6.- VISIÓN ANTIGUA DEL CONCEPTO MODERNO DE TIEMPO

 

 

Los Papalagi [los hombres blancos], libro del que está tomado este texto, es una colección de discursos escritos a comienzos del siglo XX por un jefe del Pacífico Sur, Tuiavii de Tiavea, y destinados a su gente. Lo hizo -sin ánimo de publicación- tras volver de Europa, adonde acudió acompañando a un grupo de etnólogos y donde visitó la buena parte de sus estados. Fueron publicados en alemán, sin su permiso, por su amigo el antropólogo Erich Scheurmann. En este fragmento nos habla de la concepción del tiempo:

 

Los Papalagi adoran el metal redondo y el papel tosco [el dinero]; les da mucho placer poner los zumos del fruto muerto y la carne de los cerdos, bueyes y otros animales horribles dentro de sus estómagos. Pero también siente pasión por algo que no podéis comprender, pero a pesar de esto existe: el tiempo. Lo toman muy en serio y cuentan toda clase de tonterías sobre él. Aunque nunca habrá más tiempo entre el amanecer y el ocaso, esto no es suficiente para ellos.

 

Los Papalagi nunca están satisfechos con su tiempo y culpan al Gran Espíritu por no darles más. Sí, difaman a Dios y a su gran sabiduría dividiendo cada nuevo día en un complejo patrón, cortándolo en piezas, del mismo modo que nosotros cortamos el interior de un coco con nuestro machete. Cada parte tiene su nombre. Todas ellas son llamadas segundos, minutos u horas. El segundo es más pequeño que el minuto y el minuto es más pequeño que la hora. Pero todos ellos ensartados juntos forman una hora. Para hacer una hora, necesitas sesenta minutos y muchos, muchos segundos.

 

Ésta es una historia increíblemente confusa, de la cual yo mismo no he entendido todavía los puntos más sutiles, puesto que es difícil para mí estudiar esta tontería más allá de lo necesario. Pero los Papalagi le atribuyen mucha importancia. Hombres, mujeres y hasta niños demasiado pequeños para andar, llevan una máquina pequeña, plana y redonda [el reloj], dentro de sus taparrabos, atada a una cadena de metal pesado, colgando alrededor de la garganta o alrededor de la muñeca; una máquina que les dice la hora. Leerla no es fácil. Se les enseña a los niños arrimándolos a sus orejas, para despertar su curiosidad.

 

 

Estas máquinas son tan ligeras que puedes levantarlas con los dedos y llevan una maquinaria dentro de sus estómagos, como los grandes barcos que todos vosotros conocéis. Hay también grandes máquinas del tiempo, que permanecen de pie en el interior de sus cabañas, o colgando de una gran casa para así ser más visibles. Ahora bien, cuando una parte del tiempo ha pasado, queda indicado por dos pequeños dedos sobre la cara de la máquina y, a la vez, grita y un espíritu hace chocar el hierro en su interior. Cuando en una ciudad europea ha pasado cierta parte del tiempo, estalla un espantoso y clamoroso estrépito [sonido de las campanas].

Al sonar este ruido del tiempo, los Papalagi se lamentan: «¡Terrible, otra hora esfumada!». Y entonces, como una norma, ponen el rostro sombrío de alguien que tiene que vivir una gran tragedia. Asombroso, pues inmediatamente después empieza una nueva hora.

 

 

Nunca he sido capaz de comprender eso, pero creo que debe ser una enfermedad. Lamentos comunes a la gente blanca son: el tiempo se desvanece como el humo, el tiempo corre y dame sólo un poco más de tiempo.

He dicho que probablemente es alguna clase de enfermedad; porque cuando el hombre blanco siente deseos de hacer algo, cuando por ejemplo su corazón desea ir caminando por el sol, navegar en un bote por el río o hacer el amor a su amiga, usualmente se priva de su propia dicha al ser incapaz de encontrarlo [el tiempo necesario]. Mencionará miles de cosas que llevan su tiempo. Malhumorado y farfullando soporta un trabajo que no siente ganas de realizar, que no le da ningún placer y al que nadie más que él mismo le obliga. Y cuando, repentinamente, descubre que en verdad tiene tiempo o cuando otros se lo dan -los Papalagi se dan a menudo unos a otros tiempo y ningún regalo es más preciado que ése- entonces descubre que no sabe qué hacer durante ese tiempo en particular, o que está demasiado cansado de su trabajo, sin alegría. Y siempre está determinado a hacer esas cosas mañana, porque hoy no tiene tiempo.

Hay Papalagi que dicen no tener nunca tiempo. Caminan aturdidos como si hubieran sido tomados por un aitu [espíritu maligno] y dondequiera que se muestren provocan desastres, porque han perdido su tiempo. Estar poseído es una terrible enfermedad que la medicina del hombre no puede curar y que contagia a muchos otros, volviéndose profundamente infelices.

Porque los Papalagi siempre está asustados de perder su tiempo, no sólo los hombres, sino también las mujeres y hasta los niños pequeños; todos saben exactamente cuántas veces el sol y la luna se han levantado desde el día en que vieron la luz por primera vez. Sí; juega un papel tan importante en sus vidas, que lo celebran a intervalos regulares, con flores y fiestas. Muy a menudo he observado que la gente tenía que avergonzarse por mí, porque me preguntaban mi edad y yo empezaba a reírme y no la sabía. «Pero tú tienes que saber tu propia edad». Y entonces guardaba silencio y pensaba: es mejor para mí no saberla.

