior, estaba bien armado y provisto de artillería. El 3 de mayo se aproximó a Oroquieta, al día siguiente atacó la localidad navarra. La batalla pasó a la historia como el desastre de Oroquieta.

La batalla

La batalla (si se puede llamar así), comenzó con el ataque liberal a la localidad de Oroquieta. Las tropas carlistas estaban desperdigadas por los pueblos vecinos. A pesar de que las mal armadas tropas carlistas en un principio pudieron resistir y el general Ollo llegó desde Elzaburu con más tropas, la artillería liberal fue decisiva, haciendo huir a los carlistas, que se retiraron en completo desorden. Los liberales hicieron más de 700 prisioneros y don Carlos escapó al galope, a punto de ser capturado y teniendo que cruzar la frontera. No volvería hasta casi un año después.

Las consecuencias a corto plazo fueron muy perjudiciales para los carlistas, que se vieron privados de ejército y de su líder. Además, los generales carlistas Fausto de Urquizu, Juan de Orúe y Antonio de Arguinzóniz firmaron con Serrano el Convenio de Amorebieta, que supuestamente ponía fin a la guerra, pero ni liberales ni carlistas lo aceptaron, quedando además todos los firmantes muy perjudicados ante sus bandos.

A pesar de dicho convenio, los tradicionalistas continuaron el alzamiento y en 1873 don Carlos volvió a España, pudiendo consolidar su poder en las zonas tradicionalmente carlistas y continuar con la guerra hasta 1876.

 

EL CONVENIO DE AMOREBIETA

 

El convenio de Amorebieta o convención de Amorebieta fue un acuerdo firmado, en el contexto de la Tercera Guerra Carlista, en Amorebieta (Vizcaya) el 24 de mayo de 1872. Por parte del Ejército de operaciones del Norte firmó el propio general Serrano, hasta ese momento presidente del gobierno de Amadeo I de España; por parte de los carlistas firmaron Fausto de Urquizu y Juan E. de Orúe, en su nombre y en el de Antonio de Arguinzóniz, todos ellos miembros de la Diputación á guerra del Señorío de Vizcaya.

El ofrecimiento del pacto se había efectuado por una carta previa de Serrano, fechada en Amorebieta el mismo 24 de mayo, y enviada a los negociadores carlistas.

La suerte de la guerra era desfavorable a los carlistas, que habían sufrido una grave derrota en la batalla de Oroquieta el 4 de mayo, lo que había obligado al pretendiente (Carlos VII) a volver a Francia.

El convenio adoptaba la forma de concesión de Serrano, en uso de las facultades extraordinarias de que me hallo investido. Preveía la entrega de las armas de los carlistas, y su compromiso de evitar nuevos disturbios y levantamientos, a cambio de un indulto generalizado, y la posibilidad de reincorporación de los militares carlistas al ejército nacional. También preveía el paso libre hasta la frontera de quienes no quisieran permanecer en España. La concesión política más sustancial, por cuanto reconocía el régimen foral para Vizcaya, era el compromiso de convocar las Juntas Generales de Guernica respecto a las exacciones de fondos públicos que pertenezcan o se relacionen con el Señorío.

Era obvia la similitud de las circunstancias de la negociación con el denominado abrazo de Vergara (29 de agosto de 1839) que puso fin a la Primera Guerra Carlista, y la pretensión de Serrano de emular a Espartero.

A diferencia de lo sucedido treinta y tres años antes, ninguno de los firmantes fue respaldado posteriormente por su bando. Serrano se vio obligado a dimitir al no obtener el respaldo de las Cortes ni el del rey (13 de junio); mientras que los tres negociadores carlistas fueron considerados traidores, incluso Arguinzóniz (que había rehusado acogerse a las medidas de gracia, saliendo hacia el exilio

 

 

BATALLA DE ERAUL

 

Tras la derrota de Oroquieta en Mayo de 1872, en la que se dio casi por concluida la rebelión carlista en Navarra, y que arrastró a todo el territorio vasco, el proceso de reestructuración del ejército carlista en la zona fue lento y proceloso.

Mientras en Cataluña se sostenía la guerra a duras penas, en Navarra y las Provincias se trataba de recuperar la iniciativa desde Diciembre mediante el levantamiento de nuevas columnas que, sin armas y con apenas recursos debían mantener en vilo y en confusión a las tropas gubernamentales. La reunión de tales partidas se hacía en torno a los oficiales o jefes que progresivamente volvían desde Francia para reavivar el conflicto, e implicaba un gran esfuerzo para dotarlas de suministros y armamento. Por otro lado, los mandos debían combatir el efecto que producían las continuas órdenes de indulto que ofrecía el gobierno a los alzados desde el convenio de Amorebieta, que propiciaban las deserciones de aquellos ante las continuas marchas y contramarchas sin objeto aparente a las que se veían sometidos.

Don Antonio Dorregaray, el nuevo General en Jefe del Ejército Carlista del Norte, había entrado en España el 17 de Febrero de 1873, y el Brigadier Nicolás Ollo que ostentaba la comandancia general de Navarra, se puso a su disposición en Lecumberri. Se forman allí los dos primeros batallones navarros, el 1º del Rey bajo el mando del Teniente Coronel D. Eusebio Rodríguez y el 2º de la Reina, cuyo comandante es el Teniente Coronel D. Teodoro Rada, el que habría de ser el mítico “Radica”. Así mismo, y con la tropa de caballería reunida, 120 caballos, nacen los dos primeros escuadrones del Regimiento del Rey, bajo el mando del Brigadier Pérula. Empieza así a tomar forma de regularidad el Ejército Carlista.

La misión de Dorregaray era la de coordinar los esfuerzos de la distintas partidas y columnas para lograr una estrategia común, y promover su encuadre en un ejército convencional. Para ello debía enfrentarse a las ya mencionadas dificultades del municionamiento, pero también a los problemas organizativos y de disciplina que generaban muchos jefes de partidas, que se negaban a someterse. La figura más destacable de estos caudillos rebeldes, por lo famosa, fue sin duda la del Cura Santa Cruz.

Por otro lado, el gobierno había desarrollado una estrategia muy semejante a la ya empeñada en los comienzos de la 1ª Guerra Carlista, y que acabaría por dar un resultado semejante, si bien inicialmente sometió a las exiguas partidas carlistas a gran presión. Así, el Ejército de maniobra se distribuyó en pequeñas columnas mixtas, conformadas por uno o dos batallones de infantería, un escuadrón de caballería y, en ocasiones, una sección de artillería de montaña. La combinación de varias de estas columnas ligeras permitía una mayor efectividad en la persecución de las escurridizas partidas, y evitaba las grandes concentraciones del enemigo.

A ellas se unían, en las poblaciones estratégicas de paso entre provincias, pequeños destacamentos de infantería, conformados por secciones de infantería y pequeñas unidades de migueletes, somatén, Guardia Civil o Voluntarios de la Libertad, que se combinaban con las columnas o bien evitaban, en casas fortificadas al efecto, que los carlistas se asentaran en ninguna población para aprovisionarse.

Las marchas de Dorregaray a través de Alava, Vizcaya y Guipúzcoa, no provocaron el alzamiento generalizado que se esperaba. Por su lado, el comandante general de Guipúzcoa y la Rioja, el general Lizárraga, acosado por las columnas del Coronel De Cuenca, y General Loma, se veía en la necesidad de unirse a aquel con sus exiguas fuerzas ante la negativa de someterse a su mando por parte de Santa Cruz. Sus tropas se conformaban del incipiente Batallón de Azpeitia, y la Compañía de Guías de Castilla que no sumaban más de 400 hombres.

Por ello, Dorregaray decide visitar nuevos escenarios donde evitar el copo por parte de las columnas liberales que le persiguen, bajo las órdenes de los Coroneles Costa, Castañón y Navarro, y encontrar nuevos recursos, para lo cual resuelve invadir La Rioja.

Con tal fin, reúne a casi todas sus fuerzas disponibles, y las divide en dos columnas. La primera, una columna volante comandada por Pérula, y compuesta por cuatro compañías del 1º de Navarra y 100 caballos, debe tomar las guarniciones de Briones y Casa la Reina, cobrar una contribución de 8.000 duros por cada población, e incautar suministros y armas. El resto de las tropas bajo el mando del mismo Dorregaray, conquistarán Haro, en donde esperarán a Pérula., volviendo a reunirse la tropa al completo.
La concentración se lleva a efecto en la noche del 1 de Mayo de 1873 en los altos de la Sierra de Toloño, sobre San Vicente de la Sonsierra. Allí se les unen 200 alaveses y riojanos bajo las órdenes del Brigadier Llorente, veterano de la 1ª Guerra Carlista. Pérula con sus escuadrones queda a retaguardia y reúne a duras penas a los rezagados, a punto de desmoronarse, tras días de marchas y contramarchas por la Ribera. Finalmente, a las 11 de la noche consiguen cohesionarse las unidades. Pérula dirige una avanzadilla de 20 hombres de la 4ª compañía del 1º de Navarra y cuatro caballos, que se lanza por la calle Mayor de la población hacia el puente que cruza el Ebro, con idea de tomarlo por sorpresa y permitir el paso del resto de los expedicionarios. Tras él, a cierta distancia, van el resto de las compañías. Cuando llegan a las cercanías de la casa fortificada donde se refugia la guarnición republicana, ésta hace fuego y hiere a algunos hombres, entre ellos el capitán de la 4ª. Pérula sigue a la carrera con sus hombres y cruzan el Ebro, mientras el resto de las fuerzas implicadas retroceden y vuelven a las inmediaciones del Toloño. El grueso de la caballería navarra queda bajo el mando del Marqués de Valdespina.

Al amanecer del 2 de Mayo, Pérula se encuentra en la ribera sur del Ebro con las compañías de infantería que le habían sido asignadas, que habían cruzado el río durante la noche por otro punto más alejado. A oídos de los reunidos, empiezan a escucharse las llamadas del somatén y lejanas cornetas de columnas perseguidoras que llegan desde San Vicente, Briones y otros pueblos cercanos. Reunidos en consejo de oficiales en un viñedo, resuelven adentrarse en territorio riojano en dirección a Burgos. Comienza así la épica marcha de 6 días de Pérula por territorio de La Rioja, Burgos, Alava y Navarra.

Las fuerzas de Dorregaray y el Coronel Costa chocan en Peñacerrada 02/05/ 1873 Fuente Album Siglo XIX
Mientras tanto, Dorregaray con el grueso de las fuerzas, había abandonado el plan inicial y se volvía al Norte en dirección a Peñacerrada, a dónde llega al anochecer del mismo día 2 de Mayo con sus hombres agotados por la brutal marcha. Sin embargo, las avanzadillas carlistas del capitán Balduz habían descubierto en las cercanías a la columna republicana del Coronel Costa que se dirigía al mismo punto, e informaron en varias ocasiones al mando. A pesar de ello, los carlistas no contramarcharon y ambas fuerzas se encontraron y chocaron inopinadamente en el centro de la población. En la confusión que siguió, Dorregaray perdió su equipaje, y sus fuerzas se desbandaron con excepción de la compañía del Capitán Foronda, formada por soldados guipuzcoanos pasados del ejército liberal, que quedó a retaguardia, y que atrincherada en los muros de piedra de la afueras, dirigida por Lizárraga , contuvo la acometida de Costa.

Las fuerzas republicanas reconocieron 1 herido en el combate. Dorregaray, en su diario de campaña, habla de 3 ó 4 bajas propias. Los republicanos aumentan a 8 los muertos carlistas y 7 prisioneros.
Las fuerzas carlistas consiguen concentrarse de nuevo, tras su dispersión, en Lagrán donde pernoctan, y el 3 de Mayo descansan en la Aldea. Allí tiene noticias el General en Jefe carlista de la proximidad de las tres columnas perseguidoras, y se dirige a San Román donde deja para cubrir la retaguardia a media compañía, para permitir la retirada del grueso. A San Román le sigue la columna Castañón, precipitando la huida del grueso del ejército enemigo, y tomando prisionera a la unidad carlista destacada, tras haber presentado ésta ligera resistencia.

Las desmoralizadas fuerzas legitimistas siguen su precipitada marcha por Apellaniz, Virga, Buceti y llegan a media noche a Bostegui y Onraita, donde pernoctan. La Columna Navarro lo hace en Torres, tras cruzar Maeztu en combinación con Castañón. Este, acampa en San Román, y la Columna Costa en Albaina.
Dorregaray se desplaza el 4 de Mayo por Larrona y Eulate, para pernoctar en Galdeano, en dirección al valle de Allín, intentando alejarse del copo de las columnas liberales. Esa misma noche, mientras Navarro volvía a Maeztu para pernoctar, estallaba una crisis entre los mandos legitimistas.

Los hombres estaban agotados y desmoralizados. Numerosos efectivos se habían disgregado del grueso de la columna en los últimos días. Algunos habían caído prisioneros, otros muchos habían quedado por el camino, rotos de agotamiento. Había secciones enteras que desertaban en pleno. Cuarenta guipuzcoanos habían abandonado el batallón de Lizárraga la noche anterior. Se corre un serio riesgo de que las fuerzas carlistas se disuelvan si no se entra en combate. Sin embargo, no tienen ni armas ni munición para sostenerse ante el ataque de tres columnas que totalizarían cerca de 6 batallones de infantería, más artillería y caballería.

 

 

 

La Acción de Eraul. Choca la infantería.

Eraul es una pequeña población situada al noroeste de Estella, al pie de la sierra Echavarri y que defiende el único paso que atraviesa dicha estribación, entre las peñas de San Fausto y Zubite. Paso estrecho por el que es necesario acceder para seguir el camino más corto desde el Valle de Allín a la comarca de Abárzuza. Hoy, como entonces, es un territorio abrupto y boscoso que mantiene una orografía semejante a la que tenía en la fecha de la acción, hace casi siglo y medio. Es una zona poco propicia para el despliegue de unidades conforme a la concepción decimonónica, y especialmente nada apta para la maniobra de la caballería, por sus estribaciones rocosas y la densidad del follaje que cubre el terreno.

De ahí puede derivar la confusión de los diversos partes militares que narran la batalla y el encarnizamiento de la misma, proporcionalmente superior a posteriores acciones que implicaron mayor número de fuerzas.
La noche del 4 al 5 de Mayo de 1873 pasada en Galdeano, tuvo que ser de las de mayor tensión e incertidumbre que tuvo que vivir Dorregaray a los comienzos de su mando. Las fuerzas amenazaban con disolverse, y los mandos se mostraban reacios a seguir las marchas, sin probar un enfrentamiento previo. Los guipuzcoanos pedían a Lizárraga, su comandante, volver a su tierra. Algunos altos mandos comenzaban a hablar, más o menos abiertamente, de solicitar la sustitución de Dorregaray.

Encabezando estas murmuraciones se encontraba el propio Marqués de Valdespina, y el Teniente Coronel Calderón que, por sus desavenencias con el general ceutí, había solicitado su traslado al 2º Batallón de Navarra, donde estaba de Jefe de Estado Mayor de Teodoro Rada.

Los oficiales de los batallones navarros se reunieron con Ollo para tratar de que convenciera al Comandante General del Norte para que entrara en combate o permitiera la dispersión de la columna para volver a los combates en guerrilla.

Nicolás Ollo, comandante general de Navarra, comprendía por su parte la terrible y decisiva paradoja a la que se enfrentaba su superior. Sin duda alguna, era necesario dejar de retirarse para mantener la moral de los hombres; era imprescindible el enfrentamiento. Por otro lado, las fuerzas carlistas, apenas entrenadas, con pocas municiones y sin estar totalmente armadas, no podían correr el riesgo de enfrentarse a las tres poderosas columnas republicanas que les perseguían en una sucesión de movimientos combinados que muy bien podían barrer al recién formado ejército legitimista.

Un nuevo Oroquieta, un año después, podía ser el fin definitivo de la causa de Don Carlos. El combate que se librara, en aquella tesitura, muy bien podría ser el último. Porque, aquella madrugada del 5 de Mayo en Galdeano, estaba concentrado el grueso de las fuerzas carlistas con sus principales mandos.

Por todo ello, Ollo tenía también sus reticencias a un enfrentamiento y así lo expresó a sus subordinados. Si bien se avino a intentar convencer a Dorregaray para que tomara una decisión.

Por otro lado, a la tensión creciente de aquella noche contribuyó la llegada de una carta personal de Carlos VII a Dorregaray, fechada en Francia el 25 de Abril, y en la que el monarca legitimista recriminaba a su Comandante la falta de resultados a estas alturas de la contienda. En la misma, el Pretendiente al trono, apenas podía disimular su decepción, a pesar de que expresaba la confianza en las capacidades del Comandante General, que justificaban, sin duda, su confirmación.

Las dudas expresadas por Ollo en ese instante, motivaron que varios comandantes y oficiales de batallón acudieran a Lizárraga y le propusieran un golpe de mano con el que hacerse con el mando superior de las tropas. Este se negó a ello y les recriminó su actitud por lo sediciosa. Sin embargo, acudió al alojamiento de Dorregaray. Allí le manifestó abiertamente su intención de abandonar la columna y volver con el Batallón de Azpeitia al territorio bajo su mando si el Comandante General no tomaba la iniciativa.
A pesar de las amenazas y de la creciente tensión, éste no adoptó ninguna decisión inmediata.

La columna Dorregaray se adentra en la Peña Zubiti

Al día siguiente, a las diez de la mañana, las fuerzas carlistas salían de Galdeano en dirección a las laderas del Puerto de Echávarri por las Peñas de Zubiti, una meseta boscosa que domina tanto Eraul como el Valle de Allín por sus respectivas vertientes. Allí descansó la columna, y desde las alturas descubrieron el acercamiento de una única fuerza de las tres que les perseguían: la columna del Coronel Navarro.

Esta atravesaba en esos momentos la sierra de Lóquiz en dirección a Galdeano, desde cuyas alturas pudo ver el desplazamiento de las fuerzas enemigas en dirección a Echavarri y Eraul. Navarro se decidió por continuar la persecución, sin que conste si informó de ello a las columnas de Costa y Castañón. Parece ser que no fue así, dado que la de columna más cercana, la de Castañón, derivó hacia Eraul cuando escuchó el fuego del combate, cuando ya era demasiado para prestar su auxilio.

En Galdeano descansó una hora, sobre todo para reunificar su unidad, muy desligada y dispersa, debido a la estrechez de los caminos y carreteras por los que había evolucionado. Después, continuó la marcha por Artabia, cruzando el arroyo del Urederra por el puente de esta población, y comenzando su ascenso hacia Eraul, por donde Navarro había visto desaparecer a la fuerza perseguida. La marcha en columna la abre el Batallón de Sevilla, flanqueado por dos compañías por su izquierda, para prevenir emboscadas. Tras él, las compañías de ingenieros y la sección de Lanceros de Villaviciosa. En el centro, marchan los bagajes y la sección de artillería, protegidos por el Batallón de Barbastro, que cierra la marcha.

A sus espaldas dejaba las otras dos columnas amigas.
La visión del avance del enemigo hacia su posición enerva de nuevo a los mandos carlistas. A las 13:00 horas, solicitan a Dorregaray convoque una junta de oficiales. En la misma se vuelve a insistir en la necesidad de entrar en acción. Aquel, finalmente, ordena un despliegue defensivo en la ladera que domina el camino hacia Eraul, con la idea de emboscar al enemigo y hacerlo retroceder. El centro y flanco izquierdo está cubierto por el 1º de Navarra, dirigido personalmente por el Brigadier Ollo. Lizárraga se sitúa con su batallón guipuzcoano a su derecha, en dirección a la población de Echavarri y la cercana ermita de San Mamés, para golpear el flanco izquierdo del enemigo, y envolverle si es el caso. Se completa su posición con la Compañía de Guías de Castilla, y los 200 alaveses de Llorente.

El 2º y 3º de Navarra se sitúan a retaguardia, para contraatacar en caso de retirada. La caballería se sitúa igualmente sobre la meseta que corona el Zubiti, porque el terreno no permite , en teoría, su uso. Todos los cronistas, tanto liberales como legitimistas, valoran lo inexpugnable de la posición en la que se situaron las tropas carlistas. Posiciones de difícil flanqueo, y que obligaban al atacante a tomarlas mediante un avance frontal, ascendiendo necesariamente por una ladera quebrada y boscosa.

Según los testigos contemporáneos, el entusiasmo de los voluntarios cuando recibieron la orden de combatir fue difícil de contener. Los oficiales apenas consiguieron convencerles de que la efectividad de la sorpresa dependería de que guardaran el más absoluto silencio, mientras veían cómo se acercaba el enemigo, inadvertido, hacia sus posiciones.

Mientras, Navarro continua su marcha con las precauciones mínimas, y con un evidente desconocimiento de la situación real del enemigo. Parece claro que pensaba que éste se retiraba hacia Abárzuza, siguiendo la dinámica de los últimos días, y veía necesario el mantenimiento del acoso habida cuenta que esperaba ser respaldado por Castañón y Costa, en caso de enfrentamiento.

Estos, sin embargo, no se encontraban lo suficientemente cerca como para prestar su apoyo. Castañón se encontraba a las 11 de la mañana en Galbarra, al otro lado de la sierra de Lóquiz, que delimita el Allín por occidente. Y Costa, que había tomado la misma dirección se encontraba a esas horas a la altura de Contrasta, todavía en la provincia de Alava. Sin embargo, la actitud prudente del enemigo hasta esa fecha, motivaba el empeño en no dejarle respiro alguno.

Aproximadamente, a las 14:00 horas, los batallones republicanos comienzan la ascensión de la ladera del Zubiti por el camino de Eraul. A poca distancia, ocultos entre la maleza y las rocas se encuentran las fuerzas carlistas que guardan un sepulcral silencio, hasta el punto de que pasan absolutamente desapercibidos para las avanzadillas y los destacamentos de descubierta del Batallón de Cazadores del Regimiento de Sevilla. El día es soleado y caluroso, pero los soldados todavía sienten los efectos del descanso en Galdeano.

Cuando la vanguardia se encuentra a pocos cientos de metros de las primeras casas de Eraul, hacia las 15:00 horas, los carlistas abren fuego con una densa descarga sobre las dos compañías de flanqueo del Batallón de Sevilla, que reciben de lleno el fuego de enfilada. Sin embargo, la unidad guarda al completo la disciplina. Las compañías destacadas se abren en guerrilla y responden a las descargas enemigas, mientras el Coronel Navarro se decide por forzar el paso hacia Eraul, posiblemente convencido de que se enfrenta a la retaguardia enemiga, siguiendo las pautas de comportamiento de enfrentamientos precedentes.

Ordena pues desplegar el Batallón al completo, con el apoyo de las compañías de ingenieros. En vanguardia sobre la nueva línea, avanzan dos compañías de refuerzo del batallón de Cazadores de Sevilla, bajo el mando de García, y los ingenieros de Acellana. El fuego es denso, pero las fuerzas republicanas ascienden por la ladera hasta llegar a distancia de lucha cuerpo a cuerpo de las líneas carlistas. Tanto el 1º de Navarra como el 2º de Guipúzcoa inician una retirada ordenada ante el empuje del Batallón de Sevilla que demuestra en dicho avance su superioridad en disciplina y capacidad de combate.

Mientras, el Batallón de Barbastro se mantiene en formación de combate en Echevarri, en el ala izquierda de la línea liberal, sin empeñar batalla, si bien hace fuego con algunas guerrillas. Los lanceros de Villaviciosa cierran la línea entre Sevilla y Barbastro, protegiendo a la artillería que se encuentra a las afueras de la población.

Viendo que la primera línea carlista, a punto de quebrarse, está cerca de tocar su retaguardia, Dorregaray ordena contraatacar con el 2º de Navarra. Carlos Calderón, con dos compañías, refuerza el frente del 1º Batallón de Navarra y, con dicho apoyo, las tropas legitimistas logran rechazar el avance republicano y hacen retroceder a las compañías de cazadores de Sevilla a su punto de partida.

Progresivamente, el encarnizamiento de la lucha se va concentrando en el flanco más cercano a Eraul. Navarro hace avanzar a dos compañías más de Sevilla, y ordena una nueva ascensión. El contraataque, una vez más, da resultado. Las tropas carlistas que carecen todavía de un entrenamiento adecuado, se concentran todavía en grandes formaciones, al estilo napoleónico, para aumentar la densidad de fuego, lo que les hace más vulnerables a la eficacia del fuego graneado del despliegue republicano.

La línea legitimista se tambalea, y retrocede por segunda vez hasta la cima del puerto. Según algunos testigos, ante este nuevo retroceso, el Coronel Rada se enfurece, y sin recibir órdenes prepara a las tres compañías que restan de su 2º Batallón de Navarra, y las lanza a la bayoneta calada. La carga se produce con la brutal táctica por la que posteriormente habrían de ser conocidos los batallones carlistas y que fue diseñada por él: el denominado Estilo Radica. Las unidades se lanzan al choque en el cenit del avance enemigo, sin previas descargas de fuego para contenerle. Al grito de ¡Viva el Rey! se produce el primer choque cuerpo a cuerpo del combate. Es recio hasta el punto de que las tropas del Batallón de Sevilla se ven avocadas a un nuevo retroceso a su punto de partida.

