5.- Nombres para perros, según recomendaciones romanas

 

Los nombres de perro son un mundo tan amplio que hay canes con nombre de persona, con nombre de planta, con nombres largos, con nombres en otro idioma… Este universo tan amplio ya debía existir en la época romana, si tenemos en cuenta que Columela, en su obra La labranza, nos da algunos consejos sobre cómo llamar a nuestros perros.

Columela, cuyo nombre real era Lucios Junius Moderatus, nació en Gades, es decir, en Cádiz, en el año 4 d.C.. Hombre cercano a las tareas del campo, sobre las que escribió varios tratados, dejó puesto negro sobre blanco que lo más razonable era ponerle a los perros nombres cortos, aunque nunca de menos de dos sílabas. Así, según su teoría, el perro oiría con mayor precisión cuando era llamado y acudiría más presto.

Daba algunos ejemplos. Para los perros, en griego, Skylax (cachorro), Lakon (espartano) y en latín citaba Ferox (fiero) o Celer (rápido). En el caso de las perras Spoudé (presteza), Alké (vigor) o Romé (Fuerza) le parecían buenos nombres en griego y en latín abogaba por Lupa (loba), Cerva (cierva) o Tigris (tigresa).

No era exclusiva esta preocupación de Columela, ya que también Jenofonte daba en su obra Cinegético nada más y nada menos que cincuenta y siete nombres aceptables para perros. Hay que decir que Jenofonte influyó en Columela y quizás del primero tomó el segundo la recomendación que hacía sobre la longitud de los nombres, ya que en la lista de cincuenta y siete de Jenofonte, ninguno tiene ni más ni menos de dos sílabas.

Cuenta Plinio el Viejo en su Historia Natural, escrita en las primeras décadas de nuestra era, que en una ocasión detuvieron a un tal Ticio Sabino. Fue juzgado y condenado a muerte, y durante todo el proceso el perro de uno de estos no pudo ser alejado de la cárcel en la que se encontraba su amo por más empeño que se puso. Cuando el cadáver fue arrojado en las Escaleras de las Lamentaciones, el perro no se apartó ni un solo momento de él.

Cuenta además Plinio cómo el perro lanzaba constantemente tristes aullidos, lo que provocó que algunos romanos se acercaran a ver qué le ocurría al animal. Uno de estos curiosos acabó por lanzarle un poco de comida y este la cogió y la llevó hasta la boca del muerto. Por último, cuando arrojaron el cadáver al Tíber, el fiel compañero se lanzó a nadar y cuando alcanzó el cuerpo de su amo intentó con todas sus fuerzas sujetarlo para que no acabara hundido.

 

Fuentes:

 

http://www.curistoria.com/2014/02/nombres-para-perros-segun.html

 

http://www.curistoria.com/2013/09/la-fidelidad-infinita-de-los-perros.html