¿Cuántos años tienes?, significa cuántas lunas han vivido. Examinar y contar de ese modo está lleno de peligros, porque así se ha descubierto cuántas lunas suele vivir la gente. Entonces guardan eso en la mente y cuando han pasado una gran cantidad de lunas, dicen: «Ahora tengo que morir pronto». Se vuelven silenciosos y tristes y, en efecto, mueren después de un corto período.

 

 

En Europa hay realmente poca gente que tenga tiempo. Puede incluso que ninguna. Ésa es la razón por la que la gente corre por la vida como una piedra lanzada. Casi todos mantienen sus ojos pegados al suelo cuando caminan y balancean sus brazos para llevar mejor el paso. Cuando alguien les para, le gritan malhumoradamente: «¿Por qué me has parado? No tengo tiempo, ¡Haz buen uso de tu tiempo!» Parece que piensan que un hombre que camina rápido es más valiente que uno que camina despacio.

Una vez vi la cabeza de un hombre casi explotar, sus ojos girar sobre sí mismos, su gaznate hacerse ancho, abierto como el de un pez moribundo, y pegar con sus manos y pies, sólo porque su criado había llegado un poco más tarde de lo que había prometido que haría. Se suponía que ese respiro era una pérdida considerable que nunca podría recuperarse de nuevo. El criado tuvo que abandonar la choza [casa]; el Papalagi le perseguía y le insultaba. «¡Esto es ya el límite, porque me has robado mucho tiempo! ¡Un hombre que no respeta el tiempo es una pérdida de tiempo!»

Otra vez vi a un Papalagi que tenía tiempo y nunca se lamentaba a causa de él. Pero ese hombre era pobre, sucio y despreciado [un mendigo]. La gente caminaba a su alrededor trazando un gran círculo y nadie le concedía ninguna atención. No entendí eso, porque su paso era lento y seguro, y sus ojos tranquilos y amistosos. Cuando le pregunté cómo había sucedido eso, movió su cabeza y dijo tristemente: «Nunca he sido capaz de aprovechar mi tiempo; por eso ahora soy pobre y un zoquete despreciado». Ese hombre tenía tiempo, pero no era feliz.

Con toda su fuerza y sus ideas, los Papalagi intentan ensanchar el tiempo tanto como pueden. Usan agua y fuego, tormentas y relámpagos del firmamento, para refrenar el tiempo. Ponen ruedas de hierro bajo sus pies [ferrocarril] y dan alas a sus palabras [teléfono], sólo para ganar tiempo. Y ¿para qué sirve todo ese trabajo y esos problemas? ¿Qué hacen los Papalagi con su tiempo? No he averiguado nunca lo bastante, aunque a juzgar por sus palabras y ademanes uno pensaría que están invitados personalmente por el mismo Gran Espíritu a un gran fono [fiesta].

Creo que el tiempo resbala de sus manos como una serpiente, deslizándose de una mano húmeda, sólo porque tratan siempre de agarrarse a él. No permiten que el tiempo venga a ellos, sino que lo persiguen con las manos extendidas. No se permite malgastar el tiempo tumbándose al sol. Siempre quieren mantenerlo en sus brazos, darle y dedicarle canciones e historias. Pero el tiempo es tranquilidad [otium u ocio de los antiguos romanos] y paz amorosa, amar, descansar y tenderse en una estera imperturbable. Los Papalagi no han entendido al tiempo y, por consiguiente, lo han maltratado con sus bárbaras prácticas.

¡Oh, mis hermanos amados!, nosotros nunca nos hemos lamentado del tiempo, lo hemos amado como era, sin perseguirlo o cortarlo en rebanadas. Nunca nos da preocupación o pesadumbre. Si Hay entre vosotros alguno que no tiene tiempo, ¡dejadle que hable! Nosotros tenemos tiempo en abundancia, siempre estamos satisfechos con el tiempo que tenemos, no pedimos más tiempo que el que hay y siempre tenemos tiempo suficiente. Sabemos que alcanzaremos nuestras metas a tiempo y que el Gran Espíritu nos llamará cuando perciba que es nuestro plazo, incluso si no sabemos el número de lunas gastadas. Debemos liberar al engañado Papalagi de sus desilusiones y devolverle el tiempo. Cojamos sus pequeñas y redondas máquinas del tiempo, aplastémoslas y digámosles que hay más tiempo entre el amanecer y el ocaso del que un hombre ordinario puede gastar.

Los Papalagi («los hombres blancos»). Discursos de Tuiavii de Tiavea, jefe samoano. Reunidos por E. Scheurmann. Traducción para Ed. Integral, de la versión holandesa de 1929. Páginas 25-28.

 

 

Adjunto un artículo reciente sobre el control del tiempo (calendario oficial del año) en la Colonia Augusta Firma Astigi (Écija) hace dos mil años. Recomiendo en particular las consideraciones finales.

 

 

Calendario romano de Astigi. Garcia-Dils_and_Ordoneg