En ese momento, casi una hora después de haberse roto el fuego, ya resulta evidente para los mandos republicanos que no se encuentran ante un destacamento de retaguardia carlista, como en las jornadas precedentes. Navarro es consciente de que el grueso del enemigo se encuentra frente a él, y lo es también de que, si lo derrota es probable que ese pueda ser el último día de guerra, tal y como ocurriera en Oroquieta.

En esta tesitura, Navarro, posiblemente confiado en la imagen de fragilidad dada por el enemigo en enfrentamientos precedentes, resuelve intentar quebrarlo definitivamente, confiado probablemente en la superioridad de cohesión de sus fuerzas, a pesar de su evidente inferioridad numérica. Así, logra contener en la carretera la carga a la bayoneta carlista con una descarga de fusilería, reorganiza sus unidades, e implica a sus últimas reservas del Batallón de Sevilla y de Ingenieros en una nueva ascensión al cerro Zubiti.
En este momento, y a pesar de no habérsele ordenado, la sección de artillería, que se encuentra junto al flanco izquierdo liberal, desmonta las dos piezas Krupp y comienza a bombardear las masas enemigas con metralla, protegida por la caballería republicana.

La infantería carlista recula una vez más perseguida hasta la cima. Dorregaray ordena que el 3º Batallón de Navarra, su última reserva, empeñe igualmente combate para contener la retirada. El 3º es una unidad de reciente formación, que no se ha batido hasta la fecha. Ha heredado los fusiles obsoletos de las dos unidades precedentes, y algunas de sus compañías se encuentran armadas por simples bastones y palos que alzan a modo de alabarda. Aún así, su entrada en fuego consigue contener al Batallón de Sevilla durante unos instantes y rehacer la línea carlista.

A pesar de ello, el fuego artillero y la efectiva fusilería republicana consigue desgastar, al poco, la resistencia carlista. Son las 16:00 horas, y las tropas legitimistas han agotado prácticamente sus municiones. El frente se quiebra y empieza a desmoronarse. Las imágenes de disolución y desmoralización son gráficamente descritas por algunos testigos. Grupos de soldados carlistas empiezan a abandonar el campo de batalla, cuando las principales posiciones se han perdido.

Nicolas Ollo, Lizárraga y Rada intentan que sus fuerzas no se disgreguen. Toman fusiles de algunos caídos e intentan coordinar un contraataque. Ollo reúne a un grupo de soldados y les arenga: “Navarros, hemos salido para morir por Dios. Hoy es el día para morir por El”, pero apenas pueden contener la retirada, que empieza a convertirse en desbandada. Parece a punto de producirse un nuevo Oroquieta, el peligro tan temido por parte del General Dorregaray.

En ese instante, y desde la última posición de retaguardia, el Marqués de Valdespina, sin pedir autorización o recibir orden alguna, se coloca al frente de la cincuentena de jinetes que conforman del primer escuadrón navarro.

Y la escolta del General Dorregaray, y ordena cargar sobre el centro-izquierda de la línea republicana, en concreto sobre la sección de artillería y el Batallón de Barbastro que lo cubren.
La caballería atraviesa las líneas del Batallón de Azpeitia, la fuerza alavesa y la 1ª Compañía de Guías de Castilla, que cubren el flanco derecho carlista. Es una carga desliñada, debido a la compleja orografía del terreno. Los jinetes tienen que esquivar roquedales, densos zarzales, árboles de bajas copas. Aún así logran llegar a las inmediaciones del caserío de Echevarri y chocan contra la infantería de Barbastro.

El Batallón de Barbastro, que había visto el repentino despliegue de la caballería por las boscosas laderas del Zubite, formó a sus compañías en línea y esperó la carga rodilla en tierra y a la bayoneta calada. Una primera descarga de fusilería, hace caer algunos caballos, pero la caballería no pierde ímpetu, y atraviesa las líneas republicanas. Un infante hiere de un bayonetazo al Marqués, pero éste lo derriba de un sablazo. El capitán Sanjurjo se cobra otras bajas a fuego de revolver. El teniente Lirio recibe un balazo en la pierna.
El Batallón de Azpeitia y los alaveses se enardecen cuando los jinetes carlistas atraviesan sus posiciones, y se lanzan ladera abajo a la bayoneta calada, con la Compañía de Guías de Castilla en vanguardia, dirigida por su segundo al mando, el capitán riojano Juan Pérez Nájera.

Se produce un brutal choque cuerpo a cuerpo entre Barbastro y las fuerzas castellano-guipuzcoanas que dura varios minutos. Pero el batallón republicano termina por dejar el terreno retirándose en completo desorden, sin que sus mandos puedan contenerlos. Tanto la infantería como la caballería carlistas continúan su avance por el flanco izquierdo de la línea liberal, en dirección a la artillería.

Huida de los Lanceros de Villaviciosa en Eraul
El Coronel Navarro intenta conjurar el peligro de su extremo izquierdo, y ordena cargar a Lanceros de Villaviciosa. Los oficiales de la unidad se ponen al frente de la misma y tocan a carga, pero la tropa se desbanda ante la confusa avalancha de infantes y caballería carlista, sin llegar a entrar en acción. La artillería, pues, quedaba así desguarnecida.

Navarro acude, entonces, con algunos contingentes reunidos apresuradamente de los Cazadores de Sevilla.
La Compañía de Guías de Castilla toma uno de los cañones Krupp

Se produce un nuevo combate a choque de bayoneta en la posición de los cañones. El Capitán Pérez Nájera con algunos hombres de los Guías de Castilla consigue desalojar a los refuerzos dirigidos por el jefe republicano, que quedan envueltos por la masa atacante, y aislados del resto de sus fuerzas. Aún así, esta limitada acción de Navarro logra salvar la boca de una de las piezas que puede escapar del cerco. No así la cureña del cañón que cae en manos carlistas. Navarro es hecho entonces prisionero con los supervivientes de su destacamento.

Por su parte, la caballería legitimista desbanda a los servidores de la 2ª pieza Krupp, antes de que estos puedan desmontarla. De hecho, intentaban todavía hacer fuego cuando son alcanzados por los jinetes de Valdespina. El alférez Ortigosa salta con su montura sobre la pieza y derriba de un sablazo a un artillero que intentaba introducir un bote de metralla. El resto de la fuerza huye o es hecha prisionera.

Mientras, los batallones navarros que defiendes el centro e izquierda de la línea de Dorregaray, al comprobar el hundimiento del flanco izquierdo republicano, se rehacen y lanzan un último contraataque sobre los batallones del Batallón de Sevilla, ya muy quebrantado por sostener cerca de dos horas de fuego continuado. La línea liberal se quiebra definitivamente ante el nuevo empuje. Grupos de combatientes quedan aislados con algunos de sus jefes en pequeñas bolsas que aún resisten unos minutos, pero que terminan por rendirse. Entre ellos, el Teniente Coronel Martínez, mando superior del Regimiento de Sevilla, y el Teniente Coronel Acellana, comandante de Ingenieros.

Solo el Comandante de Cazadores de Sevilla, Braulio García, logra retirarse en orden hacia Eraul con los restos de las dos compañías de Ingenieros y unos 80 hombres del Batallón de Cazadores de Sevilla, los cuales se refugiaron en la Iglesia de San Miguel de la localidad. Agotados y sedientos, se bebieron el agua bendita y se tendieron por los rincones y los bancos del templo.

El resto de la columna republicana con excepción de algunas compañías del Batallón de Barbastro que se refugian en Echevarri, huye en completo desorden por los campos de la comarca, perseguida por las fuerzas carlistas, que en su entusiasmo han perdido también toda cohesión y organización.

Algunas fuerzas carlistas dirigidas por Rosa Samaniego, cercaron Eraul y a las fuerzas republicanas de Basilio Garcia que se habían refugiado en la Iglesia. Fueron conminadas a la rendición, a lo éstas que se negaron. Sin embargo, no se empeñó combate alguno. Al anochecer, las tropas carlistas se retiraron, y los hombres de García lograron refugiarse en Abárzuza.

Poco a poco, los pequeños destacamentos de la columna Navarro que se iban reuniendo fueron adentrándose en Estella.

Ganado el campo de batalla, los tres médicos que componían el cuerpo sanitario de la columna de Dorregaray se hicieron cargo de los heridos de ambos bandos. Cuando fueron estabilizados, algunos fueron trasladados a las poblaciones más cercanas, donde fueron puestos a disposición de la Columna Castañón que se acercaba, y en manos de los voluntarios de la Cruz Roja de Estella, Abárzuza y Pamplona, que se acercaron a ayudar a los heridos de ambos bandos a las 22:00 horas de aquel día.

A diferencia de en la guerra precedente, tanto Carlos VII como Dorregaray y gran parte de los mandos carlistas del Norte, se preocuparon de cumplir con normas básicas de humanidad con los heridos y prisioneros republicanos del Ejército Gubernamental. De hecho, el 18 de Mayo de 1873, Carlos VII autorizó a Dorregaray a poner en libertad bajo palabra a los cerca de 80 prisioneros hechos en la batalla.

Tras su puerta en libertad, Acellana y Navarro publicaron una carta abierta en la que agradecían el trato recibido por ellos y sus hombres por parte del enemigo, durante su cautiverio.

En cuanto al número de bajas, Pirala calcula un total de 400 hombres repartidos entre ambos bandos. Los partes son absurdamente contradictorios. Dorregaray habla de 112 muertos republicanos y 36 heridos. Los historiadores liberales no reconocen más de 8 muertos y 45 heridos. Por parte de los carlistas, según parte del Comandante General del Ejército del Norte, cayeron en el campo de batalla 18 muertos y 37 heridos.
Sin embargo, la memoria del voluntario de la Cruz Roja Navarra Florencio de Ansoleaga, que recorrió el campo de batalla dos días después de celebrarse la misma, habría de hablar de indicios de un encarnizamiento sin precedentes. Lo que nos hace pensar que los cálculos de Pirala no estén del todo descaminados más allá de la veracidad que se pueda dar a los partes de guerra, habitualmente poco fiables en cuanto al número de bajas.

Don Carlos se mostró exultante, y no dudó en conceder grandes honores a los hombres que destacaron en la batalla. Así, Dorregaray fue agraciado con el Marquesado de Eraul, Valdespina fue ascendido a Mariscal de Campo por su alocada carga de caballería que dio un vuelco a la acción, Pérez Nájera recibió la Medalla de la Real Orden de San Fernando al Mérito Militar, Teodoro Rada, la Gran Placa Roja del Mérito Militar y otras muchas más…

La ultima carga de la infantería carlista en Eraul

Eraul, un campo de batalla que adquiere connotaciones míticas, al ser también escenario de una victoria de Zumalacárregui sobre Oráa en la 1ª Guerra Carlista, adquirió también una dimensión y resonancia decisivas en la 3ª Guerra. Y ello, a pesar del limitado número combatientes que participaron en la misma, muy inferior a otros combates de esta misma guerra menos conocidos. La acción no se caracteriza tampoco por una especial maestría táctica, si no es por la iniciativa de Valdespina, que dirigió una exitosa carga de caballería en un terreno quebrado y espeso, en principio poco apto para tal maniobra contra el flanco del enemigo. En líneas generales se trató de un combate de desgaste en una sucesión de ataques y contraataques frontales.

Parece evidente que el Coronel Navarro no hubiera empeñado combate de haber tenido un cabal conocimiento de las fuerzas a las que se enfrentaba, y cuando lo tuvo, ya era demasiado tarde para intentar poner distancia con el enemigo, sin riesgo de que sus fuerzas se desmandaran en la retirada. Por otro lado, los repliegues sucesivos de las fuerzas carlistas, a pesar de acudir constantemente a sus reservas para sostener su línea, le hizo suponer que quizá pudiera romper su resistencia sin apoyos externos. Pirala considera que debió hacer cargar a los Lanceros de Villaviciosa, cuando comprobó que su infantería había tomado las posiciones enemigas como colofón a la presión lograda sobre las fuerzas vasco navarras. Pero, como decíamos, desde una perspectiva de táctica clásica, el terreno de la liza no era propicio para ello. El hecho de que el Batallón de Sevilla y dos compañías de Ingenieros, 3º Regimiento, sostuvieran prácticamente en solitario la acción contra cerca de 1.800 hombres, a los que hicieron retroceder hasta en tres ocasiones, acredita el valor con el que combatieron y la calidad de las mismas.

La prensa carlista y republicana se hizo amplio eco de la acción, por ser la primera victoria importante del legitimismo en el Norte, y por el absoluto descalabro de unas tropas regulares, profesionales y bien equipadas, frente a la impetuosidad de los “voluntarios” monárquicos que combatían por primera vez en una batalla campal.

La guerra cambió de aspecto a partir de entonces. Un espíritu desmedido de victoria seapoderó del Ejército Carlista, que se acrecentó notablemente con la llegada de nuevos voluntarios a engrosar sus filas, y que ya no dudó en enfrentarse abiertamente al enemigo en nuevos combates campales.

El efecto contrario se produjo en las fuerzas gubernamentales, que iniciaron una estrategia de repliegue generalizado de pequeñas guarniciones a posiciones fuertes, muy semejante al que llevara a efecto el General Valdés, tras la derrota de las Amézcoas en 1835.

Por otro lado, las columnas republicanas comenzaron a formarse de grandes unidades para disuadir al enemigo de nuevos enfrentamientos, (en ocasiones se reforzaron hasta alcanzar un tamaño superior al de brigada) lo que derivó en la pérdida de movilidad, y un menor control del territorio que defendían. Esto conllevaba una mayor libertad para la estructuración del Ejercito Carlista como fuerza regular, y en la asunción de la iniciativa estratégica por primera vez desde el inicio del alzamiento en Abril de 1872.
Muchas y sonadas victorias habrían de esperar todavía al incipiente ejército legitimista. Udave, Allo, Dicastillo y Montejurra habrían de jalonar el año 1873.

 

 

 

MANDOS Y TROPAS INTERVINIENTES EN LA BATALLA DE ERAUL

 

D. Antonio Dorregaray y Dominguera

Marqués de Eraúl, General en Jefe del Ejército Carlista del Norte desde el 17 de diciembre de 1872, nació en Ceuta en 1824. A los 12 años de edad figura ya como cadete del Ejército de Carlos V, donde obtiene menciones por su valor. Se acoge al convenio de Vergara en 1839, y combate en 1840 contra el ejército carlista en Cataluña. Valeroso y enérgico, va adquiriendo experiencia militar en la sublevación carlista de 1846, Cuba y, sobre todo, en la Campaña de Marruecos, donde es ascendido a coronel de infantería. Como muchos otros oficiales y soldados carlistas que se acogieron al convenio de Vergara, cuando estalla la revolución de 1868 que destrona a la reina Isabel II, se ve liberado del juramento dado a la soberana, y solicita la licencia absoluta en el ejército para presentarse bajo las órdenes de Carlos VII, quien le nombra Ayudante de Campo. En Marzo de 1871 es nombrado comandante general del Reino de Valencia, iniciando los trabajos de conspiración en aquella región para el levantamiento carlista. El 22 de Abril de 1872 se alza en armas con una partida de 105 hombres, habiendo fracasado el alzamiento. El 23 es herido en el brazo en la acción de Portaceli. En Septiembre es llamado por Carlos VII para nombrarle Comandante General del Ejército del Norte tras el desastre de Oroquieta.
Fue un exponente más del grave problema que sufrió el Ejército Carlista en la 3ª Guerra: la falta de oficiales superiores y altos mandos profesionales que apoyaran la causa legitimista, motivó que muchos provenientes del Ejército Regular de Isabel II fueran ascendidos a puestos superiores a los correspondientes a su experiencia militar, por la doble motivación del incentivo y de cubrir todos los puestos del escalafón.
Dorregaray se mostró brillante a nivel organizativo al conseguir levantar un ejército poderoso con los escasos recursos con los que contaba a comienzos de la guerra, o al reorganizar el ejército de Carlos VII en apenas un mes, tras la desastrosa campaña de Bilbao. Pero se veía acometido por la indecisión en momentos en los que podría haber desarrollado una mayor iniciativa, como en la campaña previa a Eraul, o tras la batalla de Abárzuza en 1874, quizá la última gran oportunidad estratégica con la que contó el bando carlista, y que el general no supo, o no pudo aprovechar.

Culto, melómano, de difícil carácter, de absoluta fidelidad a Carlos VII, fue constantemente cuestionado por sus subordinados más inmediatos. El Marqués de Valdespina, su Jefe de Estado Mayor cuando cruzó la frontera, o el Teniente Coronel Carlos Calderón, su ayudante durante los primeros meses, le criticaban abiertamente desde el comienzo de la campaña, siendo personas muy cercanas al rey. Por otro lado, su falta de tacto, le hacían ganarse la animadversión de aquellos. Así, en Febrero, en Lecumberri, cuando se le unieron las primeras tropas que comandaba, manifestó en una proclama que en ese momento, con su presencia, empezaba la guerra, en detrimento de los cabecillas que llevaban combatiendo desde Diciembre de 1872.

La herida de bala en su brazo izquierdo sufrida en la acción de Portaceli, pudo influir sin duda en su airado estado de ánimo. La actividad a la que se vio sometido, impidió que se tratara la herida adecuadamente, generándole supuraciones y un intenso dolor, además de la necesidad de llevar siempre el brazo en cabestrillo, requiriendo curas diarias con sangre de cordero.

Sus enfrentamientos con los diversos mandos subordinados, pudo ser una de las causas por las que Carlos VII le diera el mando del Ejército del Centro a mediados de 1874. Mando controvertido que derivó en la instrucción de un Consejo de Guerra para juzgar su actuación, y que fue solicitado por él mismo General.

 

Marqués de Valdespina.

D. Juan Nepomuceno de Orbe, IV Marqués de Valdespina es sin duda una de las figuras militares y políticas emblemáticas del carlismo. Nacido en Ermua en 1819, hijo de D. Jose María de Orbe y Elío, que fuera Mariscal de Campo y Ministro de la Guerra de Carlos V, inició su carrera militar como Ayuda de Campo de su padre durante la 1ª Guerra Carlista, mientras éste ostentaba la Comandancia General de Vizcaya. Participó en diversas acciones de aquella guerra, terminando la misma con el grado de comandante, y habiendo sido condecorado con la Cruz de San Fernando. No habiéndose acogido al Convenio de Vergara, se exilió a Francia participando en las sucesivas conspiraciones y alzamientos carlistas que jalonaron el Siglo XIX. En 1848 fue ascendido a Teniente Coronel y comisionado por el General Alzáa para la formación del 1º Batallón de Guipúzcoa. Fue ascendido a Coronel en 1860 por su participación en los hechos de San Carlos de la Rápita, a Brigadier en 1868, a Mariscal de Campo en 1869, a comandante interino de Vizcaya en 1872. Jefe de Estado Mayor del Ejército del Norte en 1873 en el periodo de la acción de Eraul, tuvo una participación decisiva en la misma. Hombre de confianza de Carlos VII, ostentó posteriormente diversos cargos de alta responsabilidad, entre ellas la Comandancia General de Vizcaya en 1874, y la Dirección de Caballería. En 1875, dirigió la famosa carga de caballería de Lácar. Muy querido por el Rey, respetado y admirado por sus hombres, fue, sin embargo, partícipe de las continuas desavenencias y enfrentamientos que jalonaron los altos mandos del Ejército Carlista desde el comienzo de la guerra, y que fue una de las causas del resultado del conflicto.

 

Nicolás Ollo y Vidaurreta, es una de las figuras míticas y, probablemente, de las menos estudiadas del carlismo. Algunos historiadores ven en su biografía ciertos paralelismos con la vida y la maestría en el mando de Zumalacárregui, si bien su actuación fue menos decisiva que la del General del primer conflicto carlista.
Nacido en Ibero, Navarra, en 1816, inició su carrera militar como soldado en el 3º Batallón de Navarra del Ejército Carlista en Abril de 1834, poco después de que aquella unidad quedara prácticamente diezmada en su particular “marcha de la muerte” en Noviembre de 1833.
Herido en la acción del Perdón en Septiembre de 1837, se adhirió al Convenio de Vergara con el grado de alférez, y desde entonces unió su vida militar y política a la figura de Leopoldo O’Donnell. Ascendido a Capitán en 1848, fue destinado al Regimiento de la Princesa, ascendiendo a Comandante en 1856. Combatió con dicha unidad en la Guerra de Africa, siendo ascendido a Teniente Coronel durante la misma. Pidió el retiro a los dos meses de concluir la misma, cansado del trato injusto en el reparto de condecoraciones, méritos y ascensos. En 1868 se presentó ante el Duque Madrid, y participó en las diversas conspiraciones que se desarrollaron desde entonces en su favor. En Mayo de 1872 fue nombrado jefe de Estado Mayor del Brigadier Carasa. En 1873, fue ascendido a Brigadier por Dorregaray y nombrado comandante general de Navarra. Mariscal de Campo tras la acción de Eraul, se le concedió el título de Conde de Somorrostro, por su mando en dicha batalla.

De carácter modesto y poco expansivo, nunca fue reacio a dar su opinión a sus superiores, aunque no participó jamás en los conflictos y desavenencias que jalonaron el alto mando carlista a lo largo de toda la guerra. Como Zumalacárregui, era contrario al asedio de Bilbao, y como éste murió en acción a las puertas de la villa vizcaína.

 

Teodoro Rada (Radica): Pocos datos se conocen de una de las figuras más queridas del bando carlista. Combatió en su juventud en la filas del Ejército Carlista durante el primer conflicto meses antes del fin de la guerra. Después, acogiéndose al Convenio de Vergara, volvió a su ciudad natal, Tafalla, donde ejerció de albañil, siendo, sin embargo, gran aficionado a la lectura y especialmente a la Historia Militar. En 1872 levantó una partida carlista que se esforzó por organizar como una unidad del ejército regular, conformando el 2º Batallón de Navarra. Campechano, franco, de gran valor, las tropas bajo su mando eran famosas por el ardor de sus cargas a la bayoneta que él mismo dirigía. Previamente a la guerra, perteneció a la escolta de la Reina Dª Margarita que le profesaba gran cariño y respeto. Murió en el sitio de Bilbao, del mismo obús que mató a Ollo.

 

D. Antonio Lizárraga y Esquíroz, nació en Pamplona en 1817, comenzó su carrera militar en el Ejército Carlista durante la 1ª guerra a los 17 años como soldado. Al finalizar la guerra, se acogió al Convenio de Vergara, reconociéndosele el grado de Teniente del Ejército Liberal. Prestó servicio con el Ejército Gubernamental en Cataluña, en 1848, durante la 2ª Guerra Carlista, ascendiendo a Capitán y siendo condecorado con la Cruz de San Fernando de 1ª Clase. Ascendido a Comandante del Batallón de Cazadores de Arapiles en 1860, lo fue a Teniente Coronel en 1866 tras intervenir en la represión del Motín de San Gil. Se opuso a la Revolución de 1868 y se presentó a Carlos VII en 1869, quien le ascendió a Coronel. Perteneció a la Junta de Bayona durante el primer alzamiento de 1872. Ascendido a Brigadier en 1873 por Dorregaray, pasó a Guipúzcoa el 6 de Enero como Comandante General de ese territorio, donde organizó el Batallón de Cazadores de Azpeitia, con el que combatió en Eraul. Su dirección de la guerra en Guipúzcoa motivó su ascenso a Mariscal de Campo y a la condecoración de la Cruz Roja Militar de 1ª Clase en Diciembre de 1873. Sin embargo, sus desavenencias con Dorregaray y el Diputado General de dicho territorio, Dorronsoro, motivaron el que se le nombrara Comandante General de Aragón a principios de 1874.

Acusado en ocasiones de excesiva prudencia en la dirección de la guerra, de profunda religiosidad, sus detractores y los panegiristas de Santa Cruz llegaron a manifestar que debió nombrarse al cura para el alto mando de Guipúzcoa, y a Lizárraga su capellán. Fue, sin embargo, un mando efectivo y valiente en la guerra regular, y de absoluta lealtad en las misiones difíciles, casi suicidas, como en la defensa de la Seo de Urgel.

Las fuerzas realistas que combatieron en Eraul, eran unidades aguerridas, pero apenas entrenadas, surgidas de partidas guerrilleras reunidas unos meses antes. Así, En Abárzuza, entre el 22 y 27 de Marzo, Dorregaray había logrado un cierto respiro en sus constantes retiradas, que le permitió la estructuración de dos batallones de infantería y el entrenamiento de las unidades concentradas hasta entonces. Probablemente, fue el único adiestramiento regular que recibieron al inicio de la guerra. La tropa nunca había combatido en línea hasta esa fecha. Por otro lado, algunas compañías que componían el Batallón de Cazadores de Azpeitia de Lizárraga eran tropas que habían desertado del ejército enemigo, teniendo por tanto una instrucción y disciplina superiores.

