26.- JAUN ZURIA (El señor blanco)

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JAUN ZURIA (El señor blanco)

Esta leyenda que os cuento hoy tiene varias versiones, una de ellas narra que allá por el siglo V de nuestra era vivían los vascos patriarcalmente, entre el pastoreo y el cultivo de su fértil y verde territorio.
Era un pueblo alegre, hospitalario y trabajador. Sus familias, bien constituídas, se agrupaban bajo la supervisión de ancianos jefes que movidos por su idea de la justicia, la administraban sabiamente.
Nada deseaban y no temían a nadie. Las altas montañas formaban una barrera inexpugnable y el mar, furioso a veces y arrullador otras, se extendía entre los acantilados, ensenadas y playas, siendo un tesoro inagotable de riqueza que proporcionaba víveres y un modo de vida mejor para los más osados, sintiéndose todos muy felices.

 

 

Un amanecer en la bahía entre Ogoño y el cabo Machichaco, los pescadores que preparaban sus lanchas para empezar su dura tarea, vieron estupefactos que un navío se aproximaba a toda vela, tambaleándose y directo hacia la desembocadura de la estrecha ensenada, en la que desembocaba un caudaloso río.
Los pescadores se acercaron curiosos y alarmados a su vez. Curiosos porque nunca antes habían visto un velamen tan complicado, ni tanta arboladura en un barco, y alarmados gritaron en su lengua al piloto para que anclase el barco en un lugar menos peligroso.

Al poco unos hombres enormes, gigantes rubios de caras tostadas por el sol, bajaron en un bote con sumo cuidado, a una dama envuelta en velos que habían acomodado en el fondo del bote. Los pescadores ayudaron a desembarcar a la dama y sus recias mujeres vascas, ofrecieron muy cordiales, su ayuda: alimentos vestidos y albergue. Poco a poco los extranjeros perdieron el miedo, la suavidad de su lenguaje y la delicadeza de sus ofrecimientos, les hicieron comprender que habían arribado a un puerto amigo.

 

 

Levantaron sus tiendas, bajaron sus pertenencias y trataron de adaptarse a la nueva tierra intentando comunicarse con los vascos. Todo era armonía y cordialidad. Muchas mujeres se ofrecieron para ayudar a la dama extranjera, que cada día estaba más pálida y triste y se sentía tan enferma que sonreía sin fuerzas, agradeciendo con sus miradas las atenciones recibidas por parte de todos.

Al fín una noche y agarrada a las manos de una anciana casera que la susurraba palabras de aliento, dio a luz un niño tan rubio y tan blanco, con unos enormes ojos tan azules como el mar. Y lloró…primero con angustia, después con serenidad y por último con alegría.

 

 

Sus servidores extranjeros lanzaron gritos de victoria. Sus amigos vascos contagiados por el júbilo, bailaron sus ezpatadantzas saltando ágiles en pasos de aurreskus, mientras los miembros de sus familias, corrían a buscar el chistu y el tamboril.

Y casi sin palabras y al arrullo del buen corazón de la anciana vasca, la dama rubia contó su historia.

Venía de Escocia, país gris, triste, guerro y bárbaro. Su padre, el rey, había dispuesto casarla con el príncipe de una nación vecina, hombre brutal, sanguinario y cruel, que traía colgadas del arzón de su caballo, las cabezas de sus enemigos para beber en sus cráneos vaciados el hidromiel de la victoria.
Pero ella había entregado su corazón a un caballero que no era de sangre real. Era cristiano. No sabía de crueles venganzas y bebía el vino en copas de plata y tenía el corazón limpio y tranquilo.

 

 

Enterado el rey de este amor le encerró en los oscuros calabozos de uno de sus castillos, pero la princesa acompañada de otro caballero, pudo reunirse con él y casarse en secreto.
Pasaron los meses, y recelando el rey, ordenó degollar al caballero en su prisión.

En un amanecer terrible, sus fieles amigos la sacaron del palacio y en una nave tripulada por ellos fingiéndose piratas, llegaron a las costas vascas.
Al ver la desembocadura del río, con el agua tan transparente, ella exclamó:
«Munda aqua» y todos los que la seguían llamaron Mundaaqua a aquel lugar, que hoy se conoce con el nombre de Mundaka.

 

 

Cuando la princesa terminó su historia, el niño se había dormido. Todas las mujeres vinieron a verle y los hombres empezaron a llamarle jaun zuria que quiere decir señor blanco, señor rubio.

Según fue creciendo, su simpatía y su bondad ganaron el corazón de los sencillos vascos, y su belleza, talento, cultura y dotes de mando que heredara de su madre, conquistaron de tal manera la admiración de sus vecinos, que no vacilaron en elegirle como caudillo.

Y él fue el primer señor de Vizcaya.