En teoría se trataba de voluntarios, y como tales se les calificaba en los partes y proclamas carlistas. Sin embargo, también es cierto que las instituciones carlistas habían decretado la movilización general de todos los hombres de edad comprendida entre los 18 y 40 años. Esto conllevaba que muchos de aquellos hombres podían haber sido alistados bajo coacción en aquellas poblaciones en las que las partidas y guerrillas habían entrado. Por otro lado, no cabe duda de que en su gran mayoría se trataba de hombres fuertemente concienciados en los fundamentos políticos y religiosos en los que se basaba el levantamiento, como acredita la fiereza con la que lucharon en esta y en futuras acciones.

Por aquellas fechas, todavía eran unidades apenas equipadas. En la mayor parte de los casos las plazas estaban sin uniformar, y su armamento era bastante heterogéneo. Por otro lado, los batallones 1º y 2º de Navarra habían logrado equiparse de fusiles Remington en casi su totalidad. El 3º todavía se armaría de fusiles Berdam. Sin embargo, es probable que muchos hombres estuvieran armados con escopetas de caza o carabinas de su propiedad, y algunos simplemente con palos. La unidad básica del Ejército carlista, el Batallón, se componía teóricamente de 900 plazas. A pesar de ello, es dudoso que las compañías estuvieran al completo. El periodo de marchas y contramarchas que precedieron a la batalla, la tentación que suponía el indulto a los que entregaran las armas, las bajas sufridas entre heridos y prisioneros en las distintas acciones, reducirían notablemente los efectivos reales.

Así mismo, la caballería carlista, que tan decisiva participación iba a tener en la acción del 5 de Mayo, era un arma netamente en ciernes. Mal uniformada y equipada, apenas adiestrada, había sido creada bajo la iniciativa de Pérula, mediante la requisa de monturas en los pueblos, o bien mediante la aportación de los propios jinetes que se presentaban en la partida de aquel guerrillero. En algunos casos se carecía hasta de sillas montar, y las que había no eran reglamentarias. Sin embargo, contaban con el apoyo de un escuadrón de húsares se había pasado del campo contrario con todo su equipo, poco antes de la batalla.

La valoración numérica de las fuerzas carlistas participantes realizada por los historiadores liberales es, a mi entender notoriamente exagerada. Así, la Narración Militar de la Guerra Carlista, las cifra en 4.000 hombres. Antonio Pirala en La Ilustración Española y Americana, en 3.500. Sin duda, las fuerzas legitimistas superaban a las fuerzas gubernamentales, pero considero más realista la numeración dada por Antonio Brea en el Estandarte Real, de 1.800 efectivos carlistas, dado que, en caso contrario las sucesivas cargas realizadas en la acción por el republicano Coronel Navarro podrían considerarse más un acto de locura que de valor, el cual fue públicamente ponderado por propios y adversarios.

En tal sentido, es de destacar que por parte legitimista, en la acción participaron el 1º, 2º y 3º Batallones de Navarra (los dos últimos de reciente formación). A parte de la reducción de fuerzas por los motivos arriba aducidos, hay que recordar que cuatro compañías del Batallón del Rey, 1º de Navarra, se hallaban aisladas con Pérula en Alava. Igualmente reducido se encontraba el Batallón de Cazadores de Azpeitia, 2º de Guipúzcoa, que mandaba el Teniente Coronel Ramón de Inestrilla, bajo las órdenes de Lizárraga, que no alcanzaba las 400 plazas. Así mismo, tuvo una intervención destacada la Compañía de Guías de Castilla, conformada por los primeros voluntarios de esta región, y por oficiales sin mando que combatían como soldados rasos hasta encontrar destino. Combatieron también los alaveses de Llorente. Finalmente, Valdespina comandaba cincuenta jinetes, entre ellos el escuadrón de húsares mencionados, que se había pasado del campo contrario.

 

 

Mandos y Ejército Republicano:

 

Los propios historiadores contemporáneos a la batalla de Eraul, reconocen que hubo causas estructurales en la derrota, que trascendían a la propia iniciativa del Coronel Navarro, sin embargo, éste fue el oficial superior de las unidades republicanas que combatieron en Eraul, y quien dio la orden de ataque a las tropas que comandaba sobre el campo de batalla, sin recibir órdenes superiores.

 

D. Joaquín Navarro y Fernández:
El Coronel de la columna republicana que se enfrentó a los carlistas en Eraúl, pertenecía a la nueva hornada de jóvenes oficiales profesionales surgidos de las modernas teorías militares desarrolladas por el General Concha. De 33 años de edad, era comandante del Cuerpo de Estado Mayor del Ejército, considerado brillante y pundonoroso. Combatió en Cuba, y ganó dos cruces de San Fernando, formando parte del Estado Mayor del Capitán General Marqués de Novaliches, durante la batalla de Alcolea. Fue destinado al Ejército del Norte al producirse el levantamiento carlista, siendo nombrado comandante de la Escolta del Estado Mayor de aquel por el General Pavía, en Marzo de aquel año. Posteriormente, el General Nouvilas, siguiente comandante general de las fuerzas del Norte, le puso al mando de una columna destinada a la persecución de las facciones realistas. Durante aquellas jornadas, se condujo con eficacia y actuó siempre en coordinación con las otras fuerzas amigas con las que combinaba movimientos.

Las unidades que comandaba pertenecían al Ejército de Operaciones del Norte del que se calcula se componía de unos 25.000 efectivos en las fechas en las que se desarrolló la acción, la más potente fuerza bélica de la península por aquella fechas. A pesar del apreciable número de efectivos, es de destacar que se trataba de una fuerza apenas cohesionada, dividida en pequeñas columnas y guarniciones, especialmente destinadas a patrullar las comarcas en las que podrían concentrarse el enemigo, escoltar convoyes de suministros y correos, y proteger depósitos, enlaces ferroviarios y poblaciones para evitar que cayeran en manos carlistas.

Esta dispersión había contribuido a un mayor dominio del territorio, a lo que se añadió el buen estado general de las comunicaciones, y el uso del ferrocarril como recurso para traslado de refuerzos y suministros. Por otro lado, los oficiales del ejército eran todos hombres de academia surgidos de la reforma militar propugnada por el Marqués de Duero, bien formada conforme a criterios educativos de aquel periodo.

Sin embargo, el Ejército gubernamental adolecía de una serie de problemas derivados en gran medida del cambio de régimen. Si bien, y contra todo lo esperado por los legitimistas, el grueso del Ejército se mantuvo fiel al gobierno de la República, la inestabilidad política que devino dañó la moral y la disciplina de la tropa. Muchas unidades destinadas en el Norte parecían cercanas a la sublevación. Poco antes de Eraul, la guarnición de Bilbao se negó a salir de la villa para contener a las guerrillas carlistas, sin haber recibido previamente la paga. En Cataluña, muchos historiadores creen que la muerte del general Cabrinety en la acción de Alpens fue provocada por sus propios hombres.

La tropa se nutría fundamentalmente del sistema de reclutamiento mediante reemplazos surgida de la Ley de Reclutamiento de 1869. El sistema de la compra de la exclusión por parte de las familias pudientes, hacía del mismo un régimen evidentemente injusto y, por tanto, hacía la llamada a filas algo realmente impopular, sobre todo en las clases más desfavorecidas.

El desmantelamiento de las instituciones centrales motivó que el ejército regular sufriera un cierto caos organizativo. Las unidades estaban incompletas, faltaban municiones, hubo favoritismos de última hora para los puestos de responsabilidad que motivaron repentinos cambios en los mandos superiores del escalafón, lo que dio lugar a reorganizaciones repentinas y mal elaboradas, y a falta de confianza por parte de la tropa.
Por otro lado, en 1873 de forma prácticamente mensual se cambió el responsable del Ministerio del Ejército así como el General en Jefe del Ejército de Operaciones del Norte. De esta forma era materialmente imposible una planificación estratégica de la campaña contra los legitimistas. Ningún mando superior estaba el tiempo suficiente en el cargo como para influir con sus disposiciones en el refrenamiento del levantamiento. Los mandos previos a Pavía intentaron coordinar el movimiento de sus columnas de patrulla aprovechando el telégrafo, pero los rápidos movimientos de las partidas carlistas hacía que las órdenes surgidas del centro de mando quedaran obsoletas casi de forma inmediata.

Por tal motivo, Pavía, que tomó el mando en Marzo de 1873, había conferido una autonomía de mando a las columnas que patrullaban y perseguían a las partidas carlistas, siempre y cuando maniobraran en coordinación con otras unidades de cara a un objetivo definido. Dicha disposición fue confirmada por el siguiente general al mando, Nouvilas, llegado en Abril de 1873, y permitía un desarrollo más realista de los movimientos de las pequeñas unidades conforme a las necesidades del momento, como acredita el acoso al que sometieron a las fuerzas de Dorregaray en Abril de 1873, si bien no posibilitó una concepción estratégica de conjunto.

Cuando se produjo la derrota de Eraul, el Ejercito de Operaciones estaba sin mando superior, dado que el General Nouvilas había sido llamado a Madrid para ocupar el puesto de Ministro de Guerra, sin que se nombrara un mando interino. Sin duda, esto contribuyó en gran medida a la misma al no poder contar los comandantes de columna con un oficial superior que autorizara el ataque o el empeño del combate.
La infantería republicana era heredera de una sucesión de reformas estructurales derivadas de la Revolución de 1868. los Regimientos se componían de dos batallones de seis compañías de 150 hombres cada uno, lo que motivo la reducción de su potencia efectiva en un tercio. Cada Regimiento por tanto contaba con unos efectivos teóricos de 1800 hombres. Si bien, en campaña, las columnas republicanas tenían diversa formación pudiendo componerse de compañías o batallones de distintos regimientos.

Esencialmente, la infantería se dividía en unidades de cazadores, o infantería ligera, e infantería de línea. La primera se trataba de unidades de especial veteranía, conformada especialmente por fuerzas regulares. Su equipamiento era semejante. Ros, casaca azul, o capote en invierno, y pantalón rojo, complementado por una manta cruzada sobre el hombro. En 1871 se había impuesto como arma básica reglamentaria el fúsil Remington, de retrocarga y cartucho metálico, que sustituyó al Berdam.

Navarro contaba en su columna con un batallón de Cazadores mandado por el Comandante Braulio García del Regimiento de Sevilla, con el Comandante Valles como segundo, cuyo superior era el Teniente Coronel Martínez, que también participó en la batalla. Un Batallón de Barbastro, “cuya disciplina dejaba mucho que desear”, dirigido por el Comandante Batllé . Así mismo, combatieron como infantería dos compañías, 1ª y 6ª, del 3º Regimiento de Ingenieros, comandados por el Teniente Coronel Acellana.

La caballería en aquel periodo se componía de tres tipos de unidades: Lanceros, Cazadores y Húsares. En 1873, su presencia en el Ejército de Operaciones del Norte fue meramente testimonial, y fue destinada especialmente a labores de escolta, correo y reconocimiento, casi siempre en pequeñas unidades, debido a que la naturaleza del terreno en el que se desarrolló aquella parte de la guerra, no permitía el uso de grandes masas de este arma. Navarro contó en Eraul con una sección del Regimiento de Lanceros de Villaviciosa, cuyo comportamiento fue igualmente dudoso, contando con unos cuarenta jinetes.

El jefe republicano contaba también con el apoyo de una sección de dos piezas de artillería Krupp. La artillería republicana fue el arma del Ejército que sufrió con más intensidad la situación de inestabilidad política vivida en los últimos años. Disuelta y destituidos sus mandos por insubordinación el 8 de febrero de 1873, este acto del último gobierno monárquico del Presidente Ruiz Zorrilla, dio lugar a la abdicación del Rey Amadeo I. Este desmantelamiento se intentó reconducir con el subsiguiente ascenso de suboficiales y artilleros hasta completar el escalafón, lo que no hizo si no incrementar el caos generado. Esto motivó que algunos oficiales se presentaran a las órdenes de Don Carlos formando los cimientos de la artillería carlista.

En Eraul nacía ésta con la captura de su primer cañón, al que apodaron “El Abuelo”.

Si bien algunos historiadores militares liberales calculan en 900 hombres los efectivos totales de Navarro, sin duda son más cercanas a la realidad los atribuidos por los historiadores carlistas Hernando y Brea, de 1.200 hombres. Este número es ratificado por Pirala en La Ilustración… en la crónica contemporánea de la batalla.

 

 

1ª y 2ª BATALLAS DE MONTEJURRA

 

1ª BATALLA DE MONTEJURRA 16 DE NOVIEMBRE DE 1835 primera guerra carlista

El general Cristino Fernández de Córdova había entrado en Estella el día 15 sin apenas resistencia por parte de los carlistas, ya que replegaron sin combatir a la vista de la superioridad del enemigo. Pero esta entrada obedecía a un sentimiento de vanidad, ya que la situación era insostenible, sobre todo cuando el general Eguía, que estaba en Galdácano, acudió a recuperar la plaza. También lo hizo el general García con el refuerzo de los batalladores guipuzcoanos, vizcaínos castellanos que le llevó el general alavés Villareal. Eguía se dispuso a atacar a Córdova tanto en Estella como si salía de la ciudad. Ocurrido esto último los carlistas se desplazaron hacia Irache para coronar Montejurra, cosa que también la izquierda lo hacía en Muniáin. Generalizada la batalla, sólo a costa de grandes pérdidas lograron los cristinos continuar la marcha, si bien a duras penas lograron salir de Allo, adonde llegaron en estado de dispersión.

Después de la batalla hubo en Estella Te Deum y las tropas desfilaron ante el pretendiente.

En la acción de Monreal, el batallón de Radica , como familiarmente le llamaban los voluntarios, se lanzó sin bayonetas sobre la artillería enemiga, y en la victoria de Eraúl (5.5.1873) ganó la placa roja de la Real orden del mérito militar.

 

2.ª Batalla (7, 8 y 9 noviembre 1873) tercera guerra carlista

Fue uno de los grandes choques de la 3.ª guerra carlista; se alinearon 17.000 hombres con más de 1.000 caballos y 28 cañones del lado republicano, y unos 8.000 ó 9.000 del carlista. Los confidentes del pretendiente habían avisado que el general Moriones concentraba sus fuerzas en Tafalla y Puente la Reina y venía de Logroño con la idea de entrar en Estella. El día 7 flanqueo las gargantas de la sierra de Cogollo, llevando como auxiliares a los generales Primo de Rivera, Ruiz Dana. Tello y otros. Por su parte el general carlista Ollo tomó inmediatamente sus disposiciones y colocó en línea los batallones 1° de Castilla, 1° de Arratia, de Durango, de Guernica y de la Rioja, más cuatro batallones de Álava, cinco navarros y unos 200 caballos mandados por el coronel Pérula y cuatro cañones de montaña. Al romper el fuego, se presentó el general Elío, y a mediodía lo hizo Carlos (VII), que estuvo junto a sus voluntarios presenciando los combates y los movimientos de sus batallones, que duraron todo el día y parte del siguiente, pese al mal tiempo reinante. La noche del 8 supieron los carlistas que Moriones se retiraba con grandes pérdidas y el general Elío ordenó su persecución. Hubo Te Deum en Estella, las tropas fueron revistadas por don Carlos y se creó una medalla conmemorativa de la victoria.

En conmemoración de la batalla, los carlistas se reúnen en romería en la cumbre del monte. En los últimos años del régimen de Franco y coincidiendo con la evolución ideológica del propio carlismo, el acto se convirtió en una manifestación de oposición. El proceso de escisión dentro del carlismo tuvo como consecuencia los enfrentamientos ocurridos en Montejurra en 1976, en el que murió R. Pellejero. A partir de dicho momento y con el nuevo régimen democrático el acto perdió parte de su carácter reivindicativo ha ido decayendo paulatinamente.

 

SITIO DE BILBAO

El sitio de Bilbao fue un enfrentamiento entre carlistas y republicanos en el marco de la Tercera Guerra Carlista. Las tropas del pretendiente Carlos María de Borbón sitiaron durante más de dos meses la plaza vizcaína, con el fin de hacerse con su importante posición comercial, necesaria para mejorar la economía carlista. Durante el asedio los carlistas bombardearon sin piedad la ciudad, no respetando lugares como iglesias u hospitales, siendo criticados por la prensa europea. La derrota de los facciosos supuso un duro golpe para Carlos VII, que al igual que en la Primera Guerra Carlista, la retirada en Bilbao hizo que la balanza se inclinase del lado republicano.

El pretendiente Carlos VII había cruzado la frontera en 1873, viendo que el levantamiento carlista previsto tenía éxito. Durante todo aquel año los facciosos se extendieron por las zonas de tradicional predominio carlista: el Norte, Cataluña y el Maestrazgo. Viendo que la guerra le era favorable, don Carlos mandó incomunicar Bilbao, para después sitiarlo y tomarlo. En agosto, solo su red marítima hacía que la ciudad mantuviese contacto con otras ciudades. El 29 de diciembre los carlistas tomaron el paso de Olabeaga, quedando la ría de Bilbao taponada. El 30 de diciembre el general carlista Antonio Dorregaray asedió Portugalete mientras Valdespina tomaba las cumbres circundantes a la ciudad. Finalmente Portugalete cayó el 21 de enero, tras haber recibido 2000 disparos. El mes siguiente los carlistas cerraron totalmente la ría, iniciando formalmente el sitio con los bombardeos del día 21 de febrero.

Los bombardeos comenzados el 21 dieron paso a asaltos carlistas a las posiciones defensivas de la ciudad. El día 25 los republicanos intentaron romper el cerco por Somorrostro, sin éxito. Más adelante, una nueva exitosa defensa carlista en Somorrostro, que fue además el más sangriento enfrentamiento de la guerra (más de 8000 bajas entre ambos bandos) puso contra las cuerdas a los defensores. La situación empeoró con la toma de Tolosa por el pretendiente, que dejó a Bilbao como última posesión republicana en Vizcaya. A pesar de las victorias carlistas, Serrano disponía de 48 batallones, un tercer intento de romper el cerco sería demasiado arriesgado para don Carlos. A finales de marzo, la muerte del general carlista Ollo causó un importante receso de moral entre las tropas, que admiraban al veterano comandante.

En abril el hambre empezó a ser un problema para los defensores, que ya sólo esperaban la llegada de refuerzos. En un último intento por romper el cerco, el día 29 de abril los republicanos atacaron el alto del Montaño, en Somorrostro . La confusión entre los carlistas fue máxima, los errores se multiplicaban en el bando faccioso. El 30 cayó Sopuerta y se mandó la retirada de Somorrostro. La derrota carlista era ya segura. Dorregaray ordenó la retirada y el 1 de mayo el último batallón carlista abandonó el cerco. El día siguiente los gubernamentales entraron en la villa, triunfantes.

La retirada en Bilbao supuso para los carlistas la pérdida de algunos de sus mejores generales (como Ollo, que luchaba por los carlistas desde 1833), que sumado a lo doloroso de la derrota, puesto que confiaban en la toma de la plaza, hizo que las tropas del pretendiente se vieran desmoralizadas. Aun así, la gran victoria carlista en Monte Muru reavivó los ánimos de las tropas tradicionalistas, que siguieron intentando tomar una gran plaza, como Pamplona o San Sebastián. La guerra en el Norte, a pesar de la derrota en Bilbao, ganó intensidad. No sería hasta la llegada de Alfonso XII, que dio estabilidad política a España, permitiendo la caída del frente carlista en Cataluña y Aragón cuando todo el ejército alfonsino (unos 120.000 soldados) pudo doblegar a Carlos VII, que apenas contaba con 33.000 hombres, ya en 1876. En definitiva, se puede decir que el sitio supuso un gran éxito para los gubernamentales, mas no por ello una definitiva derrota carlista.

 

BATALLA DE SOMORROSTRO

La batalla de Somorrostro fue uno de los episodios más trágicos de las guerras carlistas, saldándose según los historiadores con unos 3000 muertos y 8000 bajas en total por parte de ambos ejércitos. Las guerras carlistas desangraron el territorio español durante buena parte del siglo XIX. Se iniciaron con un conflicto sucesorio, cuando Fernando VII al no tener descendencia masculina, desposeyó de los derechos sucesorios al trono a su hermano Carlos María Isidro. Fernando VII en 1830 promulgó la Ley Pragmática, que le garantizaba el trono a su hija Isabel II. Esto inició una guerra entre los partidarios de ambos pretendientes que enfrentó asimismo dos concepciones del estado y de la sociedad: la tradicionalista y foralista (carlista) y la liberal. Las guerras (que fueron tres) se prolongaron hasta 1876, entre los sucesores de los que las iniciaron: Alfonso XII y el pretendiente Carlos VII.

No fue esta una «guerra total», en el sentido que en muchas regiones no hubo combate alguno. El ejército liberal era el ejército «oficial» del gobierno de Madrid, era un ejército pertrechado y uniformado, fácilmente reconocible por sus uniformes pardos y sus gorros tipo ros ó quepis. Por ello se les conoce en las crónicas como gubernamentales, republicanos ó simplemente el ejército. Los carlistas les llamaban despectivamente «guiris» o «negros».

El ejército carlista se agrupó alrededor del estado mayor del pretendiente y estaban menos uniformizados. Sólo los oficiales lucían uniforme completo, el distintivo común era la boina roja. Los liberales les llamaban «rebeldes» insurrectos» o «carcas».

Bajo el nombre de “Batalla de Somorrostro” se libraron tres combates en el invierno-primavera de 1874. El Ejército Liberal intentó en 3 ocasiones romper el sitio carlista de Bilbao; en los ataques de febrero y marzo no lo consiguió, debido a la enorme resistencia de los sitiadores, pero en el tercer intento, en abril, consiguió abrirse paso y levantar el cerco.

Corría el año 1874, Bilbao estaba sitiado por el mando carlista y se habían establecido dos líneas de combate en Ezkerraldea, una en el Valle de Somorrostro y otra en los altos de Castrejana, con el objetivo de detener el avance del Ejército Liberal. Con el general Mendiry al mando, la resistencia carlista detuvo a las tropas liberales del general Moriones, quienes fracasaron en su ataque a la línea carlista de Somorrostro los días 24 y 25 de febrero de 1874.

La segunda Batalla de Somorrostro comenzó la madrugada del 24 de marzo de 1874 con el fuego de la artillería de tierra y mar y el avance de los liberales, capitaneados por Letona, Loma y Primo de Rivera. Con el objetivo de hacerse con el municipio de San Pedro de Abanto, situado en medio de la línea carlista, los liberales intentaron avanzar hacia este punto pero no lo consiguieron. Voluntarios carlistas de diversas regiones se unieron a la batalla y el bando carlista se mantuvo firme en su defensa. El combate terminó, la madrugada del sábado 28 de marzo, a causa de la niebla. Cerca de 8.000 combatientes murieron en esta batalla, la mayoría liberales y hubo millares de heridos.

La Batalla de Somorrostro finalizó con un tercer combate que comenzó el 27 de abril y finalizó el 2 de mayo de 1874, cuando las tropas del general Concha desalojaron a los carlistas de Somorrostro y rompieron el bloqueo de Bilbao.

Muskiz y Abanto-Zierbena fueron escenario de estos tres combates, de la “Batalla de Somorrostro”, un importante episodio de nuestra historia acontecido hace ya 141 años.

 

ACCION DE SAN PEDRO DE ABANTO

La acción de San Pedro Abanto hace referencia a la batalla desarrollada en los alrededores de Bilbao (España) durante la Tercera Guerra Carlista, en lo que hoy es el término municipal de Abanto y Ciérvana, y que tuvo lugar del 25 al 27/28 de marzo de 1874 entre las tropas leales a la Primera República Española y los carlistas.

Sometida la ciudad de Bilbao a cerco carlista, durante el invierno de 1874 se sucedieron los intentos por parte de los ejércitos liberales para levantar el sitio. Por su parte, las tropas carlistas ocupaban posiciones dominantes y en altura en los alrededores, controlando los accesos y manteniendo el control de la zona, con el objetivo final de su conquista para poder establecer un puerto leal significativo y de gran capacidad. El conjunto de operaciones de ambos ejércitos mantuvo en equilibrio la situación hasta la llegada de la primavera. Varias unidades de los ejércitos alfonsinos se agruparon desde diferentes puntos de toda España para reforzar el Ejército del Norte. Entre ellas se encontraba el Primer regimiento de Infantería de Marina. La zona objeto de las operaciones en el Valle de Somorrostro estaba conformada por cuatro concejos: Santa Juliana de Abanto y San Román de Ciérvana, y San Pedro de Abanto (conocidas popularmente como Abanto de Suso y Abanto de Yuso), San Julián de Musquiz (actual Musques) y San Salvador del Valle. Muy cerca de ellas Santurce y Sestao. El 25 de marzo de 1874, las tropas gubernamentales atacaron las posiciones carlistas consiguiendo romper el cerco, lo que se considera una de las primeras y más brillantes acciones de la Infantería de Marina española. No obstante, la brillante acción no consiguió todos sus objetivos y, aunque el sitio de Bilbao se levantó parcialmente, ambos ejércitos sufrieron numerosas bajas (entre 2.000 y 2.200 hombres cada uno). A finales de marzo todavía mantenían las tropas carlistas posiciones de privilegio en la zona. No sería hasta finales de abril cuando el ejército republicano consiguiera lanzar una mayor ofensiva, con más de 17.000 hombres, y dejar libre el paso a Bilbao provocando la retirada carlista definitiva el 2 de mayo.

 

 

 

BATALLA DE LAS MUÑECAS Y GALDAMES

Durante la última guerra carlista, en los últimos días del mes de abril de 1874, se libraron las batallas de Las Muñecas y Galdames, sendas victorias del Ejército gubernativo del norte sobre las tropas carlistas del general Elío, las cuales, al replegarse hacia el interior de Vizcaya, dejaron el paso libre hacia Bilbao, cuyo sitio levantaron, siendo el triunfo del general Concha en esas cumbres de Las Encartaciones el preludio de la liberación de Bilbao. La operación que culminó en las victorias de Las Muñecas y Galdames se gestó cuidadosamente desde mediados del mes de abril y su artífice fue el general Concha. La táctica de Concha fue la de confundir a Elío. Le engañó haciéndole creer que preparaba un movimiento envolvente por Carranza.

Elío distrajo fuerzas para no acudir a esa parte; al ampliar la línea carlista, la debilitó, porque no disponía de soldados suficientes para defenderla en toda su extensión de tres leguas. Hacia el día 26 Elío se había situado en Traslaviña, teniendo a Andéchaga y Yoldi en Talledo y Las Muñecas, es decir, a la derecha, y a Velasco a la izquierda, en Arcentales.

En Abanto seguía Dorregaray. No creía que Concha se atreviese con la fortaleza natural de Las Muñecas. El lunes 27, Concha se instaló en Otañes y al día siguiente atacó por varios sitios para despistar a Elío. Se dirigió Concha contra el pueblo de Talledo, donde estaba Andéchaga. Este, al salir del pueblo, fue alcanzado por un proyectil y murió. Después de prolongada lucha y resistencia, Concha, que combatía en primera línea, conquistó Las Muñecas, defendida por los carlistas castellanos. El general Concha continuó desconcertando a Elío.

El día 29 de abril, las tropas del marqués del Duero amagaron por varios sitios al tiempo.

Continuó el fuego sobre la línea de Abanto. Se avanzó por el valle de Galdames en medio de la niebla y la lluvia. Elío abandonó Sopuerta y se replegó a Galdames, y luego a Güeñes. El jueves, día 30, Concha esperó al atardecer para atacar, y lo hizo, ya de noche, sobre las cumbres de San Esteban de Galdames, defendidas por el comandante Solana y un heroico grupo de carlistas del 4.° de Castilla. Al filo de las doce de la noche, los carlistas se replegaron hacia Sodupe.

Entre tanto, Elío había ordenado el repliegue inmediato de Dorregaray desde Abanto para no ser cortado en su camino por Concha. Y todos iniciaron la retirada general de esta parte de Vizcaya, que pasó al dominio del marqués del Duero, el cual fue pisando los talones a los carlistas por Alonsótegui y Castrejana, en dirección a Bilbao, cuyo sitio fue levantado en la noche del primero de mayo.

 

LA BATALLA DE ABARZUZA

La batalla de Abárzuza (o Monte Muro) fue un enfrentamiento entre carlistas y republicanos durante la Tercera Guerra Carlista. La batalla se convirtió en una catástrofe para los republicanos, a pesar de que doblaban en número a su enemigo, muriendo el general republicano Concha y quedando su ejército disperso.

En 1873 los carlistas habían logrado causar graves problemas al gobierno, viendo el buen rumbo de la guerra pretendieron tomar Bilbao. Tras dos meses de asedio, el cerco fue finalmente roto y los carlistas, desmoralizados y dispersos, emprendieron la retirada. El gobierno se propuso acabar la guerra ese año tomando la capital del «estado carlista», Estella. Casi 50.000 hombres al mando del general Concha fueron enviados para cumplir la misión. En junio de 1874 el ejército gubernamenteal se cruzó en su camino hacia Estella, cerca de Abárzuza, con el grueso del ejército carlista cuando se dirigía en retirada a la capital tradicionalista, recibió órdenes de detener al enemigo. Concha no lo dudó y mandó atacar.

El día 25 de junio los republicanos cruzaron el río Erga y tomaron el pueblo de Villatuerta, con una mínima oposición carlista. Inicialmente, se lograron los objetivos, pero aun así los carlistas resistieron y la lucha se prolongó. El segundo día la batalla se estancó, las municiones de los liberales no llegaron y la lluvia hizo imposibles los movimientos. Finalmente arribaron los alimentos al tercer día, pero las carretas quedaron atascadas y solo se recuperó una sexta parte de los víveres, siendo esto poca comida para 50.000 exhaustos soldados. Los liberales debían tomar el Monte Muro para poder hacerse con Estella, pero ésta loma estaba fuertemente defendida por las tropas carlistas.

Fue finalmente a las cuatro de la tarde de aquel día 27 cuando se lanzó el ataque republicano. Sin embargo, la tempestad, que no amainaba, hacía que los atacantes se dispersasen y se viesen sin fuerzas mientras subían la colina, siendo disparados a placer por los carlistas. Viendo la incapacidad del ejército liberal, que estaba mal alimentado y peor situado, el general carlista Dorregaray ordenó un contraataque. Concha comprendió que la batalla se perdía, así que él mismo comandó una nueva ofensiva con las tropas de reserva. Tras un infructuoso intento de romper las líneas carlistas, trató de bajar la colina y proseguir el siguiente día, sin embargo, el general fue alcanzado por una descarga carlista, que lo dejó moribundo. Falleció finalmente en Abárzuza y sus tropas comenzaron en silencio la retirada en cuanto cayó la noche. Los carlistas habían logrado la victoria.

Las consecuencias pudieron ser funestas para la república, tanto que hasta las fuerzas de reserva y logísticas tuvieron que intervenir en la misma para evitar la debacle, pues con el ejército liberal desmembrado por compañías incompletas, don Carlos pudo haber atacado incluso hacia la capital, ganando posiblemente en un supuesto la guerra. Sin embargo, la falta de visión de los mandos carlistas hizo que estos se conformasen con proseguir el conflicto, sabiendose inferiores en números, hecho éste que de haber sido derrotados en Monte Muro, hubiese sido imposible. Aun así, la pérdida del general Concha, el ánimo que inflamó a los carlistas y las convulsiones políticas que causó la batalla en el gobierno republicano, hicieron de éste combate una importante derrota gubernamental, dentro de esta guerra civil.

 

BATALLA DE OTEIZA

Tras la derrota en Monte Muro las acciones bélicas quedaron congeladas, pero, apenas unas semanas más tarde, la incomunicación con Vitoria obligaba a los republicanos a tomar Oteiza, que había sido fuertemente fortificada por los carlistas. Mi tatarabuelo Antonio López marchaba en la retaguardia, pero al llegar a dos kilómetros del pueblo, su batallón pasó a la vanguardia del ataque, siendo los primeros en recibir, a las once de la mañana, el fuego adversario. Una hora y media más tarde, el Regimiento de Zamora, que ocupaba el ala derecha, estaba a sólo cincuenta metros del enemigo. Las fuerzas republicanas arrollaron a cuatro compañías rivales, lo cual decidió el éxito de la jornada porque éstos ya no pudieron restablecer la línea de frente.

A principios de Septiembre los carlistas mantenían el bloqueo de Pamplona. La ciudad carecía de víveres, lo cual obligaba a los republicanos a romper el sitio con el objetivo de llevarles provisiones, pero si querían llegar a la ciudad tenían que atravesar antes El Carrascal, un desfiladero donde los enemigos habían colocado fuertes defensas. Morriones, que era el Jefe del Ejército Liberal, no quería desgastar a sus soldados en otro combate frontal e ideó una estrategia que levantara el asedio con las mínimas bajas posibles. Ordenó simular un ataque a Estella, la capital del carlismo, que hizo que éstos abandonaran el desfiladero y fueran en su socorro, momento que aprovecharon los republicanos para llegar hasta Pamplona con provisiones.

Un par de batallones no entraron en la ciudad, sus órdenes eran proteger la retaguardia en Unzué, un pueblo cercano. Cuando los adversarios se dieron cuenta del engaño, volvieron a lanzar a sus tropas, que fueron retenidas por el regimiento. Como ya había pasado en la batalla de Monte Muro, se mantuvieron conteniendo la embestida contraria hasta que los últimos soldados republicanos cruzaron el puente sobre el río Cidacos y todos pudieron regresar.

Languidecía el año 1874, los combates habían sido duros todo el año y ambos bandos necesitaban tiempo para reorganizarse y proseguir la lucha. La toma de Oteiza y el levantamiento del bloqueo la capital navarra, ofrecieron pequeñas victorias que apenas dieron un respiro porque, en los últimos días del año, derribaron la republica y volvió a instaurarse la monarquía. Con la llegada del nuevo rey, Alfonso XII, los carlistas se debilitaron, los monárquicos que habían abandonado la república, dejaron ahora el bando del carlismo, que poco a poco comenzaría a perder la guerra.

El 26 de enero el nuevo rey pasaba revista a sus tropas que desfilaron en una parada militar en las afueras de Peralta. El plan se centraba en el levantamiento definitivo del sitio de Pamplona, ciudad que, por su parte, pretendían conquistar los carlistas. El combate se libró duramente en los alrededores del Monte Esquinza. Puente la Reina, fue conquistado en presencia del rey. Los liberales conseguían así levantar el asedio, pero, en un último esfuerzo desesperado del enemigo, en la batalla de Lácar, Alfonso XII estuvo a punto de ser hecho prisionero y los liberales sufrieron muchas bajas.

Los combates cesaron. Era invierno y el clima no permitía desarrollar ninguna maniobra coherente. Alfonso XII, escarmentado por sus experiencias en el frente, marchó a Madrid, desde donde ordenó una leva de soldados con el objetivo de reforzar el ejército y acabar de una vez con la guerra. En Navarra mientras tanto, tras la liberación de su capital, las tropas se dedicaron al servicio de trincheras y fortificaciones, . Un temporal de nieve, hielo y un fuerte viento glacial dificultó estas tareas.

En el verano de 1875 languidecía la contienda en el norte porque el esfuerzo bélico se concentraba en el este. Allí, tras el sometimiento de los carlistas en Cataluña, éstos trataron de desplazar sus divisiones hacia el frente de Navarra. Los batallones liberales marcharon hacia el norte de esta región. El 3 de septiembre se tomó Aoiz, que había sido fortificada por el enemigo.

Con el fin de la contienda en el este, estaba cantado que la resistencia del carlismo en el norte no podía durar mucho tiempo y, a principios de febrero de 1.876, el estado de su moral anticipaba la derrota. Nevó durante varios días y los caminos quedaron impracticables, parando cualquier actividad. El siguiente objetivo de los liberales era controlar el valle del río Deva y para ello debían atacar el puerto de Elgueta, defendido no sólo por la orografía, sino también por la artillería e infantería enemiga.

Los carlistas se retiraron, pero a diferencia de otras veces, varias unidades empezaron a desintegrarse por la deserción de sus soldados. Antonio participó entonces en las operaciones bajo la división del rey en Tolosa, permaneciendo en Guipúzcoa hasta el final de la campaña. Con la derrota, los carlistas marcharon a sus casas y su aspirante al trono, el príncipe Carlos, al exilio, después haber renunciado a la corona. Pero las ideas ultrconservadoras y tradicionalistas del carlismo siguieron existiendo y sesenta años después de haber luchado contra un régimen republicano, volverían a levantarse en armas contra la Segunda República

 

SITIO DE PAMPLONA 1874 – 1875

El sitio de Pamplona por los carlistas fue una acción durante la Tercera Guerra Carlista. La nueva derrota carlista permitió a los alfonsinos empezar a recuperar el teritorio perdido en Navarra, propiciando así el fin de la guerra.

Tras la batalla de Abárzuza los carlistas habían reavivado el conflicto. Decididos pues a tomar una gran plaza, los tradicionalistas asediaron Vitoria, Irún, San Sebastián y Pamplona. Esta última era ya rondada por las fuerzas de Carlos VII desde 1873, pero no fue hasta aquel año de 1874 cuando los carlistas atacaron decididamente la capital navarra. El general Mendiry venció a Moriones en Biurrun y ocupó los montes de San Cristóbal y Miravalles, desde donde bombardeó la ciudad constantemente. El sitio marchaba bien, sin embargo, algunos generales carlistas fueron acusados de la falta de arrojo en el sitio de Irún, que había sido levantado. Esto afectó directamente al cerco de Pamplona, pues el siguiente damnificado fue Mendiry, que dirigía este asedio, siendo atacado por los más radicales carlistas. Esto obligó al general a intensificar la lucha, ya que tomar la ciudad sería importante para su dañada reputación.

Todo parecía indicar que Pamplona caería. Sin embargo el 29 de diciembre de 1874 el general Martínez Campos proclamó a Alfonso XII como rey de España y muchos carlistas moderados pasaron al bando alfonsino. Esto debilitó enormemente a los carlistas, que en aquel inicio de 1875 se vieron acosados por una gran fuerza liberal. Mendiry, que había desguarecido Eskinza, permitió que sus enemigos tomaran esta posición y pudiesen ocupar Lácar y Lorca, quedando así franco el paso a Pamplona, que se culminó el 2 de febrero con la entrada de 35.000 hombres al mando de Domingo Moriones en la ciudad y los carlistas retirándose de las últimas posiciones en la periferia.

A pesar de que San Sebastián y Vitoria seguían sitiadas y Alfonso XII fue derrotado en Lácar un día después del final del sitio, la guerra empezó a torcerse para los carlistas ese año de 1875. El bando alfonsino se vio reforzado por la multitud de carlistas que abandonaron a don Carlos. Esto propició la gran ofensiva en el norte ya mencionada que tras la liberación de Pamplona supuso el comienzo de la retirada facciosa en Navarra, por lo que esta acción fue de vital importancia para las posteriores acciones bélicas en la región.

 

 

 

1ª y 2ª BATALLAS DE MONTEJURRA

 

1.ª Batalla (16 noviembre 1835)

El general Cristino Fernández de Córdova había entrado en Estella el día 15 sin apenas resistencia por parte de los carlistas, ya que replegaron sin combatir a la vista de la superioridad del enemigo. Pero esta entrada obedecía a un sentimiento de vanidad, ya que la situación era insostenible, sobre todo cuando el general Eguía, que estaba en Galdácano, acudió a recuperar la plaza. También lo hizo el general García con el refuerzo de los batalladores guipuzcoanos, vizcaínos castellanos que le llevó el general alavés Villareal. Eguía se dispuso a atacar a Córdova tanto en Estella como si salía de la ciudad. Ocurrido esto último los carlistas se desplazaron hacia Irache para coronar Montejurra, cosa que también la izquierda lo hacía en Muniáin. Generalizada la batalla, sólo a costa de grandes pérdidas lograron los cristinos continuar la marcha, si bien a duras penas lograron salir de Allo, adonde llegaron en estado de dispersión.

En la acción de Monreal, el batallón de Radica , como familiarmente le llamaban los voluntarios, se lanzó sin bayonetas sobre la artillería enemiga, y en la victoria de Eraúl (5.5.1873) ganó la placa roja de la Real orden del mérito militar.

 

2.ª Batalla (7, 8 y 9 noviembre 1873)

Fue uno de los grandes choques de la 3.ª guerra carlista; se alinearon 17.000 hombres con más de 1.000 caballos y 28 cañones del lado republicano, y unos 8.000 ó 9.000 del carlista. Los confidentes del pretendiente habían avisado que el general Moriones concentraba sus fuerzas en Tafalla y Puente la Reina y venía de Logroño con la idea de entrar en Estella. El día 7 flanqueo las gargantas de la sierra de Cogollo, llevando como auxiliares a los generales Primo de Rivera, Ruiz Dana. Tello y otros. Por su parte el general carlista Ollo tomó inmediatamente sus disposiciones y colocó en línea los batallones 1° de Castilla, 1° de Arratia, de Durango, de Guernica y de la Rioja, más cuatro batallones de Álava, cinco navarros y unos 200 caballos mandados por el coronel Pérula y cuatro cañones de montaña. Al romper el fuego, se presentó el general Elío, y a mediodía lo hizo Carlos (VII), que estuvo junto a sus voluntarios presenciando los combates y los movimientos de sus batallones, que duraron todo el día y parte del siguiente, pese al mal tiempo reinante. La noche del 8 supieron los carlistas que Moriones se retiraba con grandes pérdidas y el general Elío ordenó su persecución. Hubo Te Deum en Estella, las tropas fueron revistadas por don Carlos y se creó una medalla conmemorativa de la victoria.

En conmemoración de la batalla, los carlistas se reúnen en romería en la cumbre del monte. En los últimos años del régimen de Franco y coincidiendo con la evolución ideológica del propio carlismo, el acto se convirtió en una manifestación de oposición. El proceso de escisión dentro del carlismo tuvo como consecuencia los enfrentamientos ocurridos en Montejurra en 1976, en el que murió R. Pellejero. A partir de dicho momento y con el nuevo régimen democrático el acto perdió parte de su carácter reivindicativo ha ido decayendo paulatinamente.

 

BATALLA DE ABADIANO

El 15 de noviembre de 1876 se enfrentaron carlistas y liberales. Es la última acción de importancia registrada en Bizkaia cuando ya la guerra tocaba a su fin. Fueron derrotados los batallones carlistas de Carasa, Cavero y Ugarte por las divisiones liberales mandadas por Loma, Goyeneche, Álvarez Maldonado y Villegas. La retirada se efectuó por el alto de Elgueta con dirección a Zumarraga.

 

LA BATALLA DE SAN MARCIAL

La San Marcial, también conocida como la de la despedida del Carlismo, fue un combate sucedido entre el 29 y el 30 de octubre de 1876, durante la Tercera Guerra Carlista en el campo de operaciones del Norte, más concretamente en la zona del País Vasco. Fue una acción de destrozamiento de represalia a los carlistas por la soberbia de la sublevación tras el comienzo del reinado de Alfonso XII que había arraigado en toda la zona de habla vasca. Todo se inicia el 28 de octubre, a raíz del movimiento a la plaza de San Sebastián de una columna liberal, debido a informes en los cuales se tenía noticia de fuerzas carlistas en dicho pueblo. Una vez en la zona, dicha columna fue sorprendida por las unidades carlistas empezando así las operaciones enfrentando a lo que quedaba del ejército carlista con el ejército del Norte de los liberales. La columna de socorro, con compañías de transporte a caballo que salieron del cuerpo del ejército de Cataluña que ya había terminado sus funciones ayudó a ganar las posiciones a retaguardia para sitiar la plaza. Las numerosas fuerzas liberales en la zona y estar dichas fuerzas en terreno ventajoso sobre el pueblo hacen que decidan replegarse hacia Irún para evitar la definitiva derrota.

Las unidades Carlistas desmoralizadas apenas lucharan con la misma moral en las siguientes batallas. Nunca más rodearan a las tropas liberales, las cuales eran atacadas por todos los frentes nacionales. A raíz de estos combates el rey felón Carlos VII dirá su dichosa frase al estilo Swarzeneger «Volveré», nunca lo hará.

La compañía de transporte y caballería logra poner en aprietos a los carlistas que ante el empuje de las tropas de infantería y artillería liberal terminan por abandonar la plaza y partir hacia sus últimos reductos en la frontera vasca, el sueño de los Borbones sálicos se terminaba prácticamente al caer gran parte de sus tropas en dicha batalla, y el resto que salía huyendo, las deserciones en sus filas harán que la causa acabe definitivamente. A pesar de haber habido lucha a la bayoneta y hacerlos retirar dentro de la población, al ser sitiados huyen por el único lugar que podían hacerlo. Se hacen prisioneros y se cuentan las bajas. El fuego duró horas aún. Por la mañana vino el rey con las fuerzas a su mando y dio la batalla por ganada.

 

LA TOMA DE CUENCA

La toma de Cuenca fue un enfrentamiento entre republicanos y carlistas durante la Tercera Guerra Carlista. En este choque, los carlistas lograron el dominio de Cuenca, que fue saqueada, además Alfonso Carlos, hermano del pretendiente Carlos VII, ejerció una dura represión sobre el bando gubernamental.

La guerra había comenzado en el este de España el 21 de abril de 1872, con levantamientos en Cataluña, de la mano de Francesc Savalls o Joan Castells y otros alzamientos en el Maestrazgo y en Valencia, encabezados por Antonio Dorregaray y Ferrer. Los carlistas de esta zona de España, liderados por Alfonso Carlos de Borbón, lograron durante 1873 victorias que permitieron el afianzamiento en sus territorios. Ese mismo año Isidoro del Castillo intentó tomar Cuenca, sin éxito.

En octubre de 1873, 2600 carlistas liderados por José Santés, que había emprendido una campaña por Guadalajara y Cuenca, sorprendieron a la guarnición de la capital de ésta última y se hicieron con el control de la ciudad conquense el día 16 de octubre. Inmediatamente Madrid envió un contingente a recuperar la ciudad. Los carlistas, que habían obtenido armas, munición y un generoso botín en la ciudad, la abandonaron y emprendieron la retirada. El caso es que a pesar de que la victoria aumentó la moral de los tradicionalistas, los conflictos entre el general Savalls y el infante Alfonso hicieron muy difícil que la guerra se decantase del lado faccioso. Fueron estas distensiones entre altos mandos las que llevaron a Alfonso Carlos a tomar Cuenca, en 1874.

El 12 de julio 7000 carlistas al mando de Alfonso Carlos se presentaron en las proximidades de Cuenca tras un fallido intento de tomar Teruel. Tras la posterior llegada de Cucala y sus tropas, podía haber unos 14000 soldados carlistas a la hora de tomar la plaza. El día 13 de julio todo el ejército carlista estaba ante la ciudad del Júcar. El bombardeo empezó al día siguiente. Muchos vecinos afines a la causa carlista huyeron y se incorporaron al ejército sitiador. Los carlistas pronto dominaron la Carretería y se hicieron con las casas a la orilla izquierda del río Huécar. El 14 de julio los carlistas decidieron un ataque general, la defensa era difícil para los republicanos, pero Madrid había prometido refuerzos. Sin embargo, el día 15 se ocupó una parte importante de la ciudad, haciendo que los defensores sólo controlasen el centro de la ciudad. La situación era crítica. Finalmente, el día 15, tras un bombardeo general, se abrió una brecha en la defensa. La ciudad fue cayendo poco a poco durante la madrugada, y el brigadier De la Iglesia, comandante republicano, huyó. Aun así la ciudad aguantaría hasta las diez de la mañana.

Los días posteriores a la derrota se saldaron con un saqueo general de los carlistas, por lo que este enfrentamiento es también conocido como el saco de Cuenca.

 

BATALLA DE VILLAFRANCA

La Batalla de Villafranca del Cid, también conocida como de Tots Sants o del mas de la Carrasca, fue un combate sucedido entre el 29 y el 30 de octubre de 1874, durante la Tercera Guerra Carlista en el campo de operaciones del Centro, más concretamente en la zona del Maestrazgo. Fue una acción de represalia carlista por las caídas en manos liberales de los pueblos de Villahermosa del Río y Vistabella del Maestrazgo.

Todo se inicia el 28 de octubre, a raíz del movimiento desde la plaza de Morella de una columna liberal al mando del Coronel Montero hacia Villafranca del Cid, debido a informes en los cuales se tenía noticia de fuerzas carlistas en dicho pueblo. Una vez en la zona, dicha columna fue sorprendida por las unidades carlistas que sin problema alguno derrotaron al Coronel Montero y sus tropas al estar esperándolos en posiciones ventajosas. La columna de socorro, que salió desde Culla al mando del Brigadier Eulogio Despujol y Dusay no llegó a tiempo, y viendo la situación de tener numerosas fuerzas enemigas en la zona y estar dichas fuerzas en terreno ventajoso sobre el pueblo decide replegarse a Morella para evitar otra derrota.

Las unidades de Despujol inician movimiento de repliegue a las 7 de la mañana del día 29 hacia Morella, cuando en ese momento los carlistas entran en el pueblo y rodean a las tropas liberales, las cuales son atacadas por todos los frentes. Despujol, viendo la gravedad de la situación, ordena atacar uno de los costados, y con gran número de bajas consigue la columna huir hacia Morella por la zona de la cañada que lleva a Ares del Maestrat. A raíz de estos combates el Brigadier Eulogio Despujol y Dusay fue ascendido a Mariscal de Campo.

Sobre esta batalla escribió Pascual Cucala en su diario:

Día 20 y 21 de octubre. Estando al mando de dos brigadas y sabiendo que el brigadier Despujol bajaba de Zaragoza con dirección a Villafranca, tomé la marcha a ver si yo le podía atacar. Llegué a Villafranca y mandé una compañía a hacerle salir de Villafranca; toda la demás fuerza yo la tenía emboscada. Salieron dos compañías del enemigo y yo mandé retirar a la compañía. En vista de que el fuego aumentaba salió del enemigo un batallón y el brigadier Despujol. Mandé a la bayoneta y los hacemos retirar dentro de la población.
Les hacemos cinco prisioneros y 13 bajas. El fuego duró tres horas. Por la noche me quedé acampado fuera del pueblo y por la mañana vino el Jefe Gamundi con las fuerzas. Le dije a Gamundi que yo retiraría y que él tomase la población, para cortarle la retirada. Al romper el fuego el 1º batallón con la columna mandé retirar y Gamundi entró por la retaguardia. El enemigo les hace una descarga, le hace seis caballos muertos y se retiran los carlistas dentro de la población. Entonces emprendió la marcha Despujol y se encuentra con Velasco. La Caballería de Pujol rompió el cuadro al Jefe Velasco y le hizo algunas bajas.
Despujol emprendió la marcha en dirección a Morella; yo y Velasco tomamos la dirección a Castellfort y emprendimos a Pujol haciéndole retirar dispersado a Morella; las bajas del enemigo fueron 30 y nosotros 10; todo esto pasó en Villafranca.

 

Personajes de las guerras Carlistas menos conocidos

 

Excmo. Sr. D. Bruno VILLARREAL General Español (bando carlista)

Bruno Villarreal Ruiz de Alegría (Larrea, Barrundia, Álava, 24 de junio de 1802 – Vitoria, Álava, 1860) fue un oficial del ejército carlista durante la Primera Guerra Carlista.

Gran favorecedor de las expediciones de sus tropas, llegó a ser Comandante General de Álava y Mariscal del Ejército Carlista del Norte. Durante la rebelión alavesa de 1833, organizó un batallón de voluntarios en favor del pretendiente Carlos y se sumó a la sublevación liderada por José Uranga en Salvatierra el 7 de octubre. Posteriormente, tanto el mismo Villarreal como Uranga se pusieron a las órdenes de Tomás de Zumalacárregui, periodo en el que llevaron a cabo los Fusilamientos de Heredia por orden de su superior. En 1835 pasó a tener, junto a Iturralde y Gómez, el cargo de Mariscal del Ejército Carlista del Norte, al liderar una de las tres divisiones en que se dividió el ejército.

Bruno Villarreal llegó a ser Mariscal del Ejército Carlista del Norte.

Se destacó en los combates de los altos de Arlabán de 1836. El 13 de junio de 1836 se puso al mando de las tropas carlistas y favoreció las expediciones de sus tropas. Ese mismo año venció en Villasana. En octubre decidió atacar Bilbao, cuyo sitio comenzó el día 24 de ese mismo mes. Tras el fracaso en la operación y las críticas recibidas por la Corte de don Carlos, presentó su dimisión el 29 de diciembre de 1836, siendo sucedido en el cargo por el infante Sebastián Gabriel de Borbón y Braganza, pasando Villarreal a ser ayudante de campo de éste.

Tras concluir la Primera Guerra Carlista en el frente del norte, con el acuerdo entre liberales y carlistas que se denominó Abrazo de Vergara, Bruno Villarreal se exilió en Burdeos (Francia).

 

Excmo. Sr. D. Rafael MAROTO General del Ejercito Español

El general español Rafael Maroto Yserns nació en la localidad murciana de Lorca (España) el 15 de octubre de 1783 y falleció en Valparaíso (Chile) el 25 de agosto de 1853. Hijo de Rafael Maroto, natural de Zamora, (militar e hijo de militar, con el grado de capitán y al que retirado ya del servicio le otorgaron importantes destinos en la vida civil, uno de los cuales fue el de administrativo de Visitador de Rentas en Lorca), y de Margarita Isern, natural de Barcelona. Fue bautizado en la iglesia parroquial de San Cristóbal, donde se conservó la partida de bautismo, documento que sirvió a sus biógrafos para aclarar detalles de su familia. Maroto vivió durante su niñez en la calle Mayor del Barrio de San Cristóbal, frente a la plaza de la Estrella.

Se casó en Chile en 1816 con Antonia Cortés García, chilena, con la que tuvo siete hijos. Antonia y dos de sus hijas fallecieron en 1830, en un naufragio cuando viajaban rumbo a Chile.

A los 18 años intervino en los conflictos y campañas de Godoy conocidos como Guerra de las Naranjas. Intervino en la Guerra de la Independencia Española, durante la que fue herido y hecho prisionero en Zaragoza. Recibió un destino en Perú y más tarde luchó en la guerra contra los independentistas chilenos siendo derrotado por el Ejército de los Andes liderado por el capitán general argentino José de San Martín en la Batalla de Chacabuco en el año 1817. En España participó también en la Primera Guerra Carlista y fue uno de los firmantes junto con el general liberal Espartero del Convenio de Vergara (también llamado Abrazo de Vergara), que puso fin a la guerra civil entre carlistas e isabelinos, con victoria de estos últimos.

A los once años partió hacia Cartagena en la provincia de Murcia donde ingresó como cadete subalterno menor de edad en el Regimiento de Infantería Asturias, en 1794, ascendiendo a segundo subteniente el 15 de junio de 1798.

Campaña de Portugal

A los 18 años fue enviado a la defensa del Departamento de Ferrol en la provincia de La Coruña y desde allí asistió a las campañas que sostuvo Godoy contra los portugueses que mantuvieron su apoyo a los ingleses en contra de Napoleón. Los ingleses habían desembarcado a la altura de Grana (A Graña) y las campañas se desarrollaron del 25 al 26 de agosto de 1800. Por los méritos demostrados en estas operaciones le concedieron un escudo de honor. Después siguió durante dos años agregado a la marina en el Departamento de Ferrol y más tarde regresó a su cuerpo del regimiento Asturias. El 15 de octubre de 1806 obtuvo el grado militar de teniente.

Guerra de la Independencia española

Rafael Maroto participó también como militar en esta guerra contra el ejército de Napoleón. Los franceses atacaron la plaza de Valencia el 28 de junio de 1808. Maroto defendió la ciudad con las baterías que tenía a su cargo, de santa Catalina y de Torres de Cuarte (éste era el nombre que se le daba en la época). Obligó a retirarse al enemigo en una hazaña bélica, por lo que fue reconocido como benemérito a la patria y se le concedió un escudo de honor.

El 23 de noviembre intervino en la batalla de Tudela, el 24 de diciembre, en los ataques de Monte Torrero y Casa Blanca en Zaragoza (o Casablanca) y poco después hizo una salida a la bayoneta para desalojar al enemigo que había tomado estos arrabales.

Con el grado de capitán (ascendió el 8 de septiembre de ese mismo año), Maroto participó también en el sitio de Zaragoza en 1809. Tuvo el mando en el reducto del Pilar, en las baterías de San José, Puerta Quemada y Tenerías. Realizó salidas desde dichas baterías, recibiendo en una ocasión una bala de fusil. Cuando la ciudad de Zaragoza capituló, Maroto fue hecho prisionero de guerra por los franceses, pero tuvo ocasión de fugarse. Por sus hazañas bélicas en Zaragoza recibió un escudo de distinción que llevaba el lema: Recompensa del valor y patriotismo. Fue declarado benemérito de la patria en grado heroico y eminente. Ascendió a teniente coronel el 9 de marzo de este año.

En 1811 estaba destinado en el regimiento de infantería de línea de Valencia. Se ocupó el 24 y 25 de octubre de la defensa a los ataques contra Puzol, alturas del castillo de Sagunto, inmediaciones de Murviedro, y el día 25 de octubre de 1812 de las líneas del Grau, Montolivet y Cuarte, de la línea de Valencia, y de todo el sitio de esta ciudad. Cuando esta plaza capituló, fue hecho prisionero, junto con su regimiento y de nuevo tuvo la oportunidad de fugarse. Tras estos eventos fue destinado al mando del depósito general de tropas con destino a Ultramar.

El 16 de noviembre de 1813 se le nombró coronel del Regimiento Talavera de la Reina y al frente de su unidad se hizo a la vela para el Perú el 25 de diciembre del mismo año y el 24 de abril de 1814 desembarcaba en el Callao para socorrer al virrey José Fernando de Abascal y Sousa, que trabajaba arduamente para mantener bajo control español su virreinato y los territorios aledaños. Maroto y sus tropas, puestos a las órdenes del brigadier Mariano Osorio, fueron enviados a Chile, hacia donde embarcaron el 19 de julio de 1814, llegando a la base naval de Talcahuano, núcleo de la actividad realista, el 13 de agosto. Osorio logró organizar con los criollos realistas un ejército de maniobra de unos cinco mil hombres, de los que prácticamente los únicos españoles eran las tropas de Maroto.

El 1 de octubre los insurgentes presentaron batalla en Rancagua para tratar de impedir que los expedicionarios tomasen Santiago de Chile. Maroto, con el desprecio que muchos de los oficiales recién llegados a América solían mostrar hacia sus oponentes, mandó atacar a sus tropas las fortificaciones del enemigo sin molestarse en enviar avanzadas ni guerrillas. El resultado fue que «los talaveras» (así llamados), acribillados por las descargas, hubieron de retirarse con cuantiosas pérdidas. Al día siguiente Bernardo O’Higgins logró abrirse paso a través de las tropas realistas y retirarse hacia la capital, donde sus oponentes entraron sin resistencia pocos días más tarde. Fuera porque consideraba que se había conducido torpemente en la batalla, fuera por otras razones que desconocemos, lo cierto es que cuando Osorio envío al virrey Abascal la lista de oficiales que debían ser ascendidos tras las últimas victorias el nombre de Maroto se encontraba en ella, pero el portador de la lista llevaba instrucciones reservadas para hacer saber a Abascal que Osorio consideraba que Maroto no debía ser ascendido. Cuando andando los meses Maroto tuvo noticia de que la lista que se había enviado a Madrid iba sin su nombre cursó a Abascal la reclamación oportuna, y éste, a quien no había gustado la poco clara forma de proceder de Osorio, acabó dándole la razón el 10 de mayo de 1815 y reconociéndole el grado de brigadier con antigüedad de 8 de noviembre de 1814.

Durante su estancia en Santiago, Maroto entró en relaciones con Antonia Cortés, perteneciente a una rica y noble familia de la oligarquía local, con quien contrajo matrimonio a finales de marzo de 1815, justo antes de abandonar Santiago, donde parece no se encontraba excesivamente a gusto. Acto seguido Maroto, al frente de dos compañías, se dirigió a Arica para auxiliar la campaña de Joaquín de la Pezuela en el Alto Perú. El 15 de junio se unió a sus tropas pero no continuó mucho tiempo con él, pues por motivos que desconocemos Pezuela le mando formar causa y le envío a Lima. El proceso se interrumpió debido a la mediación de Abascal, que convenció a Pezuela de que no merecía la pena seguir adelante. Tras pasar algún tiempo en Lima, Maroto regresó a Chile, cuya capitanía general había recaído en las manos del mariscal de campo Francisco Casimiro Marcó del Pont, con quien no tardó en indisponerse.

A principios de febrero de 1817 las tropas del Ejército de los Andes de las Provincias Unidas del Río de la Plata, al mando del general argentino José de San Martín, cruzaron los Andes para acabar con el dominio español en Chile. Ante la dispersión de las fuerzas realistas Maroto propuso abandonar la capital y retirarse hacia el Sur, donde podrían mantenerse y obtener recursos para una nueva campaña. La junta militar convocada por Marcó el 8 de febrero hizo suyo el parecer de Maroto, pero a la mañana siguiente el capitán general cambió de parecer y ordenó a Maroto presentar batalla en Chacabuco. La noche anterior al combate Antonio Quintanilla, que más tarde se distinguiría extraordinariamente en la defensa de Chiloé, comento con otro oficial que las posiciones estaban mal elegidas, y que dada la posición de los insurgentes las fuerzas realistas deberían retirarse unas leguas y ocupar los altos de Colina: «Maroto oía esta conversación de una habitación inmediata y su orgullo y presunción no pudieron o le permitieron oírme, pues llamó a un ayudante con aquella voz bronca que tenía y dijo que pusiese una orden general de pena de la vida al que dijese que convenía retirarse». Aunque Maroto y sus tropas lucharon con valor la batalla se convirtió en una completa derrota. Maroto, que logró escapar merced a la velocidad de su caballo, fue ligeramente herido en la retirada.

Tras celebrar una nueva junta militar en Santiago, Maroto, su mujer, y la mayor parte de las tropas se dirigieron a Valparaíso, donde embarcaron para el Perú. Pezuela, el nuevo virrey, que no sentía gran aprecio por Maroto, consideró sin embargo que «si no dirigió con acierto la desgraciada batalla de Chacabuco, al menos se portó con el valor y serenidad propios de un español y pundonoroso oficial», por lo que le guardo las debidas consideraciones. Maroto fue entonces destinado al Cuzco al frente del par de compañías del Talavera que habían quedado en el Perú, con instrucciones para organizar un nuevo batallón. Descontento con todo y con todos,1 el 22 de febrero de 1818 se le confió el puesto de Presidente y Comandante General de la ciudad y provincia de Charcas, en el Alto Perú, ciudad alejada por entonces de la guerra, pero en la que ejerció una notable labor administrativa. Ocurrida en España la revolución de 1820, Maroto, una vez hubo recibido las oportunas órdenes, proclamó la Constitución2 en Charcas el 23 de octubre de 1820. Allí nacieron y fueron bautizados cuatro de sus hijos: Manuel María Rafael, María del Carmen Agustina, Margarita Antonia y Justa María Mercedes Rufina. Más tarde nacerían Rafael Abdón Ignacio, Víctor, Cándida y Faustino, hijo este último de una criada con la que mantuvo relaciones durante su estancia en Asturias, y al que no reconoció, pero a quien hubo de pasar pensión debido a la denuncia formulada por su madre.

El 1 de enero de 1821 se sublevó la guarnición de Potosí, contra la que marchó Maroto, derrotando a los insurgentes y haciéndose con la ciudad. Sin embargo, al llegar el general Pedro Antonio Olañeta, que como lugarteniente del virrey ejercía su autoridad en todo el Alto Perú, le ordenó volverse a Charcas, lo que dio lugar a una acalorada discusión con Maroto, que acabó cumpliendo las órdenes recibidas. Las desavenencias entre ambos se hicieron aún mayores cuando durante la breve invasión del Alto Perú por Andrés de Santa Cruz. Maroto se negó a cumplir las órdenes de Olañeta, que representó acaloradamente en su contra al virrey La Serna, aduciendo, entre otras cosas, que «desde que este señor puso los pies en América, no ha hecho más que fomentar la insubordinación y expresarse mal contra las autoridades». El virrey, que no confiaba en exceso en Olañeta, optó por promover a ambos a Mariscales de Campo, pese a que el papel jugado por Olañeta en la campaña había sido limitado, y el de Maroto nulo. Las desavenencias entre Maroto y Olañeta culminaron e 1824, cuando Olañeta, que se había propuesto restablecer el régimen absolutista en el Perú, como ya lo estaba en España, marchó con sus tropas contra él, obligándole a abandonar sus posiciones. Pese a los intentos de diálogo del Virrey la cuestión degeneró en una guerra civil que debilitó a las tropas realistas y permitió la pérdida del Perú. Maroto fue entonces nombrado por La Serna jefe de una de las tres divisiones que al mando del general José de Canterac debía hacer frente a la invasión de Antonio José de Sucre. Tras la acción de Junín Maroto mantuvo fuertes disensiones con Canterac y acabó dimitiendo, pues consideraba que la retirada de las fuerzas realistas se estaba llevando a cabo de forma inadecuada. Nombrado gobernador de Puno allí le sorprendió la capitulación de Ayacucho, en la que quedó comprendido. En compañía de La Serna y otros oficiales, Maroto y su familia embarcaron en la fragata francesa Hernestine, que arribó a Burdeos a mediados de 1825.

De nuevo en España

Tras su regreso de América el 1 de julio de 1825 fue encomendado al ejército de Castilla la Vieja con residencia en Valladolid donde estaba la Capitanía General. El 1 de septiembre de ese año, el capitán general le nombró jefe organizador para restablecer el orden con el mando de las armas y en los voluntarios realistas del principado de Asturias. Más tarde, el 11 de julio de 1828 se le destinó por Real Orden al cuartel de Pamplona. El 21 de junio de 1829, el rey le concedió el cuartel en el Ejército de Castilla la Nueva con residencia en Madrid. El 15 de marzo de 1832 fue nombrado comandante general de la provincia de Toledo, puesto al que renunció el 31 de octubre, según nos cuenta, porque habiendo sido requerido por el conde de Negri para que apoyase una sublevación al frente de sus tropas, consideró que antes de actuar contra el gobierno debía romper todos sus vínculos con el mismo. Por este mismo motivo se negó a aceptar el cargo que se le confirió el 5 de enero de 1833 de segundo cabo y comandante general de las provincias vascongadas.

La causa carlista

Maroto cuenta en el documento titulado «Manifiesto razonado de las causas del convenio de Vergara», cómo y por qué se unió a la causa carlista. Insiste en que no fue el deseo de medrar, pues su posición social y profesional y el futuro que le esperaba eran de gran fortuna. Asegura que tomó la decisión de seguir al pretendiente de la corona don Carlos, hermano del rey Fernando VII y tío de la futura reina Isabel II por pensar que era lo mejor para España pues creyó más oportuno el posible reinado de don Carlos que el de una niña de tres años cuya minoría de edad traería consigo una regencia poco clara (a su entender). Maroto por aquel entonces tenía más fe en la persona de don Carlos, en la que veía las cualidades de principios religiosos, sistema ordenado y económico en su propia casa y observancia de las leyes. También el propio Maroto confiesa que al seguir a un príncipe proscrito estaba casi seguro del fracaso y de que las victorias que se conseguirían serían pobres, de un terreno palmo a palmo, poco extenso, sin grandes y espectaculares avances y que además ellos no serían tratados como auténticos militares sino como bandoleros y traidores.

Maroto se encontraba en Toledo con el cargo de comandante general de la provincia cuando recibió la visita de Ignacio de Negri y Mendizábal, conde de Negri, uno de los primeros personajes conspiradores carlistas de 1833. Después de la entrevista, Maroto dedicó un tiempo a considerar la causa de los revolucionarios y finalmente optó con toda calma y convencimiento por unirse a ellos. Se le pidió que, dada su posición y estando al frente de una guarnición, diera allí mismo un golpe militar, lo que habría servido de gran apoyo. Rafael Maroto era un hombre estricto y leal y no le pareció ético lo que le proponían. No quiso que su alistamiento en las filas carlistas se iniciara con una traición a la bandera que había jurado, ni con una huida. Eligió seguir los pasos legalmente y comenzó por dimitir de su cargo y posición en la comandancia general. Una vez roto este vínculo, nada le impidió pasarse al otro bando.

Marchó a Madrid donde Negri le dio instrucciones y donde se estaba preparando formalmente el partido carlista. En Madrid tuvieron lugar las primeras reuniones de comités revolucionarios. El rey Fernando VII estaba ya gravemente enfermo y su muerte próxima. Propuso entonces Maroto a Don Carlos que se intentase un pronunciamiento para proclamarle regente durante la enfermedad de su hermano, pero el Infante se opuso a la idea “y los que la propusieron no fueron creídos leales servidores, porque no vestían hábitos o sotana, porque decían que en las cosas de la tierra era menester hacer algo para que el cielo ayudase”. El gobierno detectó las conspiraciones y un gran número de personas comprometidas fueron encarceladas. Maroto no sólo se salvó de estas primeras persecuciones sino que fue nombrado comandante general, segundo cabo, de las provincias vascongadas, cargo al que renunció de inmediato. Este proceder no fue bien acogido por el gobierno que averiguó las nuevas ideas del general debido a las investigaciones realizadas tras la sublevación del coronel Juan Campos y España y determinó su arresto allí mismo, en el ministerio donde él acababa de presentar personalmente y con toda formalidad su renuncia.

Fue conducido a la cárcel permaneciendo en un calabozo durante ocho meses a lo largo de los cuales enfermó de gravedad, perdió casi del todo la vista y se quedó completamente calvo. Desde esta primera prisión, Maroto se vio desterrado a Sevilla y allí pudo obtener el traslado a Granada (donde se encontraba su familia) decidido a rehacer su vida y ocuparse de los suyos. Pasado algún tiempo le informaron en secreto que sería nuevamente preso y trasladado a un calabozo de Ceuta. Fue entonces cuando Maroto preparó rápidamente la fuga, disfrazado, ayudado física y económicamente por amigos y acompañado y guiado en el viaje por unos contrabandistas.

Desde Granada se dirigió a Madrid, de allí a Extremadura, de donde salió en dirección a Valencia, donde fletó un barco que debía llevarle a Gibraltar pero que terminó en Algeciras. Por fin llegó a Gibraltar y desde esta plaza se dirigió a los pocos días a Portugal donde se encontraba don Carlos junto a un pequeño y variado séquito. Estaban con él algunos generales, militares de otras graduaciones, eclesiásticos y personas varias. Uno de los individuos que más influencia tenía en las decisiones del aspirante era el obispo de León Joaquín Abarca, nombrado Ministro de la Guerra, consejero y favorito. Los historiadores afirman que este personaje no tenía dotes ni conocimientos militares y que no pasaba de ser un hábil cortesano con el talento de agradar a los príncipes.

En Portugal Maroto demostró a don Carlos su pericia como militar experto y como persona leal y sin ambiciones cortesanas. Y fue en Portugal donde Maroto se vio implicado en los primeros encuentros bélicos con las tropas reales seguidoras de la causa isabelina, salvando de emboscadas y batallas inútiles a don Carlos y sus seguidores (que pasaban unos momentos cruciales de estado errante y dubitativo) y organizando constantes fugas necesarias por lo mal que se estaba llevando el plan militar. Tras los fracasos de los carlistas en Portugal y ayudados por el comisionado inglés, el coronel Wylde, que había sido enviado por la corona inglesa como observador y testigo, el aspirante, su séquito y algunos militares entre los que se encontraba Maroto embarcaron en el puerto de Lisboa a bordo del navío HMS Donegal que les conduciría a Inglaterra.

Llegada a las filas carlistas

Maroto salió de Inglaterra unos días después de que lo hiciera el séquito del aspirante, pero ante su sorpresa fue detenido y arrestado en Calais y desde allí fue conducido a París donde le encarcelaron contra todo derecho de gentes, pues no había motivo ni por delito ni por falta de documentación. Cuando al poco tiempo obtuvo la libertad pidió el pasaporte para marchar a Italia, pero se detuvo un tiempo en Niza para recuperar la salud y planear la manera de entrar en España en lugar de dirigirse a Italia. Pudo atravesar sin dificultad el sur de Francia y llegar a Burdeos y desde allí se dirigió a Navarra, ayudado y protegido por los seguidores carlistas franceses.

Al llegar al territorio controlado por los carlistas, Maroto fue muy bien recibido por el Pretendiente, que le sentó en numerosas ocasiones a su mesa y trató de darle un mando de responsabilidad, lo que no pudo lograrse debido a la oposición de Zumalacárregui, que siempre vio a Maroto con prevención. Cuando éste fue herido en Bilbao, Maroto recibió la orden directa de don Carlos de reemplazarle y tomar el mando de su ejército. Sin embargo la orden escrita, manipulada, fue confusa y casi contraria: le mandaban que permaneciese en el ejército pero a las órdenes de Eraso, general mariscal de campo, hasta que, por razones de salud, esta persona se retirase del ejército del Norte. Se le decía que tuviera paciencia y que en el entretanto observase las acciones de dicho general que podían ser sospechosas. Dado su carácter serio y de auténtico militar, Maroto pudo granjearse en esta etapa la amistad y confianza de los combatientes, en especial de los soldados.

Se enfrentó por primera vez con el general Baldomero Espartero en el Sitio de Bilbao; esta plaza estaba decidida a rendirse a los carlistas si las tropas de Espartero no conseguían prestarles ayuda. Ambos ejércitos la sitiaron durante unos días. En esas circunstancias llegó el general carlista Vicente González Moreno, que a la muerte de Zumalacárregui (el 25 de junio de 1835), había recibido el nombramiento para el mando del ejército del Norte, aún cuando había sido prometido a Maroto (no debe olvidarse que antes de empezar la guerra Maroto era sólo mariscal de campo y Moreno teniente general). El general Moreno no era un buen estratega y además demostró pronto su antipatía y animadversión hacia Maroto, hecho éste que se tradujo en una serie de actos poco afortunados desde el punto de vista militar. Las órdenes de este general en el enfrentamiento con Espartero no consiguieron otra cosa que la supremacía de las fuerzas isabelinas que entraron en la plaza de Bilbao sin la menor oposición.

Tras unos meses de inactividad militar, en que le fue preciso seguir el cortejo de don Carlos en plan cortesano, Maroto fue nombrado comandante general de las fuerzas del señorío de Vizcaya cuyo cargo estaba vacante a causa de la prisión del marqués de Valdespina y Zabala. Una vez al frente de este ejército, estudió el modo de sacar el mayor partido posible poniendo en marcha una buena organización y disciplina militar. Obtuvo gran ayuda de la diputación del Señorío y de los hombres de los batallones. Con el ejército a punto, marchó sobre la plaza de Bilbao, tomó la ría, cortó la comunicación y obstruyó todas las salidas, todo sin emplear la artillería de la que carecía en absoluto. Obtuvo considerables ventajas en escaramuzas sostenidas contra las fuerzas británicas que habían desembarcado para apoyar la causa de la reina. El general Maroto siguió defendiendo su emplazamiento alrededor de Bilbao como pudo y pidió artillería y refuerzos que nunca llegaron sino todo lo contrario, pues le separaron dos batallones que fueron enviados a la línea de San Sebastián.

Estando así las cosas, llegó Espartero con un gran ejército. El enfrentamiento fue en los altos de Arrigorriaga donde dominó el ejército carlista consiguiendo que Espartero se retirase a Bilbao precipitadamente y con desorden.

La plaza de Bilbao era muy importante pero la falta de unión entre las huestes carlistas impedía la toma de la ciudad siguiendo un sistema puramente militar. Las rivalidades y la falta de sentido militar de la mayoría de los mandos hacía imposible llevar a cabo la estrategia que Maroto proponía. A los pocos días recibió la orden de que entregara el mando al brigadier Sarasa y que permaneciera a la espera de nuevo destino. La guerra continuó su rumbo, impidiendo a los carlistas una marcha favorable, por las intrigas y desavenencias habidas entre sus propios jefes y generales.

Maroto jefe de las fuerzas de Cataluña

El nuevo destino fue en las fuerzas de Cataluña, lo que probablemente fuera consecuencia de sus maniobras contra el teniente general Nazario Eguía, que había sustituido a González Moreno al frente del ejército del Norte. El viaje hasta llegar a Cataluña fue arduo y costoso. Desde Bayona llegó a Marsella para acceder después a los Pirineos atravesándolos a pie, soportando tormentas, lluvias y vendavales, acompañado de dos hombres que le servían de guía.

Al llegar al Principado, Maroto se hizo cargo de un ejército que no llegaba a los once mil hombres, y cuya instrucción, si de tal puede hablarse, dejaba mucho que desear. El 7 de septiembre Maroto dio comienzo al asedio de Prats de Llusanés, que se vio obligado a abandonar ante la derrota de las fuerzas que trataron de impedir la llegada de una columna de socorro. Sin desanimarse por ello, dedicó los días siguientes a instruir los batallones que estaban a sus inmediatas órdenes,

«y estableció en ellos tan rigurosa disciplina en ocho días… que no se vio mejor en la División de vanguardia, formada después por el conde de España»

Sin embargo, el 4 de octubre era derrotado y muerto en San Quirico de Besora el barón de Ortafá, su segundo, en una acción cuyo resultado fue atribuido por los catalanes a no haber sido socorrido a tiempo por Maroto. Mas no fue la oposición de los jefes catalanes lo que motivó la salida de Maroto de Cataluña, sino el hecho de considerarse traicionado por no haber recibido los recursos con que esperaba poder contar cuando abandonó Navarra. Así, tras efectuar al intendente Díaz de Labandero peticiones de armamento y uniformes totalmente imposibles de cumplir, Maroto abandonó Cataluña el 5 de octubre con el pretexto de marchar a ver a don Carlos para notificarle la verdadera situación de la guerra en aquel territorio, cumpliendo así.

«mi propósito de dejar el mando de las fuerzas catalanas… no siendo de mi carácter llevar una vida desastrosa y digna sólo de un capitán de bandoleros»

Los catalanes abominaron de un jefe que les había dejado abandonados, y en la corte de don Carlos no se vio con buenos ojos a quien no parecía haberse esforzado todo lo posible en cumplir la misión que le había sido encomendada.

En su viaje de regreso se vio envuelto en nuevas aventuras por Francia donde estuvo encarcelado en Perpiñán y Tours, hasta que pudo fugarse con el auxilio de su ayudante de campo José Burdeos y algunos legitimistas.

La defensa de Estella

Don Carlos le llamó otra vez para organizar las tropas del ejército y Maroto accedió. Puso en orden los batallones ampliando sus filas con soldados dispersos. Restableció la disciplina y mandó construir trincheras y obras de fortificación que cubrieron la ciudad de Estella, dando órdenes severas para recaudar toda clase de subsistencias. Además hizo una campaña para alentar el espíritu público.

Planeó la defensa de Estella y su zona, ordenando el desalojo de los pueblos por donde se suponía que habría de pasar el ejército de Espartero que se sabía estaba decidido a la toma de esta ciudad. Maroto consiguió la retirada de este general con lo que aumentaron los ánimos y la esperanza de su gente.

La idea de Maroto era conservar todas las provincias vascongadas (así se llamaban en la época) como punto de apoyo y residencia de la futura corte de don Carlos hasta que se le abrieran las puertas de Madrid. Para ello trató de ponerse en contacto con el general Cabrera para establecer una línea de operaciones por el Alto Aragón. Formó 5 batallones, aumentó la caballería (haciendo contratas de caballos extranjeros) y durante un tiempo dirigió escaramuzas, defensas y ataques contra las tropas realistas por tierras navarras.

Nuevas conspiraciones, denuncias y desavenencias llegaron a convertirse en una conjura para llevar a cabo el asesinato de Maroto, pero el asunto no prosperó. Su más encarnecido enemigo en esta época fue el carlista José Arias Teijeiro, nombrado por el aspirante, subsecretario de Gracia y Justicia. Firmó muchas sentencias de muerte de los principales generales, acusándoles de sedición. Eran los generales a los que se llamaba despectivamente de carta y compás, reputados también de masones.

Maroto envió a Estella al emisario Carmona (que también conspiraba contra él) que debía comunicar sus órdenes al militar Francisco García, cabecilla de la conspiración contra Maroto en esta ciudad. Este militar había sido Comisario de Guerra durante el reinado de Fernando VII y ahora pertenecía al grupo de Teijeiro, enemigos del general Maroto, dispuesto en Estella a insubordinar a las tropas y desobedecer las órdenes de su general. Se les acusaba de sedición. Las órdenes de Maroto era que le esperasen en un determinado lugar, con el regimiento en pleno para poderle arengar. Las crónicas que cuentan estos acontecimientos narran que Maroto entró en Estella en compañía de su escolta, aunque otras fuerzas le seguían a distancia. Las calles estaban vacías y Francisco García esperaba en su casa, haciendo caso omiso de las órdenes recibidas con anterioridad. A las 8 de la noche Maroto recibió la noticia de que García había sido arrestado por su gente (la gente de Maroto), cuando preparaba la huida disfrazado de cura. El ejército de Estella apoyaba a su general y no acataba más órdenes que las suyas, cosa que dio gran seguridad a Maroto. Después de este arresto fue hecho prisionero también el emisario Carmona y los seguidores de Francisco García. La sedición militar de todos ellos fue comprobada públicamente. Anteriormente habían sido arrestados los generales Juan Antonio Guergué, Francisco García y Pablo Sanz Baeza, más el intendente Úriz.

Se les encerró en el castillo del Puig junto con otros sediciosos y el 18 de febrero de 1839 fue ejecutada la orden de fusilamiento. Fueron fusilados los generales Pablo Sanz y Baeza, Juan Antonio Guergué y Francisco García; los oficiales Sanz e Ibáñez; el brigadier Carmona; el intendente Úriz.

Después de los hechos, Maroto escribió a don Carlos una detallada carta con información sobre las conspiraciones y desavenencias en el seno mismo de los carlistas del norte, así como una denuncia sobre la suerte que corrían en aquellos momentos los jefes militares beneméritos a la sazón encerrados en prisiones. Al mismo tiempo que hizo llegar dicha carta a su destinatario, dio a conocer al público el documento por medio de la imprenta.

Todos estos acontecimientos fueron recogidos y escritos por el militar de la época Manuel Lassala y Soleras en un libro que llevaba el larguísimo título de: Historia del partido carlista, de sus divisiones, de su gobierno, de sus ideas, y del convenio de Vergara: con noticias biográficas que dan a conocer cuales han sido don Carlos, sus generales, sus favoritos y principales ministros.

Por su parte, Pío Baroja, en su obra Aviraneta o la vida de un conspirador, narra así lo sucedido en Estella:

«Un día corrió el rumor de que Maroto se acercaba al pueblo con sus tropas… Estos rumores eran ciertos. Maroto estaba ya a las puertas de la ciudad. A media tarde empezaron a entrar en Estella los soldados del generalísimo. El general García hizo la baladronada de asomarse al balcón de su casa y no le saludó ni se presentó a él. Decían que los batallones navarros estaban tomando posiciones… para oponerse al avance de Maroto, pero no era verdad. De madrugada pasaron por las armas a los generales navarros Guergué, García, Sanz y Carmona. Los fusilaron en una era detrás de la Casa del prior, de espaldas y arrodillados, como a los traidores»

A raíz de estos hechos, Teixeiro redactó un decreto que el aspirante firmó. En este documento don Carlos declinaba toda responsabilidad de los hechos, acusaba a Maroto de crímenes y arbitrariedades y amenazaba a quienes le apoyaban: […] Separado ya del mando del ejército lo declaro traidor, como a cualquiera que después de esta declaración, a que quiero se dé la mayor publicidad, le auxilie u obedezca. […]. Sin embargo los comandantes de los batallones de Estella presentaron sus respetos y lealtad a Maroto, desobedeciendo el decreto.

Maroto mandó reunir a los batallones en el camino real que iba de Vitoria a Pamplona (en total más de 7.000 hombres). En medio de un respetuoso silencio ordenó leer en voz alta el decreto acusatorio. Al concluir, se ofreció para que cumplieran con lo que sus conciencias les dictaran. Pero fue aclamado y vitoreado con un gran griterío tanto por los soldados como por sus jefes entre los que se encontraba el conde Negri. Al final del acto, Maroto correspondió con esta frase: He triunfado de la arbitrariedad, injusticia y obcecación de un príncipe, y la historia me juzgará en su día.

Los carlistas Urbiztondo, Silvestre, Izarbe y el conde Negri se entrevistaron con don Carlos haciéndole ver que la actuación de Maroto como militar había sido la correcta, después de lo cual, el príncipe firmó un nuevo decreto en el que se retractaba del anterior, se mandaba recoger y quemar los ejemplares del manifiesto publicado y se devolvía a Maroto el honor militar. Además fueron desterrados 25 individuos, (militares, clérigos y civiles) implicados en los ataques a Maroto. Fueron conducidos a Francia por los comisionados general Urbiztondo, coronel Leandro Eguía, teniente coronel Rafael Erausquin, custodiados por una compañía alavesa.

El partido marotista

A pesar de los hechos anteriores, no cesaron las intrigas y hostilidades entre los enemigos y los seguidores de Maroto. Así las cosas, surgió y creció un partido llamado marotista, fieles todos a la causa carlista pero opuestos a cómo se estaba llevando la guerra.

Después del fracaso de la Expedición Real, el general Espartero recibió un oficio firmado por el secretario del despacho de guerra del gobierno de la reina Isabel II en que se le facultaba para la terminación de la guerra y para el gasto de 25 millones de reales en las tramitaciones. El general Alaix en nombre de Espartero, comunicó a Maroto dicho oficio. Éste insistió en que haría lo que fuera mejor para el bien de España. Se decidió una entrevista entre los dos generales oponentes que tuvo lugar en la ermita de san Antolín de Abadiano cerca de Durango. A la conferencia de Abadiano asistieron también el coronel inglés Wylde como observador, dada la mediación que en el conflicto había jugado Inglaterra desde tiempo atrás, y el brigadier Francisco Linage, secretario de Espartero. Pero las negociaciones quedaron rotas por el asunto de los fueros: Maroto había prometido defenderlos y Espartero alegó que eran opuestos a la Constitución.

En aquellos momentos ambos ejércitos se encontraban enfrentados y preparados pero no entraron en acción. Al poco Espartero insistió en las negociaciones. Los jefes presentes en la lectura del manifiesto decidieron nombrar una comisión para acordar con él la negociación. La Torre y Urbiztondo marcharon al frente de la comisión (sin Maroto) y formalizaron con Espartero el convenio, cuyo primer escrito no tenía todavía la firma de Maroto, aunque todo lo que se exponía era en su nombre. Más tarde Espartero enviaría una copia a Maroto con el ruego de que la firmara formalmente.

El artículo primero del acuerdo estaba relacionado con los fueros y en él se decía que

«El capitán general don Baldomero Espartero recomendará con interés al gobierno el cumplimiento de su oferta de comprometerse formalmente a proponer a las cortes la concesión o modificación de los fueros.»

A pesar de haber sido firmado el convenio por tantos altos jefes, los batallones navarros sobre todo, sintieron una cierta repugnancia, desconfianza y descontento, incluso hubo oficiales que intentaron la sublevación.

31 de agosto de 1839

En Vergara esperaba el general Espartero con las tropas constitucionales. Cuando llegaron los batallones y escuadrones castellanos, más los vizcaínos y guipuzcoanos, Espartero les arengó y les dio a elegir entre permanecer al servicio de la reina o volverse a sus casas. Según cuentan los historiadores, todos decidieron la adhesión al convenio.

Después fue la arenga de Rafael Maroto:

«Voluntarios y pueblos vascongados, nadie más entusiasta que yo para sostener los derechos al trono de las Españas a favor del señor don Carlos María Isidro de Borbón cuando me pronuncié, pero ninguno más convencido por la experiencia de multitud de acontecimientos, de que jamás podría este príncipe hacer la felicidad de mi patria, único estímulo de mi corazón. […]»

Las arengas de Maroto y de Espartero constan en acta y se conservan debidamente.

En el Cuartel General de Vergara, el 1º de septiembre de 1839, Espartero arengó por última vez a los pueblos vascongados y navarros, les notificó la paz firmada en los campos de Vergara y la incorporación de los ejércitos a su mando:

«El general don Rafael Maroto y las divisiones Vizcaína, Guipuzcoana y Castellana, que sólo han recibido desaires y tristes desengaños del pretendido rey han escuchado ya la voz de paz y se han unido al ejército de mi mando para terminar la guerra.»

Terminada la contienda, se le revalidó la graduación de teniente general y se le nombró Ministro del Supremo Tribunal de Guerra y Marina.

El 11 de septiembre de 1846 emprendió el regreso a Chile, donde conservaba algunas propiedades, desembarcando en Valparaíso el 22 de diciembre y estableciéndose en la hacienda que su difunta esposa tenía en Concón. Su muerte tuvo lugar en Valparaíso el 25 de agosto de 1853, ciudad a la que se había trasladado durante su última enfermedad en busca de cuidados más apropiados y en cuyo cementerio fue enterrado bajo una lápida que hacía constar su condición de teniente general del ejército español y sus títulos nobiliarios de vizconde de Elgueta y conde de Casa Maroto. Posteriormente, y con motivo de los actos conmemorativos de la batalla de Chacabuco sus restos fueron trasladados al Mausoleo del Ejército el 2 de junio de 1918 y ubicados en el nicho número 77 con la siguiente inscripción: «El Ejército de Chile al brigadier del Ejército español D. Rafael Maroto».

Rafael Maroto es una figura controvertida. Algunos historiadores tachan de traición hacia la causa carlista su intervención en la paz de Vergara y otros opinan que fue un acto inteligente y bien llevado, aduciendo que el ejército del pretendiente se encontraba casi extinguido y sin salida. Sin embargo, un vistazo a los estados de fuerzas que incluye Antonio Pirala en su «Historia de la Guerra Civil y de los Partidos Liberal y Carlista» para 1839 no parece secundar esta segunda opinión.

 

 

 

 

Excmo. Sr. D. José BORGES General del Ejercito Español

José Borges (Vernet, 1813 – Tagliacozzo, 30 de noviembre de 1861) fue un militar tradicionalista español, que combatió en las filas del carlismo, primero, y posteriormente en las filas borbónicas en Italia meridional.

De familia católica y reaccionaria, participó en la Primera Guerra Carlista. En la guerra, perdió a su padre, que fue fusilado en Cervera, y a su hermano. Borges fue uno de los más estrechos colaboradores de Carlos de España, obteniendo el grado de coronel en 1839. Con el armisticio, emigró a Bourg-en-Bresse, en Francia.

Regresó en 1847, al estallar la Segunda Guerra Carlista, participando como general de brigada en numerosas acciones que le valieron la comandancia general de Tarragona, y más tarde la de Cataluña, aunque de forma provisional. En 1849 fue derrotado por las tropas liberales del general Quesada en Selma. Al acabar la guerra, se volvió a exiliar, pero durante el Bienio Progresista, participó en diversas agitaciones en varias comarcas catalanas.

Retornó al exilio en Francia, dado el fracaso de sus intentonas. Con el grado de mariscal de campo, en 1860 se trasladó a Roma poniéndose al servicio del ejército vaticanista. Tras mantener conversaciones con algunos oficiales enviados por el general borbónico Clary, pasó al servicio de Francisco II, destronado éste por Giuseppe Garibaldi. Su objetivo era dar una dirección legitimista a la revuelta campesina que estalló poco después de la unificación de Italia.

Borges se trasladó a Calabria y Basilicata luchando al lado de los bandoleros, en las que destacaba el famoso Carmine Crocco pero, abandonado por este último, se dirigiò a Roma para informar al rey borbónico. Durante el viaje, fue hecho prisionero y fusilado por el ejército de la Casa Saboya.

Su cadáver fue enterrado en la Iglesia del Gesù, en Roma. Borges escribió un diario, donde recoge sus acciones militares más destacadas en Calabria y Basilicata, que fue publicado por Marc Monnier, dentro de Notizie storiche documentarie sul brigantaggio nelle provincie napolitane. El diario fue traducido al español en el libro Historia del bandolerismo y de la Camorra en la Italia meridional de Joan Mañé i Flaquer y Joaquim Mola i Martinez. Victor Hugo condenó su fusilamiento, arremetiendo contra el gobierno de Víctor Manuel II por los métodos utilizados.

 

Excmo. Sr. D. Manuel CARNICER General del Ejercito Español (bando carlista)

Manuel Carnicer (Alcañiz (Teruel), 1790 – Miranda de Ebro, 1835), brigadier del ejército carlista protagonista del alzamiento en Aragón contra la regencia de María Cristina de Borbón.

Ingresó muy joven en el Real Cuerpo de Guardias Valonas. Alcanzó el grado de capitán en 1822, habiendo participado anteriormente en la Guerra de Independencia de 1808. Posteriormente participó en las campañas realistas (1822-23) sirviendo en el 2º Regimiento de Cazadores de la Guardia Real.

Por sus convicciones realistas fue apartado del ejército retirándose a Alcañiz donde estuvo hasta la muerte de Fernando VII. Fue entonces cuando tomó partido en favor de don Carlos María Isidro de Borbón. Cuando comenzó el levantamiento carlista, reunió a siete guerrilleros y proclamó a Carlos V, recorriendo con ellos los pueblos de Hervés, la Pobleta de Morella y Ortells (Castellón), llegando a las puertas de Morella con 22 hombres e intimando a la fortaleza a su rendición. A la muerte de Rafael Ram de Viu, el Barón de Hervés, Carnicer asumió la jefatura militar del ejército carlista en el Bajo Aragón y Maestrazgo, obstaculizando la carrera militar de Cabrera, con quien tuvo muchos enfrentamientos y discusiones por el mando indiscutible de Carnicer.

Dirgiéndose al cuartel real del Pretendiente para recibir grado y órdenes, fue delatado, detenido por las fuerzas cristinas en Miranda de Ebro y fue fusilado allí el 6 de abril de 1835.

Tras su muerte fue desmembrado para que no se pudiera encontrar su cuerpo. Cabrera se benefició inmediatamente con su desaparición, ya que finalmente fue nombrado como sustituto. Todo apunta a que Carnicer era partidario de convenir la paz con los Isabelinos a cambio de la devolución de los Fueros a Aragón, por lo que Cabrera fue quien lo denunció, para que la guerra siguiera, y con ella, su carrera militar.

 

Excmo. Sr. D. Miguel GOMEZ DAMAS General del Ejercito Español (bando carlista)

Miguel Sancho Gómez Damas (Torredonjimeno (Jaén); 5 de junio de 1785 – Burdeos, Francia; 11 de junio de 1864) fue un militar español.

Comenzó a estudiar Derecho en Granada pero abandonó los estudios tras el alzamiento español contra la ocupación francesa de 1808. El 9 de junio de 1808 ingresa como subteniente en el ejército y participa en la batalla de Bailén. Toma parte en otras acciones bélicas hasta que el 21 de julio de 1812 es capturado por los franceses en Castalla. Es enviado prisionero a Autun (Francia) pero logra escaparse y vuelve a incorporarse al ejército. En septiembre de 1812 ya es capitán. Se casó en Madrid con Vicenta de Parada en 1815. Poco después se retira del servicio activo el (8 de mayo de 1816).

El matrimonio se estableció en Jaén, donde Miguel Gómez trabajó como administrador de bulas. Pero, tras el golpe del general liberal Rafael de Riego de 1820, Miguel Gómez, defensor acérrimo de las ideas absolutistas, comienza a conspirar contra el gobierno liberal. Intenta sublevar al regimiento provincial de Jaén pero no lo consigue. Como consecuencia de este acto, tiene que abandonar Jaén.

Después de la restauración absolutista, propiciada por la intervención militar de los Cien Mil Hijos de San Luis (1823), Miguel Gómez regresa a Andalucía. En Cádiz logró frenar un levantamiento y consiguió la comandancia de Algeciras, cargo del que será depuesto durante la regencia de María Cristina de Borbón por sus ideas absolutistas.

Estando en Madrid estalla la Primera Guerra Carlista. Pronto se encamina hacia Navarra para ponerse a las órdenes del general carlista Tomás de Zumalacárregui. Fue nombrado jefe de su Estado Mayor y participó en los combates de Asarta, Acción de Alegría de Álava, Acción de la Venta de Echavarri y Alsasua. En 1834 acompañó a don Carlos y fue nombrado Comandante General de Vizcaya. Posteriormente, pasó a ser Comandante General de Guipúzcoa y tras la acción de Guernica y la toma de Tolosa alcanzó el grado de Mariscal de Campo. En 1834 recibió el título de marqués de Orbaiceta. Según, Rahden, era rubio y tenía los ojos azules.

Pero, si Miguel Gómez entra en historia de España, es por su famosa Expedición de 1836.

La Expedición de 1836

Comúnmente llamada Expedición Gómez. Bruno Villarreal comandante supremo del ejército carlista en el país vasco-navarro, organizó una expedición para que marchase a «…Asturias y Galicia para fijando allí la guerra, llamase la atención del enemigo por aquella parte y desahogase al ejército de estas provincias,» entregando el mando a Miguel Gómez. Su objetivo principal era dominar Asturias ya que se tenía noticias, aunque no eran ciertas, de que allí existía una importante base para poder realizar un alzamiento carlista y que debería marchar a Galicia tanto si había logrado realizar el objetivo asturiano como si habiendo fracasado en ello, se refugiase allí, intentando realizar de nuevo un alzamiento. Fracasando en ambas regiones, en vez de retirarse al país vasco-navarro, emprendió un sorprendente recorrido.

Comenzó en junio de 1836, su tropa estaba compuesta por los batallones 2º, 4º, 5º y 6º de Castilla, un pelotón de granaderos de la Guardia Real pasados del bando isabelino y dos escuadrones, en total, unos 2.700 infantes y 180 jinetes. Partió en dirección a Asturias y Galicia. Salió de Amurrio y tomó Riaño, Oviedo, Lugo, La Coruña y Santiago de Compostela. Desde aquí, decidió hacer una incursión que le llevaría hasta Andalucía. De forma efímera conquistó León, Palencia, Valladolid, Sigüenza, Utiel, Albacete, Villarrobledo, Baeza, Córdoba, Pozoblanco, Almadén, Cáceres, Alcántara, Écija, Osuna, Ronda, Arcos de la Frontera, Pedro Muñoz y El Burgo de Osma. Acabó la expedición en diciembre de 1836.

Durante este recorrido, logró formar un ejército de hasta 6.000 hombres gracias a los carlistas que se le unieron en el camino (como Ramón Cabrera) y se enfrentó a los generales liberales en varias ocasiones: venció a Tello en Baranda y a López en Matilla; fue derrotado por Espartero en Escaro y por Alaix en Villarrobledo. Además, los generales Rodil y Narváez lo persiguieron infructuosamente (batalla del Majaceite), llegando a movilizar tras de sí, en el momento culmen, a casi 25.000 soldados liberales. Su empeño por provocar y consolidar levantamientos carlistas en los territorios que atravesaba le fueron imposibles de realizar ya que no podía permanecer largo tiempo en ninguna población, debido a la permanente persecución a la que era sometido por las tropas isabelinas. «Las poblaciones habían visto aparecer a Gómez en silencio y en silencio aguardaban, no tomando apenas parte en la contienda y contentándose con tener dos ayuntamientos, uno para recibir las tropas carlistas y otro para las de la Reina». Volvió al país vasco-navarro del que había salido con 3.000 soldados aunque no todos eran los mismos que habían partido sino que las bajas habían sido cubiertas con hombres que encontró en el recorrido y que incorporó a su tropa, los unos lo hicieron voluntariamente, los otros fueron obligados. A pesar de estas acciones, Gómez fue juzgado y encarcelado por sus superiores por no cumplir las órdenes que le habían sido dadas.

Tras la rendición de Rafael Maroto (1839), Miguel Gómez decide exiliarse, junto con su esposa, en Francia. Volvió a España durante la Segunda Guerra Carlista (1846-1849), siendo Comandante General de Andalucía. Tras el nuevo fracaso carlista, volvió al exilio francés, a Burdeos.

El 11 de junio de 1864 dirigió un escrito a Isabel II en el que la reconocía como reina de España, solicitando ser reintegrado en el ejército con los grados y empleos que había recibido de don Carlos. El ministerio de la Guerra desestimó el 14 de febrero de 1865 la demanda, «en razón a haber terminado los plazos marcados para esta clase de reclamaciones.» Los legitimistas franceses ayudaban económicamente a Gómez y posteriormente a su viuda pero cuando se enteraron del escrito en el que el general reconocía a la reina, retiraron el apoyo económico a la viuda, la cual escribió el 27 de abril de 1865 a Isabel II sobre su penosa situación económica, pidiendo la «revalidación de los empleos obtenidos por su marido con anterioridad al convenio de Vergara…y se le señale la consiguiente pensión de viudedad para poder subsistir en sus ancianos días.» Al no recibir contestación, presentó de nuevo la petición al cónsul de España en Burdeos, el cual la cursó, acompañando a su vez un escrito al Ministro de la Guerra en el que decía que los legitimistas «…han retirado a la viuda la corta pensión que la tenían señalada, dejándola en su avanzada edad en el último grado de misera.

 

Excmo. Sr. D. Sebastián Gabriel DE BORBON Y BRAGANZA

Sebastián Gabriel de Borbón y Braganza (en portugués Sebastião Gabriel de Bourbon e Bragança) (Río de Janeiro, Brasil, 4 de noviembre de 1811 – Pau, Francia, 13 de enero de 1875), fue un infante de España y Portugal conocido por su inicial apoyo al carlismo y su participación en la Primera Guerra Carlista.

El infante don Sebastián Gabriel era el único hijo del infante luso-español Pedro Carlos de España y de la infanta portuguesa María Teresa de Portugal, Princesa de Beira. Sus abuelos paternos eran el infante Gabriel, hijo predilecto de Carlos III de España, y la infanta Mariana Victoria, fallecidos ambos en 1788. Sus abuelos maternos eran el Rey Juan VI de Portugal y la infanta española Carlota Joaquina de Borbón. Consecuentemente, las generaciones inmediatas de la genealogía de don Sebastián eran netamente hispano-portuguesas, y el grado de consanguinidad de la familia era muy elevado. Su padre, nacido infante de España, vivió prácticamente toda su vida con la familia real portuguesa, y recibió el título de infante de Portugal a muy temprana edad.

Don Sebastián Gabriel nació en Río de Janeiro, en Brasil, donde se había refugiado la familia real portuguesa durante la invasión de Napoleón I Bonaparte. Recibió los nombres de Sebastião Gabriel Maria Carlos João José Francisco Xavier de Paula Miguel Bartolomeu de S. Geminiano Rafael Gonzaga (en español Sebastián Gabriel María Carlos Juan José Francisco Javier de Paula Miguel Bartolomé de San Geminiano Rafael Gonzaga) en su bautismo. En 1812 el pequeño infante quedó huérfano de padre. Cuando nació sólo recibió el título de infante de Portugal, y no sería hasta 1824 que su tío en segundo grado el rey Fernando VII de España le concedería el título y los honores de infante de España.

En 1814 la familia real portuguesa comenzó su regreso a Portugal, aunque don Sebastián Gabriel y su madre permanecieron en el país tropical hasta 1821; no obstante, a su regreso doña María Teresa se instaló en Madrid, donde reclamó para su hijo la cuantiosa herencia que por ley le correspondía a su hijo.

Con el fin de mejorar las relaciones entre ambas familias, se acordaron además las bodas dobles de las infantas portuguesas María Isabel y María Francisca con el Rey español Fernando VII y su hermano menor don Carlos María Isidro de Borbón respectivamente. Las nupcias tuvieron lugar en 1816. La presencia de las tres princesas portuguesas en la corte española sería desde entonces clave.

La situación en la corte madrileña fue muy tensa durante los últimos años de reinado de Fernando VII. El rey, tras enviudar por tercera vez, contrajo matrimonio con su sobrina, la Princesa napolitana María Cristina de las Dos Sicilias. La pareja tuvo dos hijas, Isabel y Luisa Fernanda. Tras varios tejemanejes e intrigas, se acordó que la heredera al trono fuese la pequeña Isabel y no su tío Carlos, como se pensó hasta entonces (ver carlismo). No obstante, la llegada de la princesa napolitana trajo consigo una buena noticia para don Sebastán Gabriel, que se casó el 25 de mayo de 1832 en Madrid con una de las hermanas pequeñas de la reina, la princesa María Amalia de las Dos Sicilias.

Pronto surgieron dos facciones en Palacio debido a la sucesión, y la madre de don Sebastián Gabriel, muy conservadora, apoyaba a su cuñado don Carlos en su lucha por el trono. Tras la muerte de Fernando VII en 1833 y el comienzo de la regencia de doña María Cristina, doña María Teresa y los demás partidarios del infante Carlos fueron expulsados de España.

No obstante, don Sebastián Gabriel permaneció fiel al difunto rey y a su pequeña hija, que contaba sólo tres años en el momento de su ascensión al trono. Su madre, doña María Teresa, comenzó entonces una larga correspondencia cargada de chantaje emocional para hacer cambiar a su hijo de bando. También su esposa, doña María Amalia, era fiel a la causa carlista.

Poco duró la fidelidad de don Sebastián Gabriel, que bajo un pretexto falso se fue a Barcelona y de allí a Nápoles, a la corte de su cuñado. Regresó a la ciudad condal para dirigir una campaña militar que acabó por fracasar, y de nuevo tuvo que volver a la capital napolitana. De allí pasó a Leybach, donde se reunió con don Carlos y su familia, incluida su madre, la princesa de Beira. Disfrazado de comerciante inglés, don Sebastián Gabriel entró de nuevo en España por la localidad de Zugarramurdi, donde se le nombró ayuda de campo de don Carlos y más tarde pasó a la jefatura del ejército carlista.

El infante participó en la batalla de Oriamendi (1837), así como en Huesca y Barbastro, sitió Bilbao y llegó a Castilla la Nueva. En 1838 su madre, la princesa de Beira, se casó en Azcoitia con don Carlos, convirtiéndose así en reina de los carlistas. En 1839 acabó estrepitosamente la Primera Guerra Carlista, y don Sebastián Gabriel residió en Nápoles con su esposa, donde se concertó el matrimonio de Carlos Luis de Borbón y Braganza con doña Carolina de Borbón-Dos Sicilias y Borbón.

Tras el fallecimiento de don Carlos en 1855 y de su propia esposa en 1857, don Sebastián Gabriel comenzó a plantearse su regreso a España. Su matrimonio no había dejado descendencia, y el ex infante (pues había perdido sus títulos cuando se enroló en el ejército carlista) escribió a su prima, la reina Isabel II para rogar el permiso necesario para instalarse de nuevo en Madrid.

Su llegada estuvo marcada por la acritud de su madre, que no le perdonó la traición de abandonar la causa carlista, y más aún cuando don Sebastián Gabriel contrajo segundas nupcias con la hermana pequeña del rey consorte, Francisco de Asís de Borbón, doña María Cristina de Borbón y Borbón, a quien las malas lenguas apodaban la infanta boba por sus pocas luces intelectuales y su sonada fealdad.

Desde entonces don Sebastián Gabriel, que fue restituido en sus honores de infante de España, vivió tranquilamente en la corte, al margen de las maquinaciones carlistas y siendo siempre fiel a su sobrina y ahora concuñada. Se dedicó a numerosas buenas obras y se convirtió en un personaje muy popular en la corte. En 1861 se le restituyó una valiosa colección de arte que le había sido incautada en 1835; entre sus tesoros se contaba el ahora famoso Bodegón de caza, hortalizas y frutas de Juan Sánchez Cotán.

En 1868 una revolución destronó a su sobrina, y don Sebastián tuvo que abandonar una vez más España con su familia, pasando a residir en París. Apoyó a su sobrino, Alfonso XII, en su lucha por el trono español tras la abdicación de su madre en 1873. La muerte de su madre la princesa de Beira en 1874 minó su salud, y él falleció en Pau, Francia, el 13 de enero del año siguiente.

 

Excmo. Sr. D. Vicente GENARO DE QUESADA General del Ejercito Español

Vicente Genaro de Quesada (La Habana, 19 de septiembre de 1782 – Hortaleza, 15 de agosto de 1836), marqués del Moncayo, fue un militar español.

Hijo del gobernador de Nicaragua Juan Nepomuceno de Quesada, natural de Jaén y de María Josefa de Arango y Castillo, natural de la La Habana, fue bautizado el 3 de octubre de 1782 en la iglesia del Santo Ángel Custodio de La Habana. Destinado por su padre a la carrera militar, ingresó como cadete en el año 1794 en el tercer batallón de infantería de Cuba, en el que sirvió hasta 1796. Ese año fue nombrado por el Rey cadete del regimiento de la Guardia Real.

Llegado a Madrid en 1808, ingresó en la Guardia valona, participando en el Levantamiento del 2 de mayo. Huyó de la capital y se reunió con los militares que se habían refugiado en Badajoz, donde comenzaban a formar el ejército que había de enfrentarse al de los invasores franceses. Fue nombrado teniente coronel, recibiendo el mando del primer batallón de voluntarios de Plasencia y poco después del cuarto batallón de guardias valones. El ejército de Extremadura pasó a combatir a Castilla la Vieja, cayendo Quesada preso durante de la batalla de Gamonal del 10 de noviembre de 1808, tras sufrir once heridas, siendo conducido al depósito de prisioneros de Dijon en Francia. Tras dos intentos de fuga fallidos, consiguió escapar a Cataluña desde donde se dirigió por mar a Cádiz. Se incorporó al ejército pero no obtuvo el nombramiento de brigadier que creía que le correspondía ni participó en acción importante alguna, siendo finalmente nombrado gobernador militar y político de Santander.

Al volver Fernando VII a ocupar el trono, obtuvo el rango de brigadier así como varias condecoraciones por sufrimiento en cautiverio y participación en la guerra. Al oponerse al movimiento de restauración de la Constitución española de 1812, fue depuesto y perseguido, refugiándose en Francia. Aquí participó activamente en el movimiento realista, siendo nombrado capitán general del éjercito de Navarra al entrar en España con las tropas francesas. Restituido Fernando VII, obtuvo mandos militares en Granada, Valencia, Murcia y Guipúzcoa, siendo nombrado capitán general de Andalucía en el año 1825, donde se señaló tanto en reducir los movimientos constitucionales como las actuaciones de bandoleros. En 1831 fue nombrado comandante general de la guardia real de infantería e inspector general de la infantería de línea y ligera del ejército, con sede en Madrid.

Primera Guerra Carlista

Al morir Fernando VII, el círculo político que aconsejaba a la reina regente, no confiando en la lealtad de Quesada, considerándole afecto a la causa carlista que comenzaba a fraguarse, trató de alejarlo de la Corte, nombrándole capitán general de Andalucía. Quesada se opuso tenazmente a lo que consideraba un destierro y consiguió convencer al gobierno de Francisco Cea Bermúdez de su lealtad, siendo nombrado capitán general de Castilla la Vieja, con residencia en Valladolid.

Sofocó las revueltas carlistas encabezadas por Jerónimo Merino en esta región, recibiendo como recompensa título de Castilla, eligiendo el de marqués de Moncayo, tomando este nombre al hecho de que poseía un Granada un mayorazgo así llamado. A los pocos meses, en enero de 1834, fue nombrado virrey de Navarra y comandante en jefe del ejército del Norte.

Una vez allí tuvo problemas para contener a las fuerzas de Zumalacárregui, que en abril capturaron uno de sus convoyes y establecieron un bloqueo sobre Pamplona. La prensa liberal echó la culpa del fracaso a Quesada, que en junio fue relevado del mando. Tras los sucesos derivados del motín de La Granja de San Ildefonso, en agosto de 1836, trató de escapar de la capital refugiándose en casa de unos amigos en el pueblo de Hortaleza, al norte de Madrid. Pero fue descubierto y ajusticiado por una turbamulta antes de que los Coraceros de la Reina Isabel II pudieran arrestarle

 

Excmo Sr. D. José Ramón RODIL Y GAYOSO CAMPILLO General del Ejercito Español

José Ramón Rodil y Gayoso (o Galloso) Campillo, Virrey de Navarra, Marqués de Rodil con el Vizcondado previo de Trobo (Santa María de Trobo, Lugo, 5 de febrero de 1789 – Madrid, 20 de febrero de 1853), fue un militar español.

Al tiempo de la guerra de la independencia se encontraba cursando sus estudios en la Universidad de Santiago de Compostela. Como en otros centros universitarios, se formaron por los claustros unidades de voluntarios para combatir al invasor, encuadrándose Rodil en el Batallón Literario en 1808.

Pasó al Perú con el Regimiento del Infante, y poco después de llegar al Callao fue ascendido a comandante (1817). Destacado a la ciudad de Arequipa con la misión de organizar un batallón, se trasladó con sus reclutas a la pequeña isla del Alacrán, frente al puerto de Arica. Luego de un riguroso entrenamiento, al frente de ellos marchó a reforzar las unidades realistas que guarnecían Chile.

Participó en los combates de Talca, Cancha Rayada y Maipú. Al retornar a Lima fue ascendido a coronel (1820) y destinado a las fuerzas acantonadas en el Callao.

El desastre de Ayacucho puso fin al virreinato peruano, sin embargo Rodil, comandante militar de las fortalezas del Callao, se negó a acogerse a la capitulación de Ayacucho confiando en que aún podría recibir refuerzos de España. Asediado por tierra y por mar, en la Fortaleza del Real Felipe y los Castillos del puerto resistió un sitio de casi dos años, contaba para su defensa con los veteranos regimientos Real de Lima y Arequipa junto a los soldados independentistas desertores que se le habían unido. Se habían refugiado también en el Callao millares de civiles realistas que perecieron en gran número por hambre y enfermedad.

Finalmente el 22 de enero de 1826 cuando casi todos sus soldados habían muerto y los sobrevivientes se alimentaban de ratas Rodil aceptó capitular ante el comandante del asedio el general venezolano Bartolomé Salom. La asombrosa resistencia del jefe realista mereció que Simón Bolívar dijera a Salom después del triunfo, cuando éste último pedía la máxima pena para el jefe realista: “El heroísmo no es digno de castigo”. Rodil obtiene condiciones honrosas en la capitulación llevando consigo las banderas de sus regimientos que fueron las últimas en abandonar el Perú. Con la entrega del Callao, desapareció el último ejército español de América del Sur. Regresó a la península en 1826 como Mariscal de Campo por haber defendido heroicamente El Callao, y por sus méritos militares se le otorgó en 1831 el título nobiliario de Marqués de Rodil.

Unido a los liberales, con ocasión de la reorganización militar llevada a término por la Regente María Cristina de Borbón a la muerte de Fernando VII, fue encargado de perseguir y capturar al pretendiente al trono Carlos María Isidro de Borbón, hermano del difunto rey, pero la tarea fue vana al estar éste refugiado en Portugal. Durante la Primera Guerra Carlista fue nombrado General en Jefe del Ejército del Norte y virrey de Navarra (en julio de 1834), enfrentándose a Zumalacárregui, que le derrotó y provocó su fulminante destitución, cuatro meses después.

Fue fundador y organizador del Cuerpo de Carabineros con el nombre de Real Cuerpo de Carabineros de Costas y Fronteras por Real Decreto de Fernando VII el 9 de marzo de 1829 en tiempos del ministro de Hacienda Luis López Ballesteros. Pocos años después, en 1833 pasa a denominarse Carabineros de la Real Hacienda dependiendo de la Dirección de Rentas Estancadas del Ministerio de Hacienda. Su dependencia de Hacienda hace que los carabineros entren en un estado de abandono. En 1842 el Cuerpo de Carabineros estaba totalmente desacreditado y era totalmente inoperante. Ese mismo año se encomienda al mariscal de campo Martín José de Iriarte, la organización del Cuerpo de Carabineros del Reino, para sustituir a los de la Real Hacienda.

Posteriormente tuvo varios destinos administrativos fuera del frente de batalla como Capitán general. Hombre de la confianza de Baldomero Espartero, cuando éste alcanzó la Regencia en 1840 le nombró Presidente del Consejo de Ministros en 1842. Con anterioridad había sido Ministro de la Guerra, Diputado y Senador. Fue Gran Maestro Masón desde 1837 hasta 1851.

Falleció en Madrid el 20 de febrero de 1853, a los 64 años de edad.

 

Excmo. Sr. D. Luis FERNANDEZ DE CORDOVA General del Ejercito Español

Luis Fernández de Córdova (San Fernando, Cádiz; 2 de agosto de 1798 – Lisboa, 22 de abril de 1840) fue un militar, político y diplomático español. De marcada tendencia absolutista durante el reinado de Fernando VII, se sublevó contra el gobierno durante el Trienio Liberal lo que le obligó, tras fracasar, a huir a Francia.
Biografía

Hijo del capitán de fragata de la Real Armada José María Fernández de Córdoba y Rojas, Luis Fernández de Córdova apoyó al rey en la reinstauración del absolutismo regresando a la península con la expedición de los Cien Mil Hijos de San Luis encabezada por el Duque de Angulema en 1823. Con posterioridad fue embajador de España en París, Lisboa y Berlín.

Volvió a España a la muerte del rey para apoyar a Isabel II durante la Primera Guerra Carlista contra el pretendiente Carlos María Isidro de Borbón. Apoyó el establecimiento del Estatuto Real de 1834. Llegó al frente del Norte con el ejército de Rodil, recibiendo el mando de una de sus divisiones, a pesar de carecer experiencia en el mando de tropa. Tras la destitución de Rodil en octubre de 1834, recibió el mando del exiguo ejército isabelino de Navarra, enfrentándose a Zumalacárregui en las batallas de Mendaza y Arquijas. Participó en junio de 1835 en el levantamiento del sitio de Bilbao, recibiendo el mando del ejército del Norte. En julio libró la batalla de Mendigorría.

A pesar de este triunfo obtenido en Navarra, decidió que las tropas isabelinas deberían de abandonar los escenarios de combate en los valles navarros de las Amescoas y de la Borunda, en los que tantas bajas había hecho Zumalacárregui con su táctica guerrillera al ejército isabelino, trasladando el frente a los límites norteños de Álava con Vizcaya y Guipúzcoa, y ocupar desde allí estas provincias. Esta estrategia le llevó a realizar la larga Batalla de Arlabán sin obtener éxito alguno.

Cuando la regente María Cristina se vio forzada a recuperar la Constitución liberal gaditana de 1812 en agosto de 1836, abandonó el mando y huyó a Francia, ya que sus soldados estaban muy descontentos con él, debido al mal trato que les daba y, especialmente, por el inútil sacrificio de vidas en la Batalla de Arquijas, por lo que temía ser asesinado por ellos.

En París publicó su Memoria justificativa, trató de enviar la edición a España pero al ser retenida esta en la frontera, encargó realizar una nueva edición en Madrid. Vuelto a España en 1838, trató de organizar una sublevación de los cuarteles de Sevilla pero fracasó, debiendo huir a Portugal en 1838, falleciendo dos años después.

 

Excmo Sr. D. Marcelino ORAA General del Ejercito Español

Marcelino Oráa, Beriáin (Navarra) 1788 – 1851) fue un militar español que tuvo gran relevancia durante la Primera Guerra Carlista. Fue casado con Josefa de Erice que en 1856 solicitó la gracia de ser nombrada Condesa de Chiva, Vizcondesa de Oráa.1

Llamado por sus soldados «el Abuelo» y por los carlistas «Lobo Cano».

Guerrillero en Navarra con Francisco Espoz y Mina, acabó la guerra siendo un gran conocedor del territorio vasco-navarro. Estuvo encargado de escoltar a los soldados franceses hechos prisioneros por el caudillo navarro hasta las playas guipuzcoanas donde eran entregados a la armada inglesa. De ésta recibía armas y municiones que a su vez transportaba a Navarra. Gran resonancia tuvo cuando consiguió llevar desde la playa de Deva en Guipúzcoa hasta Navarra un pesado cañón de batir que le entregó un buque británico, empleando para el transporte bueyes que lo arrastraban por los caminos de montaña durante la noche. Este hecho fue argumento para una novela de Cecil Scott Forester que fue llevada al cine, aunque los argumentos tanto de la novela como de la película no guardan relación alguna con el hecho realizado por Oráa.

Dado su buen conocimiento del territorio en el que operaba Zumalacárregui durante la Primera Guerra Carlista, fue el jefe isabelino que con más éxito consiguió enfrentarse a la táctica guerrillera del jefe carlista.

Al morir Fernando VII en 1833 y encenderse la cruel guerra carlista entre los partidarios del hermano del rey fallecido, don Carlos, y los de la reina madre María Cristina, de nuevo volvió a ser escenario de cruentas luchas y avatares sin cuento. Morella fue conquistada por el ejército de Ramón Cabrera el 26 de enero de 1838, defendida victoriosamente ante el ataque de las cinco divisiones del general Marcelino Oráa en verano del mismo año, y convertida en la capital carlista del territorio controlado por Cabrera hasta 1840.

El 24 de julio de 1838, día del cumpleaños de la reina regente, un poderoso ejército compuesto de 23 batallones, 12 escuadrones, 25 piezas de artillería y algunas compañías de ingenieros, al mando del general Oráa, se ponía en marcha para establecer el cerco a Morella.

El 29 de Julio quedaba establecido el cerco, en el que participaban más de 20.000 soldados, 2.000 caballos y 18 piezas de artillería. Cabrera mandó enarbolar en su castillo la bandera negra, en cuyo centro se veía una calavera de paño blanco. Los sitiadores y los sitiados comprendieron el significado de esta señal terrible.

El día 18 de agosto, tras oir en Consejo la opinión de sus generales y jefes, el general Oráa, sin víveres y sin esperanzas de éxito, da la orden de emprender la retirada hacia Alcañiz, levantando el sitio y afrontando la humillación de no haber podido tomar la plaza tan bravamente defendida por un incontablemente inferior número de defensores carlistas. Los liberales dejaron en la intentona cerca de 2.000 hombres entre muertos y heridos alrededor de las murallas de Morella. La prensa europea se hizo eco de la hazaña de Cabrera, cuyo nombre se rodeó de una aureola de leyenda y morbosa curiosidad.

El fracaso del sitio de Morella provocó una crisis ministerial en Madrid, de la que dan buena cuenta los Diarios de Sesiones de Las Cortes de la época, y el gobierno decidió la sustitución del general Oráa por el mariscal de campo D. Antonio Van Halen al frente del ejército del Centro.

 

Fernando FERNANDEZ DE CORDOVA General del Ejercito Español

Fernando Fernández de Córdova y Valcárcel (Buenos Aires, 2 de septiembre de 1809 – Madrid, 30 de octubre de 1883), II marqués de Mendigorría, fue un militar español, hijo del capitán de fragata de la Real Armada José María Fernández de Córdoba y Rojas y de María de la Paz Rodríguez de Valcárcel y O’Conrry, I marquesa de Mendigorría. Junto con su hermano Luis combatió en la Primera Guerra Carlista.
Con veintiún años obtuvo el grado de teniente coronel y el mando de un batallón al incorporarse en abril de 1834 a la tropa isabelina de Gerónimo Valdés. Carecía de toda experiencia militar, ignorando el esfuerzo físico que debía realizar el soldado de a pie, mientras que él sólo se movía montado a caballo.

Bien pronto, al igual que su hermano Luis, fue detestado por la tropa que tenía a su mando por el mal trato que dispensaba a sus soldados. Él mismo cuenta en sus memorias que nada más recibir el mando en Vitoria, al ver que uno de sus soldados no saludaba como debía a un teniente, «…mandé en el acto al batallón poner armas al hombro y haciendo salir al granadero veinte pasos al frente, hícele despojar de sus armas y equipo y aplicar sesenta palos por cuatro cabos de la compañía al toque de fagina. Ejecutado con rigor el castigo y casi exánime el granadero, lo mandé conducir al hospital».

Ascendió a teniente general en 1847 y fue destinado a Italia para restaurar el poder temporal del papa Pío IX y derrocar a la República Romana, democráticamente elegida. Ocupó el Ministerio de la Guerra y del 17 al 19 de julio de 1854 fue presidente del Consejo de Ministros en plena crisis revolucionaria. A pesar de haber sido partidario de Isabel II, se unió al movimiento revolucionario de 1868 que puso fin al reinado de esta. Nuevamente fue ministro de la Guerra con Amadeo de Saboya y con la Primera República Española, pero en 1873 se retiró por completo de la vida política.

 

Excmo. Sr. D. Manuel GUTIERREZ DE LA CONCHA General del Ejercito Español

Manuel Gutiérrez de la Concha e Irigoyen conocido por su título nobiliario de marqués del Duero (Córdoba del Tucumán, Virreinato del Río de la Plata actual Argentina, 3 de abril de 1808 – Monte Muro, Navarra, 27 de junio de 1874) fue un militar y político español de tendencia liberal-moderada, notable por su combate contra las insurrecciones carlistas

Manuel de la Concha nació en la actual Argentina, hijo de Petra Irigoyen y de Juan Gutiérrez de la Concha y Mazón, brigadier de marina y entonces gobernador intendente de la provincia de Tucumán. Su padre murió fusilado durante las luchas que siguieron a la Revolución de Mayo de 1810, recibiendo en 1864 honras fúnebres en el Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando (Cádiz). Después de la muerte del padre, en 1814, la familia fijó su residencia en España, donde Manuel de la Concha hizo sus estudios preparatorios. Ingresó en la Guardia Real como cadete en 1820, ascendió a alférez en 1825 y a teniente en 1832.

Se adhirió al liberalismo, lo que le valió algunos meses de prisión antes de la muerte de Fernando VII. Habiéndose desencadenado la Primera Guerra Carlista, se unió a la causa de Isabel II y fue destinado al ejército del Norte, distinguiéndose en las acciones de Durango, Alsasua y Zúñiga, por las que obtuvo la Cruz de San Fernando. El 6 de abril de 1836 fue ascendido, recibiendo su primer mando por valentía demostrada en combate. Siguió siendo ascendido, alcanzando el grado de teniente coronel después de la conquista de Urrieta, en la cual se distinguió sobremanera. En la batalla de Belascoain mereció una segunda cruz de San Fernando y el ascenso a coronel. Fue ascendido a mariscal de campo en 1840. Participó entonces en la campañas de Arroniz, en las que mereció una tercera cruz de San Fernando. Habiéndose adherido al partido moderado, fue entonces nombrado comandante general de las provincias de Guadalajara y Cuenca en 1841.

En octubre de ese año participó, con Diego de León y otros militares y políticos moderados, en la tentativa fallida de derribar la regencia de Espartero, razón por la cual tuvo que exiliarse a Florencia. En el verano de 1843 contribuyó activamente a la caída del regente Baldomero Espartero, provocada por Narváez, lo que le valió la promoción a teniente general. Fue entonces nombrado inspector general de Infantería por los moderados entonces en el poder, y después capitán general de Castilla la Vieja.
Muerte del Marqués del Duero, por Joaquín Agrasot, pintura de 1884.

En 1847 recibió orden de encabezar una expedición a Portugal para ayudar a mantener el gobierno de la reina María II de Portugal, siguiendo las directrices de la Cuádruple Alianza. Tras haber vencido el 30 de junio de 1847 a las fuerzas setembristas mandadas por el general Francisco Xavier da Silva Pereira, primer conde das Antas, consiguió restablecer por la fuerza la autoridad de la soberana portuguesa en la ciudad de Oporto. Por ese hecho recibió distinciones honoríficas tanto en Portugal como en España, destacando el marquesado del Duero, con Grandeza de España de primera clase.

Fue nombrado capitán general de Cataluña, poniendo fin en 1849 a la revuelta de los matiners (catalán: madrugadores) en el ámbito de la Segunda Guerra Carlista.

Colaboró con el general Leopoldo O’Donnell durante el Bienio Progresista, ocupando, entre otros cargos, los de capitán general de Cataluña, diputado a Cortes y presidente de la Junta Consultiva de Guerra. Fue capitán general de las Dos Castillas durante el gobierno de la Unión Liberal, y en la década de 1860 fue presidente del Senado durante cinco legislaturas consecutivas.

A pesar de ser ya sexagenario, a petición del general Serrano volvió a la actividad militar y política en 1872, convirtiéndose en uno de los más firmes partidarios de Alfonso XII de España. Su gran capacidad y prestigio militar hicieron que fuese considerado el mejor estratega del siglo XIX español, lo que llevó a que el gobierno de la Primera República en 1874 le entregara el mando del Tercer Cuerpo del Ejército del Norte, una unidad crucial para la defensa del régimen. En los tres meses durante los cuales estuvo al mando del frente carlista del Norte consiguió victorias de gran resonancia y significado, con especial relieve en la liberación de Bilbao, en mayo.

En los preliminares del ataque a Estella, la capital simbólica de los carlistas, una bala le atravesó el pecho durante la batalla de Monte Muro, cerca del pueblo de Abárzuza, en la tarde del 27 de junio de 1874.

Manuel Gutiérrez de la Concha era, con toda la probabilidad, el militar que estaba destinado a proclamar con el apoyo de Antonio Cánovas del Castillo, y tras la victoria inminente sobre el carlismo, la restauración al trono español de los Borbones. Debido a su muerte, sería un subordinado suyo en la campaña carlista, el general Martínez Campos, quien lo haría unos meses más tarde en Sagunto.

Fue el autor de un Proyecto de táctica de las Tres Armas, obra considerada de gran valía técnica su tiempo y que ha sido reeditada recientemente por el Ministerio de Defensa.

Gutiérrez de la Concha estaba casado con Francisca de Paula Tovar y Gasca, marquesa de Revilla, de Aguilares y de Castro de Torres, condesa de Cancelada y de Lences, la cual aportó al matrimonio un gran patrimonio en forma de haciendas y fincas. En una de ellas, en las afueras de Málaga, el marqués logró mejoras en el rendimiento de la caña de azúcar, lo cual debió de animarle a emprender nuevas empresas agrarias relacionadas con la caña de azúcar.

Para ello, comenzó a adquirir tierras en la costa occidental de la provincia de Málaga a finales de la década de 1850. Amparándose en la leyes de fomento de la población rural de 1855, 1866 y 1868, creó la Colonia Agrícola de San Pedro Alcántara, . Un gran latifundio de 3.300 hectáreas, que se extendía por los territorios de Marbella, al que dotó de los últimos adelantos agrarios, especialmente maquinaria, además de una granja escuela y una moderna fábrica azucarera.

 

Excmo. Sr. D. Benito TRISTANY

Religioso español, natural de Cataluña, y destacado miembro carlista. Nació en la localidad de Ardévol, en el año 1794, y murió ejecutado ante un pelotón de fusilamiento en la ciudad de Solsona, junto con otros caudillos carlistas, en el año 1847.

Perteneciente a una familia de raigambre carlista y contrarrevolucionaria, Tristany obtuvo la canonjía de la colegiata de Guissona y, posteriormente, la de la catedral de Gerona. Hombre extremadamente reaccionario y violento, durante el período del Trienio Liberal (1820-23) ocupó la población de Solsona al mando de su propia partida guerrillera, bajo la dirección del barón D´Eroles, en mayo del año 1822. Durante el movimiento reaccionario conocido como Malcontent, Tristany formó la Junta de la Segara.

Su actividad carlista la inició en abril del año 1835. Meses después, alcanzó el grado de general carlista, al mando de la división acantonada en Manresa, compuesta por un millar de hombres. Tristany se destacó en la batalla de la Panadella, donde llegó a capturar unos setecientos prisioneros, y en la conquista de la ciudad de Solsona, a la que convirtió en la capital del carlismo en Cataluña. En el año 1838 abandonó Cataluña para ingresar como agregado en el cuartel general del pretendiente carlista, Carlos V. De regreso a Cataluña, Tristany procuró mantener la unidad con el otro líder carlista, Cabrera; ambos actuaron conjuntamente y con éxito en el Maestrazgo.

Tras la primera guerra carlista, Tristany no tuvo más remedio que tomar el camino del exilio hasta el año 1846, fecha en la que regresó para establecerse en Cervera, Gissona y, por último, en Solsona. Fruto de una delación, Tristany fue apresado por el coronel Baixeras y ejecutado ejemplarmente.

 

Excmo. Sr. D. Arsenio MARTINEZ CAMPOS General del Ejercito Español

Arsenio Martínez-Campos Antón (Segovia, 14 de diciembre de 1831 – Zarauz, 23 de septiembre de 1900) fue un militar y político español, autor del pronunciamiento militar que provocó la Restauración borbónica en España.

Nació en Segovia el 14 de diciembre de 1831.3 En 1852 ingresó en el Estado Mayor del Ejército. Participó en la Guerra de África (1859–1860) y en la expedición anglo-hispano-francesa contra México en 1862, en ambas ocasiones bajo las órdenes de Juan Prim.

En 1868 la reina Isabel II fue destronada. Un año después fue destinado a Cuba donde acababa de empezar la Guerra de los Diez Años. Regresó a España tres años después como brigadier por méritos de guerra. Una vez en la península, recibió el mando de una brigada para luchar en Cataluña contra los carlistas. En 1873, el presidente Nicolás Salmerón le encargó someter los cantones de Almansa y de Valencia, lo que consiguió sin mucha dificultad.

El 3 de enero de 1874 el general Manuel Pavía disolvió las Cortes, el final de la Primera República estaba cerca.

Martínez Campos era partidario de la Restauración de los Borbones en el trono, pero al contrario que Cánovas del Castillo, él no estaba dispuesto a esperar a que la campaña política pacífica acabara por reconvertir a España en una monarquía.

El 29 de diciembre de 1874 el gobierno, que sospechaba de Martínez Campos, había decidido desterrarle. Enterado, simuló dirigirse a Ávila, pero fue directamente a Sagunto, requerido por los alfonsinos valencianos para que se pronunciara. Mientras, el brigadier Luis Daban y Ramírez de Arellano Jefe de la brigada de Segorbe, trasladó a parte de su tropa hasta este mismo lugar. El 29 de diciembre con los soldados formando un cuadro, Martínez Campos se dirigió a ellos y proclamó al príncipe Alfonso, hijo de Isabel II, Alfonso XII, rey de España. El Gobierno que, en esos momentos estaba en manos de Serrano, no se opuso al pronunciamiento, aceptando al nuevo rey.

Tras la llegada de Alfonso XII a España, se le otorgó el mando de las tropas que luchaban contra los carlistas en Cataluña y Navarra. En marzo de 1875 ocupó Olot (la «capital» carlista de Cataluña) y poco después sitió Seo de Urgel, que cayó en agosto. Tras acabar con unos pocos reductos, el levantamiento carlista en Cataluña quedó definitivamente controlado el 19 de noviembre. El ejército concentró entonces todo su esfuerzo en Navarra, último reducto carlista. El 28 de febrero de 1876, Alfonso XII entraba en Pamplona. Tras el final de la contienda, Martínez Campos fue ascendido por méritos de guerra a Capitán

Fue diputado a Cortes por el distrito de Sagunto en las elecciones de 1876, aunque en noviembre renunció al cargo para ser sustituido por Eduardo Castañón. Ese mismo año fue destinado de nuevo a Cuba. Como capitán general de la isla estaba al mando de las tropas que luchaban contra los rebeldes desde hacía ocho años.

Al mando de unos 20 000 hombres derrotó a los insurrectos en Santiago de Cuba y Las Villas. Poco después, dándose cuenta de que una guerra tan larga había conseguido debilitar a ambos contendientes y perjudicaba a toda la población de la isla, y, como era favorable a una política de tolerancia, Martínez Campos inició una serie de contactos con los insurgentes. Entonces declaró una amnistía total para todos aquellos que abandonasen las armas. Los rebeldes, cansados de la guerra, comenzaron a abandonar la lucha.

El 7 de febrero de 1878 sostuvo un encuentro secreto con Vicente García González, jefe de los insurrectos y le transmitió sus condiciones para que abandonaran las armas. Finalmente, el 10 de febrero se firmó la Paz de Zanjón, con la que se ponía fin a diez años de guerra. Se dio una mayor autonomía a Cuba y se abolió la esclavitud.

En 1879 regresó a la península. Senador por derecho propio, el 7 de marzo, a instancias de Cánovas del Castillo, ocupó el cargo de presidente del Consejo de Ministros y de ministro de Guerra por el Partido Conservador. El 9 de diciembre fue sustituido por el propio Cánovas.

Al darse cuenta de que había sido instrumentalizado por Cánovas, abandonó su partido y se pasó al Partido Liberal de Sagasta.

Formó parte del gobierno de Sagasta de 1881 a 1883 de nuevo como ministro de Guerra. Mientras estaba en el cargo se ocupó de la creación de la Academia General Militar. El 20 de febrero de 1882 se publicó el decreto fundacional, firmado por el rey y por Martínez Campos, por el que se creaba la Academia en el Alcázar de Toledo.

En 1893, ocupando el cargo de capitán general de Cataluña y mientras presenciaba un desfile militar con motivo de las fiestas de la Merced, fue objeto del atentado anarquista de Paulino Pallás en Barcelona, del que salió ligeramente herido.

Desde 1890, los choques entre las tropas españolas de Melilla y las tribus rifeñas de la zona iban en aumento. El 2 de octubre fueron asesinados un grupo de soldados españoles y unos presidiarios que trabajaban en la construcción de un fuerte a las afueras de la ciudad. La situación fue empeorando hasta que, el 27 y el 28 de octubre de 1893, fue atacado el fuerte de Cabrerizas Altas, en el cual el gobernador militar de Melilla, general de división Juan García Margallo murió junto con una parte de sus hombres. El gobierno español organizó inmediatamente un ejército de 20 000 hombres al frente de Martínez Campos.

Ante el temor a una guerra, el sultán Hassan I mandó a su hermano con tropas para controlar a las tribus del Rif.

El 5 de marzo de 1894, Martínez Campos firmó con el sultán un tratado por el que se acabó el conflicto.

En 1895, al estallar otra vez la guerra, fue nuevamente nombrado gobernador de Cuba. Pero esta vez sus intentos pacificadores no dieron mucho resultado y, al no querer endurecer las medidas contra los insurgentes, fue relevado al año siguiente por el general Valeriano Weyler, regresando a la península.

La Gaceta de Madrid publicó el 19 de enero de 1896 su nombramiento como presidente del Consejo Supremo de Guerra y Marina, cargo del que dimitió apenas un mes después.9 Falleció el 23 de septiembre de 1900 en Zarauz.

 

Excmo. Sr. D. Ramón BLANCO y ERENAS General del Ejercito Español

Ramón Blanco y Erenas, marqués de Peña Plata (San Sebastián, 1833 – Madrid, 4 de abril de 1906) fue un militar español, capitán general de Navarra, Cuba, Filipinas y Cataluña.

Nació en San Sebastián en 1833. El general Blanco llegó a Cuba por primera vez en 1858 desde donde pasa a Santo Domingo en 1861 y a las Filipinas entre 1866 y 1871.

Tuvo una activa participación en las Guerras Carlistas, en la que se destacó en los frentes Vasco, Navarro y Catalán gracias a lo cual obtiene el grado de Brigadier. Siendo capitán general de Navarra toma parte en la gran ofensiva de 1876 en el valle de Baztán, mérito que le valió el título de marqués de Peña Plata.

En 1879 es nombrado capitán general de Cuba, durante este periodo de gobierno en Cuba tuvo que enfrentarse al levantamiento conocido como Guerra Chiquita, logrando pacificar nuevamente los campos cubanos. Regresa a España en 1881 donde fue nombrado esta vez capitán general de Cataluña y Extremadura.

Durante el Gobierno de Cánovas del Castillo en 1893 fue enviado a Filipinas como capitán general,4 donde permanece hasta 1896. Allí los extractos más conservadores de la sociedad lo acusaron de ser demasiado transigente con los independentistas.

En 1897 en un último intento de España por conservar su principal provincia de ultramar, Cuba, creyendo utilizar sus dotes pacificadores, Sagasta lo nombra capitán general de Cuba, por segunda vez, sustituyendo al muy criticado Valeriano Weyler. Fue enviado a Cuba con la autonomía que los cubanos tanto habían pedido, sin embargo, ya era demasiado tarde, la intervención estadounidense en la guerra daría comienzo a la conocida Guerra de Cuba, que decidiría el desenlace del conflicto cubano–español. Hubo de enfrentarse al testimonio de una guerra que estaba cada vez más cerca del fin, con la consiguiente derrota y la pérdida de las últimas posesiones españolas en América.

Falleció en Madrid en la madrugada del 4 de abril de 1906, aunque sus restos fueron posteriormente trasladados a Barcelona.

 

Excmo. Sr. D. Rafael TRISTANY y PARERA General del Ejercito Español (bando carlista)

Rafael Tristany y Parera (Ardévol, España, 1814 – Lourdes, Francia, 1899) fue un militar carlista catalán.

Ingresó en el ejército con diecinueve años. En la Primera Guerra Carlista alcanzó el grado de teniente coronel tras participar en diversas acciones como las batallas del Bruch o Tona. Participó también en el asalto a la ciudad de Solsona. En abril de 1840 resultó herido durante la batalla de Biosca.

Durante la Segunda Guerra Carlista, Tristany alcanzó el grado de brigadier y dirigió una brigada formada por 3.000 soldados. Tomó las ciudades de Sallent y Berga y consiguió la rendición de Prades. En mayo de 1849, y tras acabar la guerra con derrota para los carlistas, se refugió en Francia.

Entró de nuevo en Cataluña en julio de 1855 al mando de 200 hombres. Permaneció en el Principado cerca de un año. En 1861 se puso a las órdenes de Francisco II de Nápoles. Al iniciarse la Tercera Guerra Carlista en 1872 regresó a Cataluña, siendo nombrado comandante general. Consiguió la rendición de diversas plazas como Taradell o San Feliu de Pallarols.

En 1873 fue nombrado comandante general de Lérida y Tarragona. Participó en la toma de Igualada y en los asaltos de Vich y Manresa. En 1875, con la guerra ya perdida, se le nombró capitán general de Cataluña.

Al finalizar el conflicto se trasladó a la ciudad francesa de Lourdes en donde residió hasta su muerte. En 1913 sus restos mortales fueron trasladados a su ciudad natal. Recibió los títulos de Barón de Altet, conde de Avinyó y marqués de Casa Tristany.

 

Excmo. Sr. D. Pascual CUCALA MIR General del Ejercito Español (bando carlista)

Pascual Cucala Mir (Alcalá de Chivert, 1822 – Port-Vendres, 31 de enero de 1892) fue un militar español, que militó en el bando carlista durante la Tercera Guerra Carlista.

Nacido en Alcalá de Chivert, provincia de Castellón, e hijo de un labrador acomodado que también se dedicaba al negocio del ganado, dedicó toda su vida a trabajar en el campo, hasta que en 1872 le fue embargada una finca, formando a partir de ese momento una partida de cincuenta hombres, todos nativos de Alcalá, denominada de la manta con la que se lanzó al monte.

Con el advenimiento de la I República la engrosó considerablemente y comenzó sus correrías por el Maestrazgo, territorio que conocía perfectamente. Destacó por su sagacidad para evitar encuentros directos con las fuerzas del Ejército y por la actividad guerrillera que llevó a cabo, destruyendo líneas de ferrocarril y telegráficas, interceptando correos y cobrando contribuciones en todos los pueblos de las numerosas provincias por las que extendió sus acciones.

Se repartió el dominio del Maestrazgo con Joaquín Santés, especialmente cuando al comienzo de la Tercera Guerra Carlista faltaron tropas liberales que se le enfrentaran en Valencia, aunque también actuó en Cataluña cuando así le convino. Alcanzó el grado de brigadier dentro del ejército carlista.

Ocupó Segorbe, Murviedro, Burriana, Villarreal, Onda, Almazora, Borriol y llegó a las mismas puertas de Castellón de la Plana. Se apoderó temporalmente de Tortosa, Játiva y Alcoy, y se distinguió en la acción de Oristá, donde evitó que cayeran prisioneros don Alfonso Carlos de Borbón y doña María de las Nieves de Braganza, su mujer.

En el verano de 1873 pasó de nuevo al Maestrazgo, atravesando el puente del tren en Tortosa bajo una lluvia de balas, saqueó la provincia de Alicante y, con Santés tuvo en jaque, cerca de Játiva y con sólo 6000 hombres, al brigadier José Arrando Ballester, haciéndole muchos prisioneros. Con José Escudé Claramunt llegó a las puertas de Valencia y con Palacios casi consigue apoderarse de Liria. Asistió a la toma de Cuenca.

Acosado por las fuerzas del brigadier Emilio Calleja en 1873, en Minglanilla, resultó herido de gravedad, pero una vez curado se hizo cargo de su partida de nuevo. En Minglanilla mereció el aplauso de su superior, Palacios, mientras que Santés fue cesado. Puede citarse como una de sus clásicas correrías la llevada a cabo el 20 de diciembre de 1874, cuando sale de Chelva, pasa por Játiva, Onteniente, Alcoy y Almansa, hostigando a todas estas poblaciones, y el 29 ha regresado ya a Chelva.

Alcanzado por la caballería liberal en los campos de Yecla, formó el cuadro con su gente y logró retirarse en el mayor orden, sin que las cargas le desbarataran la formación. Atacó Vinaroz, con Valdés, peleó en Monlleó, en junio de 1875, a las órdenes de Antonio Dorregaray y sólo cuando fueron vencidas las tropas carlistas del Centro y abundan en su partida las deserciones, decidió que había llegado el momento de no resistirse y se internó en Francia, donde residió hasta su muerte el 31 de enero de 1892 en Port-Vendres

 

Excmo. Sr. D. Francesc SAVALLS i MASSOT General del Ejercito Español (bando carlista)

Francesc Savalls i Massot (La Pera, 1817 – Niza, 1886) fue un militar y guerrillero carlista español.

Nació en el seno de una familia de propietarios rurales del Ampurdán, fue capitán en la Primera Guerra Carlista y en 1840 marchó al exilio a Francia. Volvió en 1842 para unirse a una partida. Participó en la Segunda Guerra Carlista y tras la derrota se instaló en Niza y se alistó en el ejército de Módena y más tarde en el de los Estados Pontificios.

Durante la Tercera Guerra Carlista, a las órdenes de Josep Estartús, realizó una frenética actividad al frente de una partida, convirtiéndose en una figura legendaria para las otras partidas carlistas catalanas. Enfrentado a Alfonso Carlos, representante en Cataluña y hermano del pretendiente Carlos, consiguió mantenerse en su puesto y tras la batalla de Alpens (1874), el pretendiente le otorgó el título de marqués de Alpens. En 1874 consiguió tomar Olot y en 1875 Carlos le nombró capitán general de Cataluña. Tras el asedio y captura de Seo de Urgel, Savalls fue destituido y en octubre de 1875 marchó definitivamente a Niza.

 

José Ignacio SANTACRUZ LOIDI (El Cura Santacruz)

Manuel Ignacio Santa Cruz Loidi (Elduayen, Guipúzcoa, 23 de mayo de 1842 – Pasto, Colombia, 10 de agosto de 1926) fue un sacerdote y guerrillero carlista español conocido como el cura Santa Cruz.

Era párroco de Hernialde, una pequeña localidad situada a 27 km al sur de San Sebastián. Tras la revolución de 1868 que derrocó a Isabel II realizó propaganda activa en favor del carlismo. Detenido en octubre de 1870, consiguió huir a Francia (6 de octubre). En abril de 1872, al inicio de la Tercera Guerra Carlista, atravesó la frontera y se puso a la cabeza de una pequeña partida. Detenido en agosto, consiguió huir de sus captores y refugiarse en Francia para pasar otra vez la frontera en diciembre y ponerse al frente de sus hombres.

Actuó en la provincia de Guipúzcoa convirtiéndose en uno de los líderes guerrilleros más conocidos, por su valentía, pero también por su crueldad contra los liberales. Entró en conflicto con los mandos militares carlistas debido a su independencia y crueldad y se le obligó a dejar la lucha y pasar a Francia en julio de 1873 para volver en diciembre por poco tiempo, exiliándose después en Lille y Londres. Ingresó en la Compañía de Jesús y realizó una labor misionera en Jamaica y Colombia, donde murió.